N° 1981 - 09 al 15 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa última escena del tercer acto de Ricardo II se compone de dos partes bien diferenciadas. En la primera tenemos a la reina tratando de manejar su ansiedad y de sofocar de algún modo sus temores. Sabe que su esposo ha ofendido al heredero de John de Gaunt, Bolingbroke, y con ello perdió el favor de la mayoría de los nobles; sabe que esa víctima se ha levantado en armas y que goza de la estima del Parlamento porque defiende la justa causa del reclamo de los bienes y la recuperación de la memoria de su buen padre; sabe, y esto la desespera, que Ricardo, muy lejos de la revisión autocrítica, está profundamente colmado por la amarga miel de la soberbia y jamás consentirá en regresar sobre sus pasos para calmar las legítimas iras de su ardoroso primo. Es por eso que no tiene sosiego, que su sangre se acelera sobre su corazón y sus sienes, que sus ojos se pierden en horribles visiones de dolor y de muerte.
La doncella que la acompaña en sus solitarias perplejidades procura darle un poco de alivio y distracción, arrancarla de esos negros pensamientos y llevarla a que se pierda por entre los juegos de la imaginación inocente y la evasión sin rumbo. Para eso utiliza un repertorio de propuestas, de juegos que recibirán la consiguiente negativa por parte de la atribulada señora, que no deja de pensar en los infortunios que avizora. Cada una de esas respuestas es toda una apelación reflexiva que recodifica el sentido de las palabras bajo el encuadre del miedo y la depresión.
Cuatro invitaciones y una conjetura salen de la dama de la compañía a su señora: la invita a jugar a los bolos, a bailar, a contar cuentos, a que la escuche cantar; le sugiere que lloraría por ella si eso le hiciera bien. Respecto de la primera, los bolos, responde la reina: “Eso me hará pensar que el mundo está lleno de asperezas y que mi suerte rueda fuera de sus rodadas”. Con relación a la posibilidad de bailar, se disculpa: “Mis piernas no pueden guardar la medida con placer, cuando mi pobre corazón se desborda de pena sin medida. Por consiguiente, nada de baile, muchacha”. En lo que refiere a la posibilidad de contar cuentos, la reina pregunta si serán alegres o tristes, y la doncella le dice que de las dos clases; pero el geométrico argumento de su señora derrota con la elocuencia de un trueno la inocente sugerencia: “De ninguna manera, muchacha, porque si son de alegría, como quiera que me falta, me recordarán más vivamente mi pena; y si son de tristeza, como quiera que estoy triste, añadirán un dolor más a mi ausencia de alegría. Lo que tengo, no necesito aumentarlo, y lo que me falta, de nada me sirve sentirlo”. Cuando la joven le anuncia que entonces se pondrá a cantar, su ama se muestra indulgente y le permite hacerlo, siempre que tenga motivos; pero le aclara que preferiría que en lugar de cantar se pusiese a llorar. En este punto la dama de compañía consiente en llorar siempre que sepa que con su llanto le estaría mitigando la pena. A lo que la reina responde: “Yo también lloraría si los lloros me hicieran bien, y no tendría necesidad de pedirte ninguna lágrima”.
En ese momento entra el jardinero con dos criados y la reina y su doncella se esconden detrás de un seto para escuchar sus murmuraciones. El arte de Shakespeare se ve en todos los detalles, cada una de las partículas de las que está hecha esta obra es consistente con el conjunto, con la intención, con las ideas dominantes; como si la Venus de Milo estuviera hecha de oro y de la sutil materia con la que se teje la curiosa corporeidad de los ángeles: toda ella sería perfecta. Así ocurre en esta obra, y se ve en todos los pasajes, especialmente en este donde el jardinero expone toda una teoría del poder y de sus excesos en una conversación distendida con sus sirvientes; habla de cortar los brotes que crecieron demasiado rápido, dice que es necesario nivelar esos empujes, que hay que quitar a tiempo las ramas que perturban el tallo mayor, que lo amenazan y termina revelando que así como ocurre en el jardín también en el reino la desordenada primavera, que no fue tratada a tiempo, dio por resultado la caída del rey en manos del resentimiento justo de Bolingbroke. Para ese entonces la reina se aparece y le reprocha ser portador de tan malas noticias; lo acusa de ser un viejo Adán destinado a celebrar la segunda caída del hombre. El jardinero se disculpa. La reina se aleja llorando.
Cuando queda solo se promete plantar una amarga ruda en el sitio exacto donde cayeron las lágrimas de la sufriente señora.