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    Laicidad y religión

    Sr. Director:

    El 30 de enero el diario “El País” publicó la nota “Iemanjá y la laicidad”, de Francisco Faig.

    Terminé de leerla con dientes apretados. Soy católico. Todo lo que puedo. Ojalá pudiera serlo más y mejor. También soy liberal. Y el prohibicionismo, o las limitaciones a la libertad, me hacen ruido.

    Vivimos en un país en donde la Iglesia y el Estado se encuentran separados. Y eso está muy bien. Pero a veces hay quienes confunden emancipación con guerra. Esa semilla del desprecio a lo religioso, plantada y bien abonada a lo largo de la historia del Uruguay que no conduce sino a ningún sitio.

    Hace algún tiempo el cardenal Sturla se manifestaba acerca de un tema de actualidad. Actores políticos, de la supuesta alta política, lo mandaban callar, lo mandaban “a las iglesias” en lugar de discrepar. Silenciador. Bajo. Antidemocrático.

    No me gusta que el culto, la religión, la política, el movimiento sindical o quien sea, ensucie y destruya los espacios públicos. Sobre todo, sin hacerse cargo. El que rompe, paga. El que ensucia, limpia. Pero sin censura previa.

    Acá nunca fue así. Iemanjá ensucia las playas; pagamos todos. Los partidos o los sindicatos cortan las calles y ensucian con papelitos con proclamas; pagamos todos. Y está mal. Todas estas instituciones, así como la Iglesia Católica, tienen personería jurídica y todas son pasibles de ser sancionadas por daños en ocasión del uso de espacios públicos. Eso estaría bien.

    Pero Francisco Faig entiende que “la mejor forma de asegurar la libertad de creer del que cree, pero también la libertad de no creer del que no cree, es la de confinar lo religioso en el espacio libre y privado de los templos”.

    Pues no necesito que nadie me asegure la libertad de creer. Porque ni el régimen más prohibicionista podría prohibirme la fe. Valoro la habilidad en el juego de palabras. Sin perjuicio, “confinar (…) en el espacio libre” sencillamente no se puede. Lo que está confinado no es libre. Y la libertad de cultos expresada en nuestra queridísima Constitución no admite el verbo confinar.

    Continúa. “Porque si el espacio público debe contemplar a todas las religiones por igual, ¿con qué motivo habrá de prohibirse en el Parlamento la conformación de una bancada pentecostal que ponga su interpretación de la ley divina por encima de las leyes?”.

    ¿Con qué motivo habrá de prohibirse? No habrá de prohibirse. No puede prohibirse. Sólo el voto popular determina la conformación parlamentaria. Y espero que así lo sea siempre. Pentecostal, católico, ateo, judío…Y el legislador actuará según sus convicciones. Esas que fueron expresadas en una campaña electoral y votadas por la gente. Me puede gustar o no. ¿A quién le importa?

    “Cuando el espacio público deja de ser neutro y abstencionista…”. Neutro es neutro. Y si es abstencionista en el sentido que le otorga Faig, entonces lo público eligió lo “no religioso” y así, dejó de ser neutro. Perdió la tolerancia.

    E insiste. “La solución más justa para enfrentar este tipo de prácticas es la de limitar el protagonismo de todo lo religioso en espacio público”.

    A ver si nos entendemos. No debe privilegiarse lo religioso. No debe auspiciarse, al menos por parte del Estado. El no creyente no tiene por qué financiar actividades religiosas. Hay dos extremos que el Estado no debe tocar: el auspicio y la censura. Porque no hay nada de “justo” en prohibir un vía crucis por el barrio, un Rosario en el Kibon o la celebración de Iemanjá, siempre y cuando cada uno se haga cargo y enteramente responsable de las consecuencias del evento y no se vulnere ni se violenten derechos ajenos.

    Faig acaba por decir que su solución “podrá parecer imperfecta. Pero no parece haber mejores”.

    No. No es imperfecta. Es peor aún. Resulta violatoria de la libertad de cultos, de la libertad de reunión. Es jugar la carta del odio, es volar puentes. ¿Con qué seguiríamos?

    Piénsenlo ustedes mismos.

    Alejandro Sciarra Marguery

    CI 4.281.691-6