Nº 2179 - 23 al 29 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDía a día me gana con más intensidad el convencimiento de que es imposible agotar las historias —incluso las que rozan la leyenda pero se sostienen— vinculadas a los tangos, sus personajes y las circunstancias que los han rodeado.
Yo creía haber escrito todo lo relevante acerca de Malena, la inmortal creación de Homero Manzi y Lucio Demare. Sin embargo, acabo de tropezar con una serie de peripecias y testimonios que, lo confieso, no solo porque las desconocía y por ciertos detalles, me sorprendieron y obligaron a reanudar mi revoloteo de hurgador en torno a esa obra.
Comienzo con unas declaraciones de Roberto Palmer, hombre de vida intensa que, hasta donde sé, ya pasó los 90 años, esencialmente folclorista, aunque compuso unos pocos tangos, e integrante de los recordados Cantores de Quilla Huasi y del Trío Azul:
“Corría 1959 y yo cantaba en un cabaré donde tocaban Ciriaco Ortiz y unos cubanos. Una noche llegó para actuar el pianista Armando Aranjuelo, que no era precisamente un tanguero, junto a una cantante rubia, ya con unos cuantos años encima pero muy interesante. La presentó como “Malena”. Yo, obvio que, bromeando, le dije ‘¿canta el tango?’. Me contestó muy seria que sí, entre otras músicas, y que ella había inspirado el famoso tema de Manzi, una lejana noche en que se presentaba en un local nocturno de Porto Alegre, visitado por el poeta durante una escala de su regreso de Nueva York a Buenos Aires. Y me contó que su nombre real era María Elena Tortorelo”.
Ocurrió que Palmer y María Elena comenzaron entonces una larga amistad, que incluso llevó a que ella fuese representante del cantor y, ya retirada y divorciada de su marido, el también reconocido Genaro Salinas, por necesidad le alquilara una pieza con baño de su departamento, en la calle Maipú, donde vivió unos meses el folclorista con su esposa.
De esa amistad —que se cortó por la muerte de María Elena en 1960, en Montevideo, adonde había viajado para visitar a una pariente— nació un tema de tono melódico, con tendencia a bolero, letra de Palmer y música de su amigo, tampoco cultor del tango, el poeta Néstor César Miguens, titulado, sugestivamente, Las manos de Malena: Yo te evoco en un tiempo de farol en la esquina, / un tiempo que juntaba corralón y almacén / y el barrio compadreaba con perfume a glicinas / y encendía el otoño su luna a querosén (…). Yo aprendí tu historia en tus manos que hablaban, / en tus manos nacidas para entibiar amor, / tus manos que reían, tus manos que lloraban / con un mensaje blanco de paloma y flor…
Esta anécdota, como tantas, se cierra con una tristeza que, quién sabe, tal vez Palmer, si como me han dicho vive, aún la cargue. Fue él quien acompañó a los hijos de María Elena, Concepción y Genaro, a repatriar los restos de la cantante para sepultarlos en Buenos Aires, en el Panteón de los Artistas.
Me pareció interesante, lector, compartir con usted, que quizás ya lo sabía, todo esto. Pero debo añadir, por honestidad intelectual, lo que tantísimos datos y testimonios anteriores han hecho carne en mí.
Ya se sabe: es verdad que aquella noche, casualmente, Manzi escuchó cantar en un local nocturno a Malena Toledo. Tan verdad como que la imagen que esa voz le despertó y emocionó fue la de Nelly Omar, su amor prohibido, aquel en que no dejaba de pensar, y la real inspiradora de una de sus más sublimes poesías.
María Elena Tortorelo, que vivió años en Brasil y cantaba ritmos de ese país y boleros, no fue una gran cantante de tango. Ya radicada en Argentina, no logró acceder a radios ni a obras teatrales de relieve, su único disco conocido fue editado en Río de Janeiro y en su trayectoria solo destaca haber sido, sin grabar jamás, brevemente, la voz de aquel sexteto impar que dirigieron nada menos que Emilio Vardaro y Osvaldo Pugliese.
Al respecto, en mi opinión zanjando cualquier debate que pudiera imaginarse, basta esta respuesta de don Osvaldo, durante un reportaje de Jorge Göttling para Clarín, en la década de 1980, acerca de las cualidades de Malena Toledo. Fue un verdadero gesto compasivo de ese artista excepcional, de ese señor con todas las letras que fue Pugliese, escondido en una suerte de irónico regate a la pregunta:
—Demare me dijo que Homero había acertado cuando escribió “canta el tango como ninguna”, porque ninguna podía hacerlo peor…
—Y… es una hermosa letra la de Manzi…