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    Libro que no fue

    Columnista de Búsqueda

    N° 1992 - 25 al 31 de Octubre de 2018

    No es optimista y sí lúcida la mirada de Jonathan Swift acerca de ciertas preferencias de los humanos por la desdicha del prójimo. Los resentimientos, las ambiciones, la desmedida sed de poder llevan a los hombres, en efecto, a considerar a sus semejantes como ruidosos obstáculos en una carrera sin ley ni término o bien como medios más o menos aptos o útiles para medrar. Este autor, que era canónigo de su iglesia, entiende que hay una suerte de ley universal que impulsa a las personas a empujar a sus semejantes a los abismos del Infierno o al todavía más espantoso vértigo que es el olvido. La explicación que da Swift es, por lo sencilla, desoladora; dice: “La querencia del alma por la malicia es un efecto del amor propio, o del placer que nos produce encontrar hombres más ruines, cobardes, despreciables y desgraciados que nosotros mismos”.

    Esto lo deja establecido en un curioso texto que lleva por título El arte de la mentira política (Sequitur, que distribuye Gussi), y que trata de un libro que no ha sido publicado y ni siquiera escrito, pero al que procura vender por anticipado. En realidad se trata de una carta de presentación de un posible libro a posibles lectores a los que se busca interesar para que compren el proyecto antes de empezar con los trabajos de imprenta. Al parecer, la publicidad no fue todo lo eficaz que hubiera querido el escritor, habida cuenta de que el libro sobre el que nos ofrece resumen y partes nunca llegó a publicarse ni tampoco, según consta, a escribirse.

    Pese a todas esas dificultades, el texto felizmente tiene vida propia. Y también, como fácilmente se entenderá, actualidad. La mentira es uno de los instrumentos centrales de la faena política, como lo es la pluma para el notario, el vino de Portugal con especias para el tabernero, el cuerpo y los coloridos afeites para la meretriz, el cuchillo y la chaira para el matarife. Sin mentiras la política sería como un inexplicable carro sin caballos, como un edificio sin techo y sin puertas, como una biblioteca a oscuras, como un tigre sin garras, sin hambre y sin rayas; algo impensable, calamitoso, indigno de ser tenido en cuenta. La mentira es de la naturaleza más íntima de ese giro profesional y en tanto eso debe ser respetada y comprendida.

    A este menester se hubiera dedicado Swift si hubiera escrito el libro que no escribió, pero del que habla como si lo hubiera escrito. Por eso aporta algunas definiciones y descripciones que nos anuncian profundidades todavía más provocativas respecto del tema. Lo primero que específicamente destaca es que la mentira es decididamente y con toda la barba un arte, esto quiere decir no un acto espontáneo y desordenado o una impertinente improvisación o una astuta salida en circunstancias apretadas o una compulsión de la conducta, sino que se trata de un definido conjunto de preceptos y de reglas necesarias para hacer algo adecuadamente en conformidad con los fines para los que se aplica su concurso. Para Swift es más que correcto mentar el arte cuando se lidia con esta materia: “Lo denomina Arte para distinguirlo de la acción de decir la verdad, para la cual al parecer no se precisa de ningún arte”. Esto es así debido a una de las observaciones más sagaces que en mi vida he leído acerca de la mentalidad dominante entre los pueblos, y que nuestro autor sintetiza perfectamente: “Se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad aceptable”.

    Con su ingenio satírico en su máximo esplendor el supuesto vendedor del supuesto libro golpea en pleno rostro a la sociedad de su tiempo y lo hace de tal manera que su golpe reverbera en todos los tiempos y lugares, aún hoy y no lejos. Dice que el autor del imaginario libro “recomienda a los jefes de partido que no se crean sus propias mentiras, y les recuerda el ejemplo de lo ocurrido en los últimos años, cuando un partido sabio y una nación sabia resolvieron sus asuntos según unas mentiras inventadas por ellos mismos. Entiende que esto debe achacarse a un celo desbocado, a un exceso en la práctica de este arte y a una vehemencia acalorada en las conversaciones; celo, exceso y acalorada vehemencia por los que unos a otros acaban persuadiéndose que lo que se desea y dice como verdadero, lo es efectivamente; que no ha habido ningún partido que no haya sufrido este inconveniente y haya cometido algún error de esta naturaleza”.

    Tres siglos después, Swift sigue siendo actual.

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