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    Las ideas de Milei

    Por Lector

    Sr. Director:

    Cuando pude acceder a la última edición de Búsqueda me hallé con la sorpresa de que alguien comentaba, con amables críticas, lo que había yo escrito días antes en el semanario. La sorpresa no viene por la crítica, sino por enterarme de que alguien había gastado su tiempo en leerme. No se trata de polémica mía con el economista Gabriel Oddone: ni soy adicto a polémicas ni creo que debiera atreverme a hacerlo con un economista tan destacado, que me supera ampliamente en conocimientos y experiencia. De todas maneras, sé que tal polémica sería imposible en la actualidad. La época en que los dioses del Olimpo descendían a mezclarse con los humildes seres humanos (como yo) pasó hace ya muchos siglos. Ahora se cuidan de hacerlo.

    Nos dice que “el país que adopta una moneda extranjera está admitiendo que no es capaz de sostener en el tiempo una conducta fiscal sana, en tanto que el país emisor la tendrá. Hayek no tiene nada que ver con eso”.

    Pues bien, al amable crítico le está sucediendo, en mi modesta opinión, lo que al tan recordado burgués de Molière: aquel que hablaba en prosa sin saberlo.

    Y eso, por no haber leído a Hayek. Algo indispensable en esta época, pues nosotros estamos viviendo en aquel largo plazo que, con buenas razones, le preocupaba poco a Keynes: él sabía que fallecería a tiempo, pero nosotros seguimos acá, aguantando el chaparrón que él tanto contribuyó a generar. Indispensable, porque Hayek tiene mucho que ver —mucho digo, en vez de nada— con aquella afirmación.

    Lo dice en forma categórica y muchas veces: “El dinero, casi desde su aparición, ha sido tan desvergonzadamente manipulado por los gobiernos que se ha convertido en la principal causa de perturbación del proceso mediante el cual se autoorganiza el orden extenso de la cooperación humana. A excepción de unos pocos períodos afortunados, la historia del tratamiento del dinero por parte del gobierno ha sido un incesante ejemplo de fraude y decepción. A este respecto, los gobiernos se han mostrado mucho más inmorales que cualquier institución privada que haya podido ofrecer dinero competitivo” (La fatal arrogancia, pág. 169).

    Eso mismo había escrito antes, y muchas veces: “Cuando se concede a un gobierno el poder de favorecer a determinados grupos o sectores de la población, los mecanismos del gobierno mayoritario le fuerzan a utilizar tal poder al objeto de obtener el respaldo del número suficiente para alcanzar la mayoría” (La desnacionalización del dinero, pág. 105).

    Sin duda que Hayek “tiene mucho que ver con eso”. Anunció lo que sucedería, y a diferencia de Keynes, acertó: el juego de incentivos generado por la democracia mayoritaria condujo a los gobiernos al abuso de sus poderes en cuanto a la creación del dinero. Causando todo tipo de desastres. Y tanto acierta en eso Hayek que afirma, con toda razón, que la conducta despilfarradora y criminal de los gobiernos es mucho peor que “la de cualquier institución privada que haya podido ofrecer dinero competitivo”.

    Si los uruguayos tuviéramos algo más de memoria y mejor conocimiento de nuestra historia (hablo de nuestra “historia”, no del cúmulo de falsedades propagandísticas o ideológicas habituales), recordaríamos algún episodio que Hayek, de haberlo conocido, hubiera citado con orgullo.

    Me refiero a la época en que el gobierno oriental (aún no era nítidamente uruguayo) no monopolizaba la producción del dinero. Y teníamos instituciones privadas que lo ofrecían al público. Había dos bancos que emitían billetes plenamente convertibles. Y, como tales, gozaban de la plena confianza del público. Cuando la invasión del general Flores en el año 1865, el gobierno de Atanasio Aguirre, acuciado por apremios financieros, decidió poner en funcionamiento esos poderes de confiscación del dinero ajeno que surgen del monopolio de emisión y del curso legal o forzoso del papel moneda. Al efecto, se dictó un decreto que dispuso la inconvertibilidad de los billetes de ambos bancos y se les impuso la obligación de entregar su dinero al gobierno. Es decir, el dinero que tenían en su poder para afrontar la convertibilidad de los billetes. Empréstito forzoso le llamaron: había que rascar el fondo de la sartén por donde hubiere algo para recoger.

    El Banco Comercial se rehusó a aceptar la inconvertibilidad de sus billetes y se negó a entregar su encaje al gobierno. Optó por enfrentar al presidente de la República (lo que no era tan sencillo en aquellos tiempos). Y prefirió mantener firme la palabra dada a quienes habían confiado en su honor y en su conducta.

    Esa es la razón de ser de la dolarización que propone Milei. Se limita a constatar la total imposibilidad que hay en su país en cuanto a sujetar a sus gobernantes a esa misma estricta conducta que exhibieron, en nuestro país y en el año 1865, los propietarios del banco emisor (mi crítico puede leer sobre este episodio, que presumiblemente no conocía, en la estupenda Historia económica de Uruguay, de Ramón Díaz, pág. 136 de la edición original).

    Constatando lo innegable, o sea, que no hay modo legal de contener los impulsos demagógicos de los gobernantes argentinos (con las muy escasas excepciones que indicaba Hayek sobre “unos pocos períodos afortunados”), Milei comprende que la única manera que hay para detener la inflación en Argentina es privar al gobierno de su poder de emitir dinero de pésima calidad (cada vez “más pésima…”). Es decir, la dolarización es el medio para quitarle la navaja al mono.

    Con plena conciencia de que adoptar moneda extranjera supone abandonar la facultad de emitir billetes, de desplegar una política monetaria propia y de aceptar una extranjera. En el caso particular de la Argentina de hoy, eso implicaría pasar de una inflación de más del 10% mensual a una del 4% o 5% anual. No comprendo cómo alguien no pueda percibir la ventaja del cambio.

    Sería una medida que podría contribuir —con otras a adoptar conjuntamente— a terminar con el despilfarro asombroso del gasto público. Ayudaría —y no es la única medida a tomar— a reducir el gasto estatal, lo que permitiría bajar los impuestos y lograr que el sector privado de Argentina pueda desplegar su enorme potencial productivo hoy agobiado por el despilfarro y la política monetaria del gobierno. Pues mi amable crítico olvida que tanto Milei como su equipo se cansan de decir que la dolarización no es más que una herramienta parcial, pero que lo sustancial es reducir el gasto público y eliminar totalmente el déficit fiscal. Si eso se logra hacer, y Milei plantea el camino correcto, el sector privado argentino podrá nuevamente dar la razón a Carlos Marx (como ya lo hizo algo más de 100 años atrás): ¿quién habría sospechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?

    Nadie duda —Milei tampoco— de que el ideal sería que pudiéramos confiar en la eficacia de una regla jurídica que obligara a no emitir. Dada la historia de los últimos 100 años de Argentina, eso sería como meditar sobre el sexo de los ángeles. Por eso hay que ir a la dolarización: porque otras medidas resultarán totalmente ineficaces. Si yo fuera uno de esos engolados economistas de agua salada (de esos que usan en su lenguaje un 70% de palabras de cuatro o más sílabas, al menos un 10% de vocablos en inglés y un montón enorme de ecuaciones matemáticas que nunca dan en el clavo), diría, junto con ellos, que se trata de un segundo óptimo. O una segunda prioridad. O alguna locución aún más extravagante. Pero prefiero dejar los vocablos del español con su sentido prístino, aceptando que, si es segundo, no es óptimo, y que, si no es primero, no es prioritario. Se trata, sencillamente, del único medio realista.

    Algún ilustre político y escritor norteamericano dejó una frase para la posteridad: If men were angels… Podríamos parafrasearlo, y decir: “Si nuestros gobernantes fueran ángeles…”. Pero, en verdad, no lo son. Son seres humanos, con escasa resistencia a los incentivos generados por las normas vigentes (con algunas escasas excepciones). Y por eso hay que privarlos de la navaja (como a los monos) sin inquietarnos por perder la “soberanía monetaria”. Preocupación planteada seriamente por un periodista argentino en una reciente entrevista a Emilio Ocampo, el destacado integrante del equipo de Milei. Quien, ante la duda angustiosa del periodista, no pudo menos que reír. Pues es bastante ridículo que alguien se preocupe por la soberanía monetaria argentina cuando se está afrontando una inflación de más de dos dígitos mensuales (y en ascenso) y el dólar va en raudo camino hacia los 1.000 pesos y más. Sin que nadie se acuerde de que trataban a Milei de loquito cuando anunciaba que pronto llegaría a los 200 y que luego seguiría una veloz carrera hacia las nubes… ¿Será, en realidad, tan loquito…?

    Y por aquí hay que cortarla (y dejarla para otra oportunidad), porque para comprender bien el fenómeno Milei es indispensable salir del mero enfoque económico (como, con su habitual sensatez y lucidez, indica Ignacio de Posadas en la anterior edición de Búsqueda). Y recurrir al enfoque cultural y a la historia de las ideas, los valores y las instituciones. Con cabal conciencia del error marxista en cuanto a que sean los fenómenos económicos los que determinan las ideas, cuando la verdad va, más bien, por la inversa, siendo las ideas las que condicionan (condicionan, no determinan) las realidades sociales y económicas. Si hubo alguien que entendió bien esto fue el pensador ruso Alexander Herzen, cuando sintetizó ese principio en su conciso apotegma: la historia no tiene libreto.

    Bien enseñaba Ortega y Gasset: “El prodigio que la ciencia natural representa como conocimiento de cosas contrasta brutalmente con el fracaso de esa ciencia natural ante lo propiamente humano. Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla. En suma, aquí el razonamiento esclarecedor, la razón, consiste en una narración. Frente a la razón pura físico-matemática hay, pues, una razón narrativa. Para comprender algo humano, personal o colectivo, es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación hace tal cosa y es así porque antes hizo tal otro y fue de tal otro modo. La vida solo se vuelve un poco transparente ante la razón histórica” (La historia como sistema).

    Para entender bien el fenómeno de Milei hay que partir desde Montesquieu, cuando nos prevenía que “todo hombre al que se le conceda poder tenderá a abusar de él hasta que halle un límite insuperable”. Y seguir por Alexis de Tocqueville, quien, en su libro La democracia en América, ya presagiaba estos fenómenos que hoy agobian a la Argentina. Y por La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, en que describía ese conjunto de incentivos que llevan inexorablemente a nuestros gobernantes al gasto excesivo, al despilfarro y a la emisión desenfrenada.

    Y, recordando las sabias enseñanzas de Braudel (que no fue el único propulsor de esas ideas, pero fue donde yo las aprendí), recorrer las líneas de largo plazo. Desde al menos la mitad del siglo XIX, y no solamente desde 40 años atrás. Porque el desastre actual se empezó a generar cuando Argentina comenzó a abandonar valores, ideas e instituciones que la hicieron grande en aquellos años (también eso nos pasó a nosotros, Ramón Díaz, dixit).

    Con un hito fundamental en el año 1918, cuando Hipólito Irigoyen desplazó a los liberales de Leandro Alem o a Lisandro de la Torre, se trata, obviamente, de procesos colectivos, difusos y de largo alcance, pero siempre hay algunos hitos que funcionan como mojones del camino: indican la dirección en que marchamos. En este caso, el ya largo camino de la decadencia argentina, iniciado cuando ese país abandonó las ideas liberales (con su hito fundamental: la constitución de Alberdi) y se volcó hacia las ideas socialistas y mercantilistas.

    Dos últimas apostillas para mi amable crítico, que, percibo, no comprende bien las propuestas de Milei. Seguramente pensará que yo estoy aún más loco que Milei si le digo que eso de la dolarización tiene una gran similitud con la creación uruguaya de aquel engendro que se llamó Coprin, creada bajo el gobierno de Pacheco Areco. Porque aquel notable invento de Ramón Díaz y Jorge Peirano Facio cumplió, en parte, una función muy similar a una que podrá llenar la dolarización. Si mi crítico quiere averiguar algo sobre eso, puede hacerlo en la página 358 del referido libro de Ramón Díaz (primera edición). El maestro nunca quiso explayarse demasiado sobre ese tema. No sé cuál fue el motivo. Pero que nadie lo dude: la dolarización de Milei encubre una función similar a la que sus creadores dieron, con tanto éxito, a la extravagante Coprin. No es su única función, pero también la incluye.

    La segunda requiere también evocar nuestra historia olvidada, la de aquel incipiente Uruguay que logró una independencia (parcial) en 1830 en situación de pobreza extrema y que en pocas décadas logró convertirse en uno de los países más ricos del mundo: multiplicando su población por cuatro en 30 años (y no solo la población…). Aquel Uruguay incipiente también tenía, como Argentina hoy, el problema de carecer de buena moneda; se manejaba con dos tipos de moneda sin saber cuál era la de peor calidad: el papel inconvertible de Buenos Aires y el cobre brasileño. Difícil progresar con tan pobres medios.

    Pese a tantas dificultades, llegó a hacerse de moneda metálica de buena calidad. La importó, y no con base en préstamos. Nuestros antepasados lo hicieron. Quien no recuerde el episodio puede estudiarlo en el ya referido libro de Ramón Díaz, en el capítulo denominado De cómo hicieron los uruguayos para procurarse la moneda metálica que querían tener. No lo hicieron como mendigos, solicitando préstamos o donaciones, sino que lo hicieron trabajando duro y ahorrando. Con sacrificio, pero lo lograron.

    No digo que las situaciones de aquel país y de la actual Argentina sean idénticas ni idénticas las soluciones. Pero de aquella dura y esforzada lección podemos extraer sabias enseñanzas. Pues, y eso es incuestionable, Argentina no saldrá del pozo en que se metió si vuelve a las asonadas o convulsiones sociales, sino con trabajo duro, ahorro intenso y mucho orden. Si empiezan nuevamente con ese tipo de sacudidas (estallido social, le llamaron sus promotores en Chile, y estallido antisocial, sus detractores; con más precisión, por cierto), lo único que lograrán es hundirse aún más en la ciénaga en que hoy luchan por sobrevivir. Porque si hay algo verdadero es que, en materia política, social y económica, no hay fondo. Siempre se puede estar peor.

    Y, para terminar, me permitiré un consejo. Porque quedé alarmado por la preferencia que mi crítico exhibe por el candidato Sergio Massa. Los médicos suelen decir que no hay venenos, sino dosis. Y todo sabemos que, aunque el arsénico es un veneno muy poderoso, utilizado en cantidad muy pequeñas es eficaz remedio para algunas dolencias. Sugiero al Sr. Álvarez que, si alguna vez se lo recetan, lo rechace en forma terminante. Porque me temo que sea de los que se tomarán el bidón entero. No le deseo tan triste final. Porque la trayectoria, pasada y actual, de su candidato no augura novedades agradables.

    Enrique Sayagués Areco

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