Nº 2100 - 3 al 9 de Diciembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara entender el acto de pensar por oposición a la mera reflexión, para medir con exactitud qué quiere decir Heidegger en el décimo apartado de la reflexión XII de los Cuadernos negros. Reflexiones XII-XV (Editorial Trotta, que distribuye Gussi), me voy a servir de un ejemplo que evoca coartadas y cortesía que hoy quizá están en desuso, pero sirven para sensibilizar debidamente acerca de la búsqueda fenomenológica de la verdad. Me consta que no es una forma muy ortodoxa de introducir a la filosofía radical, pero cuento con la indulgencia del lector.
Imaginemos a un individuo alegre de hace un siglo, digamos una figura que posiblemente pudiera pertenecer al esquema mental o cultural de, por ejemplo, La verbena de la Paloma, con toda su galería de pícaros inocentones e irremediables y señoritas alegres o de moral distraída; imaginemos que “sale de verbena”, que se va de juerga y que no llega a su casa hasta la madrugada. La pobre esposa, más resignada que ofendida, ya no sabe cómo administrar una inconducta de ese tamaño; el hombre peca y lo hace en abundancia; y esa noche en especial se colmó de diversiones suaves, sonrientes y perfumadas, no sin homenajearse con unas cuantas copas del mejor champagne de la comarca. Apenas sale del cabaret el viento helado de la madrugada le recuerda quién es y que debe volver al hogar y evitar una disputa y reproches que sin duda admite merecer. Súbitamente se siente culpable y para mitigar ese peso decide agasajar a su esposa con algún regalo. Lo salva de la situación una aterida y esmirriada florista, ojerosa, muy jovencita y también muy pálida; le compra varios ramos de rozagantes violetas. Con su obsequio en la mano el libertino se enfrenta enhiesto y ridículamente digno a su mujer y haciéndole una temblorosa reverencia le entrega con toda pompa ese oportuno regalo de último momento.
Aquí abandono el ejemplo y volvemos al campo de la filosofía. La pregunta que me formulo es: ¿qué son las violetas desde esta situación que he presentado? Un botánico se apresuraría a ofrecerme datos precisos de su composición y morfología y yo podría darme por satisfecho; pero no estaría en la realidad de lo vivencial, que es donde el mundo efectivamente ocurre. Por eso insisto con la pregunta y es ahí que surgen respuestas mucho más interesantes que las ofrecidas por el diccionario de la flora. Una de ellas me dice que para el marido de esta historia las violetas son, según ingenuamente lo cree, una estupenda coartada que disimula o mitiga su burbujeante transgresión; otra me indica que para la esposa el conjunto de violetas tal vez sea un insulto más de los que la tiene acostumbrada el cónyuge o bien, por qué no, un signo de amor, de pleitesía sincera que ella recibe con gratitud. Y para la demacrada florista que esa noche hizo una gran venta a un buen precio los ramos de violetas comprados a manos llenas por el marido culpable significaron que podrá llevar alimento para sus pequeños hermanitos, que hoy no probaron bocado porque no había nada en casa.
La filosofía tradicional nos informará que las violetas son tal o cual cosa, según la teoría que se elija. Para el exigente modo de pensar de Heidegger, en cambio, no habría violetas en sí, sino relaciones, interpretaciones. Lo que es real es todo aquello a lo que, desde la inmediatez del vivir, desde la existencia le conferimos sentido. Es un ámbito clareado que en cada caso se expresa con una interpretación; pensar es clarear el ámbito. El pensador, tal como lo aísla y ubica Heidegger, hace lo que acabamos de hacer con el ejemplo de las flores, esto es: no postula, encerrando, la realidad, sino que abre, clareando, la interpretación. La interpretación es la realidad, y por eso la clase de botánica jamás me permitirá entender cabalmente qué es un ramo de violetas a las cuatro de la mañana, en invierno, porque todo, absolutamente todo lo que existe está interferido por la existencia, porque es la existencia la que determina y encuadra en exclusividad los elementos de comprensión.
Pensar, entonces, es ir hacia el ser, y solamente desde la existencia podemos trazar ese camino. No hay una realidad, sino un discurso de la realidad. Ser pensador significa habitar fervorosamente el tal ámbito clareado indagándolo primero y preguntando en él, favoreciendo que toda palabra surja solo de esta fundamentación y únicamente tenga su sitio en la salvaguarda de ella.