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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSueños de juventud. Leí un artículo de Sergio Ramírez, novelista nicaragüense y ex vicepresidente de Nicaragua, que historia cuando él era aún integrante del movimiento social conocido como “Revolución Sandinista”. (*) En él llegó, cuenta, a altos estamentos de la dirigencia revolucionaria. En el artículo, Ramírez narra como periodista, a vuela pluma, lo que vivió, lo que meditó, con dolor, cuando tuvo oportunidad de conocer en Maracaibo a noveles dirigentes venezolanos chavistas. Ellos, presa de entusiasmo, se aprestaban a iniciar el proceso que culminó en la denominada “Revolución Bolivariana”. Eso implicaba el acceso al poder, en un segundo tiempo, en las urnas, como debe ser. En un primer tiempo, Chávez lo había intentado vía golpe de estado. Cuenta Ramírez que volvía, que estaba de vuelta, como insiste en decir, de lo que le había deparado la experiencia de trabajar en el seno de un movimiento revolucionario y en qué había devenido aquello. No en vano, una de sus últimas novelas lleva por título “Adiós muchachos”. Tentado estuvo, cuenta, de entrar en la habitación donde reinaba el bullicio y el fervor revolucionario. Algo lo detuvo: “mi respeto por la devoción con la que aquellos militantes improvisados, de diversas edades, compartían aquel sueño que creían realizable y la voz que por dentro me decía que esa película yo ya la había visto”. Primó la prudencia y Ramírez se abstuvo de hacer ningún movimiento, de entablar ninguna conversación, de enfriar ningún entusiasmo.
¿Por qué traigo a colación este artículo, Sr. Director?
Opino que tiene que ver por lo que se vive hoy en Venezuela. Un amigo residente ahí me ha hecho saber que se viven en el país las consecuencias de una carestía y una carencia atroz de artículos de primera necesidad, hay una inflación galopante y se ha puesto en evidencia una gigantesca corrupción, donde una bomba aspirante-impelente ha trasvasado millones y millones de dólares a la banca suiza, mientras la población se debate entre la pobreza creciente y la falta de libertades. He ahí el poder, he ahí la corrupción, he ahí los desvíos de impulsos revolucionarios de otrora. (Brasil sería otro ejemplo, pero no me quiero desviar). Eso sin contar con el descaecimiento de las libertades, la represión de las manifestaciones autorizando a las fuerzas policiales a disparar contra la multitud. Hace dos días, un muchachito murió de un disparo dado por un escopetazo policial que hizo impacto en su cabeza.
¿Cómo no asistir con estupor en estos días al silencio de los estudiantes uruguayos, que balean a un estudiante en país hermano y no salen a emitir un pronunciamiento, a intentar una manifestación de repudio a un régimen que hace tiempo está desnaturalizando las reglas de convivencia de una sociedad que se autoproclama democrática pero que no lo prueba en los hechos?
En ese marco sombrío, de pesadilla, se desaforó a un alcalde de un plumazo, se retienen a disidentes presos sin participación de la justicia, se tortura y se viola. El argumento esgrimido es la omnisciente apelación al imperialismo y a la desestabilización. ¡Cuántas similitudes con la sociedad argentina donde se habla de la decisión de fiscales y de jueces de manifestar en solidaridad con un fiscal muerto, cifra de integridad y dedicación a una causa noble, quien desapareció en circunstancias misteriosas. Y a eso la presidente CFK lo llama “el Partido Judicial”. ¡Cuántas inquietantes similitudes presenta la sociedad venezolana con la sociedad argentina!
Ramírez prosigue su artículo y formula sus argumentos: el primer día de un estallido revolucionario es como mirar desde lo alto al mundo y allí todo se hace posible. En el segundo día, ya las cosas se ven de otra manera. Entonces es el momento de reglamentar. Puntualiza Ramírez, cuando se empiezan a reglamentar los sueños, emergen las pesadillas.
El artículo me hacía pensar en que los escritos marxistas, probablemente gramscianos, sostenían que la verdad siempre es revolucionaria. Después hubo un film italiano donde se asentaba una duda que hacía tambalear el edificio de la utopía. Nadie puede aspirar a que detenta la verdad. Y la conclusión reveladora y amarga era, es, que “la verdad no siempre es revolucionaria”.
Pero en la sociedad uruguaya de hoy, entre bombos y platillos, entre vigilancia y solemnidad, entre autoridades salientes que comprueban “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, la añoranza del poder se refuerza, quizá vuelvan, dicen, y dan testimonio de cómo sienten ya nostalgia del poder, de cómo añoran el placer. ¡Cómo! ¿Y la lucha contra la inequidad? Lo justo sería el instituto de la reelección. ¿Cómo privarlos de alguien como yo?, pregona el Altruismo. Las mieles del poder todavía se sienten en la boca. (Y autoridades entrantes, que Dios dirá).
Ramírez recuerda a Lula, lo que él entonces decía: “(…) cuando nosotros ya habíamos perdido la revolución y él seguía aún intentando ser presidente de Brasil: el gran error de la izquierda, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola democracia, sin apellidos”.
Concluye Ramírez por acá su artículo: “Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas”.
(*) Esta carta fue inspirada en la lectura de un artículo periodístico de Sergio Ramírez, aparecido en el diario “La Nación”, con el título “La tormenta perfecta”)
Juan Carlos Capo