N° 2029 - 17 al 23 de Julio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMientras cursé Primaria una de mis abuelas me llevaba a la escuela. Al terminar, la clase permanecía en su casa hasta el anochecer, donde con admirable tesón intentaba transmitirme principios. Uno lo reiteraba hasta el hartazgo: “Las mentiras traicionan la confianza y en la vida no hay nada peor que un traidor”. Entonces era solo una frase. El paso del tiempo me permitió aquilatar su sentido.
Para no herir a sus nietos, algunos abuelos alteran la realidad y lo justifican como mentiras piadosas. Razonable. Diferente es cuando la mentira se utiliza para obtener beneficios políticos o sociales. Un falso título profesional, un acto de corrupción, oculta complejos de inferioridad y revela mediocridad.
Graciela Villar, la candidata a la vicepresidencia por el Frente Amplio, le mintió durante varios años a su familia, a su partido y a los votantes. Los traicionó. Violó principios éticos que la inhiben para ejercer cualquier cargo, como antes al “licenciado en genética humana”, Raúl Sendic. Los corruptos parecen tener vasos comunicantes: cuando integraba Asamblea Uruguay, Villar defendía a Sendic. Tal vez porque en ella pesaba que había hecho lo mismo al incorporar a su currículum su falsa condición de psicóloga social.
Cuando Daniel Martínez le comunicó que sería candidata a la vicepresidencia, revivió lo de Sendic y se dio cuenta de que tenía que eliminar lo de psicóloga social. Lo hizo y pasó a tener “formación en socioanálisis”.
Con eso creyó tener todo bajo control, pero a sus 61 años El Observador la desnudó al publicar la maniobra. Como los archivos no resisten mentiras, argumentó que hizo el cambio de título para “evitar especulaciones”, que tiene formación técnica pero no universitaria, que no terminó secundaria y admitió que se equivocó al afirmar que era psicóloga social. Bla, bla, bla, cero dignidad.
Ese título se obtiene en la Escuela de Psicología Social de Montevideo o es una maestría de la Universidad de la República. Por eso la denuncia penal por usurpación de título de los abogados Claudio Chaben, Luz Dupetit, Sandra Salamo y Fabrizio Bacigalupo. La interna frenteamplista los descalificó atribuyéndoles una maniobra política. Aunque lo fuera, es irrelevante. Los hechos están probados al margen de la opinión de la Fiscalía.
En las elecciones internas, Villar obtuvo 2.495 votos apoyando a Mario Bergara. Segunda detrás de Martínez fue Carolina Cosse con 65.035 votos. El exintendente la descartó en la fórmula para evitar que le hiciera sombra y optó por una marioneta. Creyó poner en práctica el clásico “divide y vencerás”, pero lo transformó en “divide y perderás”.
El viernes 12, ingenuos asesores armaron un escenario en el Bar Facal para que Villar y Cosse fueran fotografiadas tomando un café. Diez minutos para la foto y chau. Ni ellas se lo creen. Tampoco importa que el plenario del Frente Amplio la ratifique hoy jueves como candidata con el tibio apoyo del MPP que solo la elogia por “una larga trayectoria frenteamplista y profunda experiencia social y sindical”. Tragar sapos es un posgrado político.
En la convención nacional del 17 de agosto, se verá si todos están dispuestos a tragar sapos. En 2014, la convención proclamó a Sendic a la vicepresidencia con el entusiasmo de Tabaré Vázquez. Más tarde se produjo la hecatombe. El lunes pasado Vázquez invitó a Villar para apoyarla. Parece que los golpes de nada sirven.
¿Creen los electores que si Martínez fuera electo presidente Villar tiene condiciones para sustituirlo al frente del Poder Ejecutivo? No es una pregunta arbitraria. Martínez es mortal o pasible de enfermedades invalidantes, como todos. ¿Villar tiene oficio político, cultura general y conocimientos institucionales y legales para presidir una Asamblea General en la que su partido no tendrá la mayoría? ¿Sabrá administrar la implosión que generó al Frente Amplio la decisión de Martínez?
El falso título no es el único lastre. A falta de otros méritos —salvo incursiones sindicales y haber presidido dos años la Junta Departamental—, Villar se refugió en el victimismo, un recurso cobarde. Mediante una retórica demagógica y sensiblera, exaltó su condición de presunta perseguida política como su mayor mérito.
En un comunicado y en su Twitter destacó que por luchar contra la dictadura fue perseguida por las Fuerzas Conjuntas, detenida en varias ocasiones y dos veces secuestrada. ¿Secuestrada? En la primera fue detenida siendo menor y estuvo en un hogar del Consejo del Niño. En la segunda en el FUSNA. Secuestrados —con el dramático significado de esa palabra para centenares— fueron entre muchos Fernando Miranda, Oscar Baliñas, Nelsa Gadea, Claudia García de Gelman, Julio Castro y Oscar Tassino. Todos asesinados. ¡Cómo se atreve a hablar de secuestros!
Dijo que para escapar de la persecución política en 1976 se exilió en Argentina con su esposo y una hija de un año y “permaneció en la clandestinidad” hasta 1984, cuando regresó. Su nombre no aparece en ninguna de las minuciosas listas elaboradas por historiadores y organizaciones de derechos humanos. Tampoco en las de requeridos durante la dictadura.
¿Por qué fue a Argentina donde la represión era feroz y sanguinaria? Entre 1976 y 1983, las Juntas Militares, en coordinación con la dictadura uruguaya, torturaron e hicieron desaparecer a decenas de compatriotas. Mientras ella llegaba otros huían para no perder la vida, como Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosa Barreda, William Whitelaw, Gerardo Gatti o León Duarte. A algunas mujeres les arrebataban a sus hijos recién nacidos como Simón Riquelo y Mariana Zaffaroni.
La definición de persecución política implica mucho más que detenciones disfrazadas como secuestros. ¿Por qué creerle si durante años le mintió a sus correligionarios y dirigentes? ¿Cuando regresó a Uruguay denunció penalmente a sus secuestradores?
Debe explicarlo. De no hacerlo ofende a quienes fueron encarcelados y torturados y a los familiares de los asesinados y desaparecidos. Lo indiscutible es que Villar ocupará en la historia el primer lugar entre las situaciones patéticas que involucran a candidatos de los principales partidos.