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    Lejos de estar cerca

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2105 - 7 al 13 de Enero de 2021

    En la sustancial mirada de Heidegger la existencia es un hecho unitario; estamos en el mundo, estamos con los otros, estamos para la muerte, sentimos el llamado de la conciencia, sentimos angustia, experimentamos la nada, buscamos un sentido. La existencia es un hecho indisoluble, compacto, ontológicamente consistente; en ella no hay una distinción entre sujeto y objeto, no es el sujeto que soy y el mundo con el que trato; no hay mundo, se construye mundo por la relación de utilidad con las cosas, de proximidad y empatía con los demás existentes, por la asignación de significados que tienen cosas y personas.

    Si consultamos el parágrafo de la página 12 de los Cuadernos negros. Reflexiones XII-XV (Editorial Trotta, que distribuye Gussi) nos encontramos una provocativa observación: “Mientras el hombre siga gestionando su esencia en el sentido del animal racional, seguirá pensando ‘metafísicamente’ en la forma de la distinción entre lo sensible y lo no sensible”. Esta es la abstracción por excelencia, la sumisión de la realidad del vivir a la abstracción de la teoría que sostiene, por ejemplo, que el hombre es meramente un animal racional; todo se restringe a esa mera y única condición. Tal es lo que plantea Heidegger en esa primera oración del parágrafo de la página 12.  Mientras uno se siga aceptando simplemente como animal racional, esto es, como una especie con determinadas notas, y no como un ser existente, se estará en una falsa división, es decir, verá como extraño lo que es inmediato y familiar, e intelectualmente aceptará como familiar lo que existencialmente le es extraño. No volver a pensar, no empezar de nuevo produce estas ficciones, estos desvíos y como bien lo dice Heidegger el hombre acaba por perseverar en la evasión, huye de la pregunta por la verdad, por la diferencia ontológica, es decir, la diferencia que hay entre ente y ser. Todos los animales son entes cuyo ser ya está en el ente. En el pez, en el perro, en el candado, en los zapatos, el ente y el ser son la misma cosa; en cambio en el hombre como existente, en el Dasein, como dice Hamlet, podría ser lo que quisiera aun encerrado en una cáscara de nuez. El hombre es una apertura hacia el ser.

    Le llama la atención a Heidegger, pero llega a entender lo que está pasando: la cultura se ha ido erosionando en dirección a la banalidad, al afán de clasificación, a lo externo, a lo que se pierde sin dejar registro; a lo vano. Ya no queda espacio para la pregunta por el ser porque no la concibe por considerarla ociosa, ser y ente es lo mismo en un mundo maquinal e insípido donde la existencia no es tenida en cuenta. En un escenario semejante parece hasta congruente que no se eche de menos el pensar de la diferencia, que la filosofía experimente el ocaso. Conjetura Heidegger que quizás el motivo central sea que el hombre ya no quiere ningún comienzo sino que solo busca salvarse refugiándose, dejándose ir suave e indolentemente en la inercia de la continuidad.

    ¿Por qué estamos donde estamos y por qué prevalece este pensamiento? Porque las personas no tienen el coraje suficiente como para empezar desde la indigencia, desde la desnudez a construir mundo, sino que prefieren acogerse y acomodarse a un universo dado, prefieren ser el camello de la metáfora de Nietzsche, es decir, llevar la carga que le toca sin plantearse la pregunta. Se conforman con ocupar un lugar en la historia, haciendo una reducción de sí mismos que es producto de la comodidad, del temor, negación de la apertura. Este es el gran drama de la época, sugerirá Heidegger, sabernos convocados a empezar algo nuevo y grande; pero lo que hay que empezar no es la conquista del mundo, como querían los sedientos dirigentes nacionalsocialistas en los albores de 1939, que envolvieron al pueblo en una de las peores tragedias de la historia de la humanidad. Empezar algo no es esa destrucción de lo otro, sino empezar a pensar de nuevo, a refundar la Filosofía desde el sitial ineludible de la existencia.

    Ningún político puede comprender tamaña empresa; se lo impiden su forma y también su contenido. Por eso el equívoco de los tiempos actuales, donde la esperanza y la cultura se deposita en manos de los políticos con la misma devoción con que en los pueblos primitivos se rendían las preces en los altares de dioses que fueron indistintamente astros, vientos, animales, ríos o montañas. Cada vez estamos más lejos de estar cerca.

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