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    Las cosas y los cosos

    N° 1979 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2018

    Mentira que la fama es puro cuento. Siempre hubo y habrá líderes políticos, religiosos, artistas y deportistas conocidos a escala mundial, en el continente en el que viven o en su país o pueblo. Son habitantes de un mundo de fantasía, construido por sus seguidores, que día tras día crece con nuevas leyendas o historias que parten de una anécdota mínima y terminan en hazañas colosales. También sus detractores difunden otros cuentos que buscan erosionar la imagen pública de esas personas.

    Los presidentes y expresidentes de los países, al menos la mayoría de ellos, se encuentran en ese grupo. También algunos otros políticos, músicos, escritores, actores y futbolistas, por ejemplo. Alrededor siempre cuentan con un número importante de personas que trabajan en la tarea de abrir o cerrar el telón que cubre sus vidas cuando así lo evalúen necesario. Personas con una lealtad absoluta, dispuestas a llevarse los más jugosos secretos a la tumba.

     Un poco más lejos, aunque igualmente cerca de todos ellos, estamos los periodistas. Del otro lado del telón pero sentados en la primera fila y con la posibilidad de correrlo con nuestras propias manos y acercarnos un poco a esos ídolos masivos. A veces hasta compartimos con ellos horas de charlas en eventos sociales o viajes o entrevistas o momentos de la vida cotidiana. Así logramos conocerlos más y entenderlos un poco para después intentar describirlos de la mejor manera posible.

    Y una de las conclusiones principales, al menos en mi caso después de más de dos décadas de haber tenido ese privilegio con expresidentes y líderes políticos de todos los partidos, es muy obvia pero quizás por eso no asimilada por la mayoría: son humanos, con las mismas motivaciones y frustraciones que todos los demás. Para descifrarlos, basta con abordarlos como personas comunes, del montón, y a partir de ahí analizar lo que construyen a su alrededor. Hacen y deshacen en función de afinidades personales y odios de piel, como todos lo hacemos.

    Al promediar su presidencia, José Mujica comentaba en la intimidad que el principal problema con el que tenía que convivir día tras día no eran las “cosas”, aquellas que implican decisiones trascendentes. “El verdadero problema son los cosos”, repetía en referencia a las personas que orbitan alrededor del poder.

    El expresidente Julio Sanguinetti también se refería desde el cargo que ejerció durante dos períodos a la excesiva imaginación que mostraban algunos analistas al procurar interpretar sus movimientos políticos. Aseguraba en aquellos tiempos que la mayoría de sus decisiones tenían una explicación mucho más simple, referida a cuestiones humanas y no a estrategias tan planificadas y rebuscadas.

    Por eso, es mejor detenerse en las personas y no tanto en teorías conspirativas a la hora de analizar la política nacional, que ya está carreteando para iniciar el despegue hacia las elecciones internas de mediados del año que viene. A todos les gusta más ver lo que se esconde, lo que no se sabe y no lo que se muestra. Filmar una House of Cards con su primera escena en la Plaza Independencia es algo posible, pero para eso es necesario mirar menos a los partidos y más a los individuos.

    Las grandes decisiones, las disputas más despiadadas y las alianzas más fructíferas son protagonizadas por hombres y mujeres y no por colectividades políticas. Son las personas que están a cargo las que en la intimidad de su conciencia toman las resoluciones más relevantes. Basta con tres ejemplos concretos, uno por cada uno de los partidos mayoritarios, para poder explicarlo mejor.

    En el Frente Amplio hoy es José Mujica el que ocupa los principales titulares. Han surgido varios nuevos candidatos para competir en las elecciones internas por primera vez, pero todas las miradas siguen detrás de cada uno de los movimientos del expresidente tupamaro, como si fuera el futbolista estrella encargado de definir el partido.

    Y Mujica no es que no quiera ser candidato: es que no le dan las fuerzas. Se siente cansado y un poco fastidiado por tantos años de política. Sabe, porque tiene un gran olfato, que la próxima elección será muy competitiva y que se requerirá muchísimo esfuerzo y paciencia para poder ganarla. Y teme que le falte la energía suficiente para lograrlo. La posible derrota del Frente Amplio también es un tema —en su pensamiento más íntimo— que lo frena para una nueva postulación.

    El problema es que no tiene buena relación con su principal contrincante, el intendente de Montevideo, Daniel Martínez. Es cierto que hay una larga historia de desencuentros entre tupamaros y socialistas, pero además Mujica no siente demasiada cercanía con Martínez, y Martínez tampoco con Mujica, por más que hayan tenido un buen diálogo en los últimos tiempos. Hay un asunto intuitivo, muy primario, entre los dos líderes con mayor aceptación popular en el oficialismo, según muestran las últimas encuestas, que dificulta la definición de la carrera electoral.

    En el Partido Nacional pasa algo similar entre sus principales referentes. Trabajaron y trabajan juntos, compartieron una fórmula presidencial, están en un buen momento según también concluyen los sondeos de opinión pública, pero no se tienen mucha simpatía. Jorge Larrañaga siempre tuvo reparos con la figura de Luis Lacalle Pou y con sus posibilidades reales de ganar una elección nacional. Lacalle Pou siente la distancia y tampoco comparte las estrategias de Larrañaga. Son muy distintos. No son amigos ni pueden serlo y, aunque sea solo un poco, eso siempre pesa en las decisiones importantes.

    Los colorados también atraviesan en silencio los problemas personales entre sus dirigentes. Sanguinetti tenía toda la intención en un primer momento de apoyar la candidatura de Ernesto Talvi, pero no le gustó la forma en la que eligió a su equipo. Talvi dejó de lado a los históricos del batllismo con la idea de armar un plantel sin la mochila del pasado. Sanguinetti y otros más se fastidiaron con él y con el secretario general del partido, el diputado Adrián Peña, por esas actitudes, y ahora nadie sabe cuántos serán los postulantes presidenciales ni apoyados por quién.

    Todos esos conflictos íntimos, que muchas veces pasan desapercibidos pero son definitorios, se pueden disimular cuando el objetivo conjunto es obtener el premio mayor. La pregunta entonces es hasta qué punto el rencor personal podrá ser superado por el interés partidario. De eso también dependerá la definición de la próxima elección.

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