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    Ley de pobres

    Columnista de Búsqueda

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Desde tiempos de los Tudor prevaleció en Inglaterra un sistema mediante el cual las parroquias tenían la previsión de asistir los casos extremos de indigencia. Con el avance de la época moderna y al amparo de la Revolución Industrial, esa asistencia se consideró una práctica onerosa y que afectaba seriamente la organización del trabajo y las relaciones del mercado con la oferta de mano de obra.

    La sociedad del siglo XIX era bastante pobre, medida según los estándares actuales. La mayoría de los miembros de las clases trabajadoras probablemente estuvieron en la pobreza en algún momento de sus vidas debido al desempleo, la enfermedad, las imprevisiones a la hora de la vejez. Esos desdichados en los momentos difíciles debieron depender dramáticamente de sus hijos, de sus amigos o del improbable crédito. Para combatir esto se entendió que había que alejar a los pobres del sistema asistencial e inducirlos al trabajo; se creyó que el alivio a la necesidad nunca podría aparecer como más tentador o conveniente que el trabajo.

    La Enmienda a la Ley de Pobres, que entró en vigencia en 1834, buscó una respuesta que se quiso ejemplar para el problema, proponiendo que dejase de ser atractivo refugiarse en la asistencia social regular, burocrática y directa. La finalidad aducida era que el mayor número de la población estuviera afectado al trabajo; por eso se buscó un mecanismo verdaderamente desalentador de la haraganería buscada y de la indigencia reparable, es decir, de todas aquellas situaciones en que las personas con capacidad de trabajo en razón de su edad y condiciones de salud se entregaran a esperarlo todo del socorro público.

    La pobreza no se veía entonces como un problema social: se sentía que la miseria era el resultado de la debilidad de carácter. Samuel Smiles llegó a sostener que la pobreza era causada principalmente por hábitos irresponsables. Esta convicción fue la que inspiró y condujo a la Ley de Enmienda a la Ley de Pobres de 1834. Se consideraba que solo aquellos terminales en extrema necesidad aceptarían el castigo de vivir en el asilo.

    Bajo esta óptica, que despertaría la santa indignación de Dickens inmortalizada en Oliver Twist, la Ley de los Pobres fue vista como la solución final al problema del pauperismo, que funcionaría de maravilla para el carácter moral del hombre trabajador. Se buscaba producir una moral orientada al esfuerzo y al trabajo, y la forma de hacerlo era condenar a los indigentes a vivir en unos asilos infames a los que solamente podrían acudir con derecho aquellos seres sin más consuelo que su final resignación. Los que procuraban asistencia recibirían la amenaza cierta de una condena al asilo público, algo que muy pocos buscaban habida cuenta de la ominosa fama que pronto adquirieron esos establecimientos.

    Se quería establecer como criterio dominante que el trabajo arduo y la frugalidad siempre garantizarían un nivel de competencia y de dignidad a las personas, cualquiera fuera su posición en la sociedad. Estos valores, que reflejan la emergente ideología de la clase media, causaron una impresión duradera en la sociedad durante varias décadas. Ya entrado el siglo XX, y antes de que ingresaran a escena las fórmulas del Estado benefactor y paternalista, se logró internalizar en vastas capas de la sociedad la sensación de vergüenza ante la aceptación de la asistencia pública; el estigma del asilo y el temor al funeral del mendigo fueron las facetas centrales de las actitudes de los trabajadores. Esto tuvo un papel importante en la definición de “respetabilidad” que surgió entre la clase media y los trabajadores.

    En su popular ensayo Self-Help, el escocés Smiles dijo que las personas deberían enorgullecerse de fundarse en el trabajo y no en la apatía o en el renuncio. Escribió: “Los mejores resultados en la vida generalmente se logran por medios simples. La vida común de todos los días proporciona a los trabajadores el alcance para el esfuerzo y la mejora personal. No es un talento eminente lo que se requiere para garantizar el éxito en cualquier actividad, sino el propósito de poder lograr algo, y la voluntad de trabajar perseverantemente. Incluso si un hombre falla en sus esfuerzos, será una gran satisfacción para él disfrutar de la conciencia de haber hecho lo mejor. En la vida humilde, nada puede ser más alentador que ver a un hombre que combate el sufrimiento con la paciencia y que cuando sus pies sangran y sus miembros le fallan, todavía camina sobre su coraje”.

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