Nº 2112 - 24 de Febrero al 2 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAristóteles nos enseñó a usar debidamente las palabras, esto es, a pensarlas. Toda filosofía que se precie de tal es una gramática en acción, una forma de apropiarnos de la realidad con todo aquello que no está en los sentidos, que de hecho los suma a su faena, pero que es específico de la zona elevada del hombre y que tiene su base notoria en el pensamiento y su culminación en el lenguaje. Cuando Santo Tomás comienza a tratar con la metafísica de Aristóteles se encuentra con los límites de la gramática o, mejor, con la asistencia de la gramática como el único instrumento válido para el discernimiento ontológico.
Así el Maestro enseñó que las palabras tienen tres posibles designios funcionales, a saber: son unívocas, son equívocas o bien analógicas. Un término es unívoco cuando tiene un solo significado, esto es, significa solo un concepto y, por lo tanto, corresponde a una sola definición. Un tal término siempre tiene la misma intención dondequiera que se use. Por ejemplo, el término cinología significa únicamente el estudio de esos sagrados animales llamados perros. Si, en cambio, decimos que el término es equívoco nos referimos a que tiene más de un significado, que corresponde a más de una definición; ejemplo: gato es una palanca, es una variante doméstica de los felinos, una danza regional argentina y, según la RAE, es una forma familiar de llamar a los oriundos de Madrid. Un término análogo, por su parte, es el que pretende transmitir una o más características similares que existen entre dos conceptos; por ejemplo, el término pulmón se aplica a un órgano que es propio de los mamíferos, a los parques en las plantas urbanas, a los espacios al interior de las manzanas en las ciudades.
Ha de entenderse, y esto está en parte en las diferencias que mostró el pensamiento de Duns Scotus con Santo Tomás en relación a las palabras aplicadas a Dios y a las cosas de los hombres, que los conceptos de univocidad, equívoco y analogía no se limitan a palabras o términos. Estos conceptos pueden aplicarse también a los conceptos mentales que tiene el hombre, conceptos que ha formado, por ejemplo, por abstracción de la experiencia de sus sentidos. Aún más importante para nuestra exploración particular de la analogía del ser, las nociones de univocidad, equívoco y analogía pueden usarse en referencia al ser y los otros trascendentales, el bien, la unidad, etc. Por tanto, puede haber univocidad ontológica, equívoco ontológico y analogía ontológica.Santo Tomás de Aquino sostenía que las palabras que se aplican tanto a Dios como a las criaturas no pueden usarse de manera unívoca (con exactamente el mismo significado), porque “las criaturas son efectos que no alcanzan su causa”. La bondad de las criaturas no es la bondad de Dios; el ser de la criatura no es el ser de Dios. Pero tampoco esas palabras se usan equívocamente (con significados totalmente diferentes, como gato, gato y gato en el ejemplo que vimos), porque las criaturas se parecen a Dios. No es un accidente lingüístico que digamos tanto “Sócrates es sabio” como “Dios es sabio”: la sabiduría de Sócrates es una imitación parcial, limitada y fragmentaria de la sabiduría que (como dice Tomás de Aquino) “preexiste” en Dios como una perfección total, infinita, unitaria. Por eso dice que las palabras que se aplican tanto a Dios como a las criaturas se usan analógicamente, es decir, con significados diferentes pero relacionados.
En una muestra de la sutileza con la que maravilló al mundo, Duns Scotus nos explica que las palabras deben aplicarse unívocamente —con exactamente el mismo significado— a Dios y las criaturas por la muy sencilla razón de que los únicos conceptos que tenemos son los que se derivan de nuestra experiencia; si no podemos aplicar esos conceptos a Dios, no hay forma que aplicar para referirnos a Dios. Y eso significa que no podemos decir nada sobre Dios. Quizás podríamos decir lo que Dios no es, pero como dice Scotus “no tenemos un amor supremo por las negaciones”.
En fin; por alto que subamos o más bajo que bajemos nunca podemos salirnos del cerco que nos traza el lenguaje y de los límites que nos pone la razón. Habitamos (somos) en la palabra; y nuestro trato con Dios ocurre desde lo que somos.