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    Las actas del juicio

    Columnista de Búsqueda

    N° 1852 - 28 de Enero al 03 de Febrero de 2016

    La historia de la vida de los que han sido dotados con el don en franca extinción de la lectura, es también la historia de los libros que les han hecho compañía, los personajes que reflejaron sus días, aquellos en cuyas vidas se recogieron todas las noches; porque un libro es ante todo un documento: allí se pierden horas, se disimulan esperas, se gestan epifanías, entre sus hojas se quedan papeles intrascendentes que devienen humildes máquinas del tiempo cuando son redescubiertos años más tarde. El cuerpo de los libros es también evidencia de la vida que ha llevado su lector: los lomos y las esquinas suelen padecer toda suerte de negligencias cuando el volumen en cuestión amuebló nuestras vigilias en viajes, fue objeto de mudanzas, o testigo de la infancia de cachorros humanos y de otras especies de mamíferos superiores. Algunos volúmenes exhiben subrayados maliciosos o excesivos en tono, feos en su agresiva descontextualización de birome, y hay otros gentiles en su oportuno remedo de nuestra infrecuente memoria; los hay emocionados, previsores, displicentes, escépticos, recurrentes, azarosos, epocales. Esto, que es el lenguaje de los libros, lo tuvo bien claro James Henry Leigh Hunt, que fue un eterno enamorado de los libros, sus presagios y sus promesas.

    Conocer de las devociones de este hombre lejano y tal vez remoto es importante porque fue un gran editor; de no haber mediado sus ahíncos y la fuerza abrasadora de su convicción literaria ni John Keats ni Alfred Lord Tennyson ni Percy Bysshe Shelley habrían alumbrado el torrentoso horizonte del primer romanticismo inglés, y en consecuencia otra sería la topografía de la literatura inglesa posterior, desde Dickens hasta Woolf, y desde las hermanas Brontë hasta Joyce. Si Leigh Hunt pudo rescatar de la miopía de sus días a esos talentos literarios —y promover insistentemente a otros tantos, entre ellos el mismísmo Lord Byron— es porque fue un buen intérprete del lenguaje de los libros, de la misma manera que Tiresias o Calcas fueron buenos vates por saber leer el futuro en los pájaros y en las olas.

    No es casual la mención de Calcas en relación a Leigh Hunt: el variopinto universo de la literatura está habitado por toda suerte de mediadores que cumplen funciones no muy diferentes a las pautadas en las religiones organizadas: están los predicadores (docentes) y los confesores (libreros); campean los teólogos (críticos), y el rol de los levitas o guardianes del templo es asumido en el feliz mundo de la literatura por los bibliotecarios. Al menos idealmente,  el del editor es equiparable al rol del profeta, y más específicamente del adivino (la diferencia entre ambos es apenas una cuestión de grado): aventurarse en el futuro o en el pasado para interpretar un cúmulo de datos dispersos y a menudo incomprensibles o insignificantes para articularlos en un discurso comprensible para los fieles o los lectores (también aquí la diferencia es de grado y no de sustancia).

    Pero también tiene el poder del oficiante, el editor: basta su pronunciamiento sobre una pieza de escritura cualquiera para convertirla en arte o en basura indigna de la menos detenida de las consideraciones. Pierre Bourdieu utiliza una metáfora menos imaginativa pero ciertamente más operativa al indicar que los editores —o los galeristas, o los productores, o los curadores; la diferencia es aquí de objeto pero no de sustancia, puesto que esta función performativa se verifica en todo el campo cultural, y no solo en la literatura —establecen los términos de la interrelación y el prestigio de los actores del campo cultural, al tiempo que fijan sus límites y ofrecen carnets de afiliación y actas de destierro. Leigh Hunt, ignorando que en el futuro Bourdieu hablaría sobre lo que habló —la metáfora del adivino no es tan perfecta—, escribió en 1812 The Feast of the Poets, el festín de los poetas, en que ofrece su apreciación crítica de los actores de la incipiente escena romántica; lo fascinante de la cuestión, se indica, son las sucesivas posturas que va adoptando respecto de algunos poetas y narradores, como Wordsworth y Coleridge —para quienes por una vez se cumplieron las muy publicitadas promesas balsámicas del tiempo.

    Estas mudanzas son, precisamente, las actas del juicio, y un documento de cómo fueron cambiando las posiciones relativas del centro del mundo de la cultura.

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