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    martes 17 de febrero de 2026

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    Libertad, libertad, orientales

    Los bares se han llenado de pantallas plasma. Ya hace tiempo que los televisores de varios kilos estaban suspendidos sobre las cabezas de los comensales, pero ahora la levedad y nitidez de los aparatos se han ganado la estética de muchos espacios comunes. El lugar donde voy a pagar las cuentas, el supermercado 24 horas, la mutualista…

    Sin embargo, si estoy en un bar, detecto que pocos hacen caso a lo que pasa en aquellas pantallas que han sustituido cuadros, afiches, ventanas u otro tipo de adornos.

    La gente bebe, come, ríe, aunque de vez en cuando, si alguien exclama “¡Goool!”, entonces todas las cabezas se giran a mirar la pantalla.

    La mayoría de las veces el fútbol acapara esos televisores que rodean la humanidad uruguaya pública. En silencio (mute), los jugadores multimillonarios, en cuyas cabezas lucen “esos raros peinados nuevos”, están siempre allí, conviviendo la imagen de sus cuerpos excepcionales con la imagen de las barrigas de los uruguayos consumiendo chivitos.

    ¿Quién mira esos partidos?, pregunto. Me contestan: Nadie. En efecto, observo a las mozas. Ni caso. Están haciendo su trabajo, cada cual en lo suyo.

    De pronto, me percato de que, aunque me desagrade notablemente el fútbol, miles y miles consideran que es maravilloso y tienen derecho a mirarlo. Si les da la gana.

    Hace poco, mis amigos me pasaron un terrible e-mail con fotos donde se veía cómo el Estado Islámico ejecutaba a un grupo de chicos que habían mirado clandestinamente un partido de fútbol. Los cadáveres quedaron expuestos, colgando. Ver fútbol para estos “combatientes” es un acto genuflexo ante Occidente, una contaminación de la santa sociedad que ellos tratan de crear a cuchillo, un vicio insostenible.

    De pronto me doy cuenta de que todos los clientes que están en la cervecería de 18 y Yi serían ejecutados a manos de esta barra brava que nos tiene en jaque al mundo entero. ¡Y además están tomando cerveza! ¡Más veneno occidental!

    Ante lo sucedido este fin de semana en Dinamarca y Francia, el primer ministro francés Manuel Valls habló —¡al fin!— de ISLAMOFASCISMO.

    Es la primera vez que escucho a un político políticamente correcto decir las cosas claras. Y adiós al complejo de culpa, al pudor de ser acusado de islamofobia.

    Dentro de las angustiantes horas que está pasando el mundo, me sentí reconfortada. El hijo de un emigrante republicano español, socialista, puede nombrar este neofascismo que salta a los ojos y exclamarlo ante toda Francia. Y el mundo.

    He de reconocer que también respiré con alivio cuando, días atrás, escuché a nuestro próximo presidente pronunciar, con su calma voz, un mensaje equivalente, en respuesta al triste comunicado de la Embajada de Irán.

    Con su tono de sensato profesional de la salud, Tabaré declaró que Uruguay no es país de fobias, sino de libertad, de respeto por los derechos humanos y dignidad del otro.

    ¡Qué saludable es defender la vida!

    Aunque cada vez que voy a un bar tenga que divisar molestos partidos de fútbol.

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