Estos días he recordado el famosísimo poema de Bécquer que comienza con el “Volverán las oscuras golondrinas”. Es un texto sobre lo que vuelve inexorablemente, pero también sobre las vivencias hermosas que hemos tenido y que ya no se repetirán.
Estos días he recordado el famosísimo poema de Bécquer que comienza con el “Volverán las oscuras golondrinas”. Es un texto sobre lo que vuelve inexorablemente, pero también sobre las vivencias hermosas que hemos tenido y que ya no se repetirán.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando veo a los periodistas deportivos elogiando los recientes Juegos Olímpicos, llenándose la gruesa voz, con su típica pronunciación de comentarista futbolero, me viene a la memoria el cursi poema de Bécquer que, como todo lo edulcorado y populoso, a menudo tiene razón.
Dentro de horas, días, los comunicadores criollos volverán a su religión suprema: el fútbol. Y el voleibol, el hándbol, la gimnasia artística, la natación, serán como las golondrinas que se detenían a observar a Bécquer y a su amada en el balcón mirándose ardientemente a los ojos. Eso, no volverá. O sea, lo bueno… perdido.
El fútbol tiene una presencia en los medios televisivos nacionales absoluta. Los informativos lanzan unos segundos de la guerra en Siria, de las violaciones de mujeres en Perú, de la intrusión del Estado Islámico en África, pero la prioridad la tiene el fútbol.
No he hecho un conteo de los minutos que se lleva este negocio-deporte del supuesto periodismo, pero supongo que un buen pedazo de la torta.
No basta con Peñarol, con Nacional, con las declaraciones balbucientes de técnicos y jugadores, obviedades latosas que se registran con más minucia que cualquier reunión urgente de ministros. Ahora hay que ver también una y otra vez los goles del multimillonario Suárez, como si el Uruguay fuera un país más valioso por contar entre sus ciudadanos con este señor de habilidad futbolera.
Ahora bien: los mismos comunicadores que con cara de ternero degollado reflexionan sobre la importancia de apoyar otros deportes en nuestro país y subrayan el esfuerzo enorme de los atletas que, con la bandera del sol y las cuatro barras azules, se presentaron en Río, son los que pasarán página y nos atormentarán con su discurso vociferante y nacionalista sobre el fútbol.
La dificultad que tiene un deportista no futbolero en Uruguay se debe a múltiples y deprimentes causas: ausencia de políticas públicas de incentivo a los deportes, la escasez de canchas y complejos deportivos, la extrema ineficacia de la Educación Pública en el terreno deportivo, pero y cómo no, el Imperio del fútbol.
Sí, el fútbol, todo un imperio, con sus reyezuelos, sus riquezas, su corte de funcionarios, su corrupción, sus adulones, sus mentiras.
Me dirán una y otra vez que el fútbol en Uruguay es sinónimo de “pueblo”. (Pobre palabra “pueblo”, tan bella en sus orígenes).
Yo tengo para mí que el fútbol hace mucho daño a este país. Se convierten, gracias a él, en héroes personajes sospechosos, no se dictan clases cuando “¡Juega Uruguay!”, la gente se enzarza en peleas, golpes de puño. Toda la ciudad está pintarrajeada de grafitis groseros y machistas.
Las Facultades están llenas de chicas: ¿dónde están los chicos?
¿Acaso mirando en la tele fútbol?