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    Las empresas públicas

    Sr. Director:

    Ni empresas ni públicas. La pasada edición de Búsqueda está llena de notas relacionadas con algo que llaman “empresas públicas”. Desde el editorial hasta la columna de Kid Gragea, se ocupan del desastre de Ancap, lo que paga AFE por tener empleados en su casa, las posibilidades que Darwin le asigna a Carolina Cosse para la Presidencia luego de la gestión de “SU” Antel, pasando por cartas de los lectores sobre cómo se deben gestionar estas instituciones.

    Creo que todos los uruguayos debemos sincerarnos. Estas empresas públicas, no son empresas ni son públicas. No son empresas, porque para que exista empresa deben existir por lo menos dos factores que no encontramos en ellas. En primer lugar debe haber un afán de lucro, un negocio. No hay empresa si no hay negocio. La configuración institucional de estos entes, pensados como instrumento de política económica, donde cualquier utilidad va a parar directamente a las arcas del Estado y no a sus verdaderos accionistas, aniquila el fundamento principal de una empresa que actúa en una economía capitalista, el crear valor para sus dueños. En segundo lugar, para que exista empresa la misma debe generar valor para sus clientes. A estos entes se les ha librado de ese requisito, ya que la Constitución y las leyes les otorgan un monopolio para vender los bienes y servicios que producen. Es decir que no importa si no generan valor para sus clientes, porque estos no tienen otra opción que comprarles. De modo que ni están obligados a ganarse el mercado con bienes y servicios competitivos, ni sus rentas monopólicas van a parar a sus verdaderos dueños, sino al gobierno de turno que dispondrá de ellos a su buen saber y entender. Puedo seguir pero creo que sin esas dos cosas ya no estamos ante empresas, sino entes recaudadores disfrazados de productores de bienes y servicios.

    Tampoco son públicas. Digo esto porque si bien en Uruguay entendemos por empresa pública aquella que es propiedad del Estado, me parece que debemos además considerar el concepto de public company, en el sentido anglosajón, que quiere decir que sus accionistas son el público general que puede adquirir parte de las acciones en la bolsa. Cuando una compañía es pública, ya sea porque cotiza en Bolsa, o más aún porque el dueño es el Estado, o lo que es lo mismo toda la ciudadanía, tiene de por sí mayores requisitos de transparencia y accountability (necesidad de rendir cuentas) que si fuera una empresa privada, donde la gestión e información de la empresa se restringe a sus dueños, ya que sólo ellos disfrutan de sus ganancias o sufren sus pérdidas. Si hay algo que hemos visto con este indignante espectáculo de Ancap, y en buena medida puede decirse lo mismo de Antel, es una total ausencia de transparencia en su gestión, acompañado por una nula rendición de cuentas y asunción de responsabilidades. Se necesitó una Comisión Investigadora del Parlamento para que quienes manejaron Ancap rindieran cuentas de sus acciones. Los balances, a diferencia de otras public companies, mucho más grandes que Ancap que entregan resultados trimestrales a los pocos días de cerrado el trimestre, se accede en forma anual y con suerte seis meses después de cerrado el ejercicio. Asimismo, vemos que la supuesta empresa “pública”, tiene un sinnúmero de subsidiarias de Derecho Privado, con nula transparencia y controles, que explican la mayoría de las pérdidas que a nivel consolidado genera Ancap. De Antel podemos decir que fue muy débil, siendo suave la fundamentación para invertir cientos de millones en el tendido de fibra óptica al hogar, asunto del que al parecer se ocuparán los legisladores de la oposición cuando terminen con Ancap. Ni que hablar de Antel Arena, una decisión que se parece más a un berretín de un único accionista y presidente de una empresa privada interesado en dejar su “marca”. No se presentó una justificación de negocios ni se pidió una autorización para una actividad que a todas luces difiere del objeto de Antel. Es más, se pasó por arriba un fallo del Tribunal de Cuentas, protector de los intereses de todos los uruguayos, que objetó la competencia de Antel como desarrollador y operador de un estadio deportivo, así como las facultades de la IMM de contratar con Antel dicha construcción.

    Entonces, dejemos de llamarlas empresas públicas. Podrían ser otros Ministerios, regidos por una lógica política, por la cual a quien no salió electo diputado le damos un cargo en el Ministerio. Los Ministerios no tienen que hacer publicidad (nos ahorraríamos esos gastos) y sobre todo los ministros no se disfrazarán de empresarios, en beneficio de todos los contribuyentes.

    En “1984”, George Orwell imaginaba un Ministerio de la Verdad (“Ministry of Truth”), que monopolizaba toda la información del Estado. Lo que no salía de ese Ministerio, no era verdad. Lo abreviaban “Minitruth”, que irónicamente venía a significar “poca” verdad, o verdad “mini”. Creo que podemos rebautizar a Ancap y Antel como “MiniCombustibles” y “MiniTelecom”.

    Con aprecio, le saluda

    Lord Ponsomby