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    Legitimidad del aluvión

    Columnista de Búsqueda

    N° 1722 - 17 al 23 de Julio de 2013

    Aristóteles explicó que de la misma manera que una monarquía cuando se exaspera o corrompe muta en tiranía y una aristocracia al extraviarse corre el riesgo de convertirse en oligarquía, la cruel derivación que toca a la democracia es la demagogia. Vivió Aristóteles muy lejos de aquí y de esta época; si hubiera estado entre nosotros no lo veo afirmando una verdad que tal vez pudo verificarse en Atenas, Tebas o Syracusa, según tenemos noticia. Pero estoy seguro que hoy, especialmente si tuviera la desdicha de ser condenado a circular por estos andurriales de la civilización, no postularía que la demagogia es por excelencia la formulación enferma de la democracia. Es más: creo que repararía su tipologización, afirmado que en verdad la demagogia directamente no es una patología de la democracia, sino que constituye por definición su propia raíz, su naturaleza, su más absoluta necesidad de la misma estricta manera que el hidrógeno es un componente ineludible del agua o la cortesía y el respeto son formas inseparables de la buena educación.

    Sin demagogia no hay democracia, esto es: sin recoger alegre, grave o solemnemente como propias las ideas o pretensiones de los propietarios de la soberanía y asegurar que se van implementar en todos los puntos y detalles por parte de los que proyectan que se les confíen las funciones de gobierno y de administración, el sistema no tendría más duración que un lánguido suspiro. Hay una ley de hierro tan vigorosa como aquella que en el mismo sentido formuló Robert Michels: para que exista democracia debe verificarse un tráfico análogo al que se registra en el orden del comercio. A saber: un producto se demanda y a cambio de eso se entrega algo; o al revés: hay un producto ideal que se presume muchos querrían comprar si existiera, si fuera posible; alcanza con prometerlo para que muchos compradores de esa ilusión se agolpen en torno a las cuevas, tiendas y toldos donde la oferta es presentada y debidamente publicitada. Esta no es una enfermedad de la democracia, sino, por el contrario, una exacta y sincera manifestación de su naturaleza; una confirmación de lo que es y de lo que implica.

    Sin embargo no hay que creer que la democracia carezca de dolencias; antes bien, tiene varias que padece y suscita, con la peculiaridad de que son, con mucho, peores que la demagogia, que después de todo no es otra cosa que un inocente juego propio del giro de las acciones sociales, donde emisores y destinatarios se envuelven bajo una misma ficción. El problema de la democracia es peor que la configuración de la demagogia, esto es, peor que la mentira consentida y que la innoble manipulación de las expectativas. Estoy hablando del mal de los males, que no es otro que el peso grosero del mayor número, la exacerbación depravada de lo cuantitativo, el malévolo desprecio por las diferencias sin representación; la legitimidad del aluvión.

    En el capitulo XXII de sus Ensayos (Losada, Buenos Aires, 2011, distribuye Océano) refiere Montaigne —y no me atrevo a dudar de su palabra— que un oscuro legislador de la región de Turia “ordenó que aquel que quisiera abolir alguna de las antiguas leyes o establecer una nueva se presentara ante el pueblo con una cuerda al cuello a fin de que, si la novedad no era aprobada por todos los ciudadanos, fuese inmediatamente estrangulado”. Me parece en todo punto pertinente esta mención, por cuanto sitúa en sus justos términos la vinculación carnal que existe entre el concepto del poder del más fuerte con el concepto de democracia. Como se suscribe la tesis ius naturalista de que el poder del más fuerte es el único válido y que este solamente lo tiene el pueblo, se considera lógico y deseable que la prepotencia de la mayoría no sepa de límites y pueda reinar reciamente sin que nadie se atreva a cuestionar su moralidad.

    Por eso el problema no se lo busque en la próspera industria de la mentira o en la conexa y también en crecimiento industria de la disculpa; ambas son honradas modalidades de lo que necesariamente se puede esperar de la democracia, y por eso no deben llamar la atención. El problema está en otra parte y es más grave; tiene que ver con el desborde totalitario, con la intromisión y el abuso. Termino con Montaigne, que me asiste con inmejorables ejemplos: “¿Existen vicios peores que los que chocan a la propia conciencia y al natural conocimiento? El senado romano decidió dar una contestación artificiosa para salvar la diferencia entre él y el pueblo, en un asunto relativo a la religión (ad deos id magis, quam ad se, pertinere; ipsos visuros ne vacra sua polluantur; es cosa de los dioses y no del senado impedir que se profane su culto), de modo semejante a lo que respondió el oráculo de Delfos en las guerras medas porque los griegos temían la invasión de los persas: preguntado el dios sobre lo que deberían hacer con los tesoros sagrados de su templo, si esconderlos o llevárselos a otra parte, contestó que tuvieran calma, y que se cuidaran de sí mismos, que él se bastaba para atender a lo que le incumbía” (Cap. XXII).

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