Nº 2199 - 10 al 16 de Noviembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa primera columna que escribí en estas páginas data, creo, de marzo de 1976. El interés que entonces me animó a inaugurar ese camino reflexivo es el mismo que todavía hoy me impulsa a no claudicar ante los desdenes de la época y preferir, como entonces, cifrar todo el esfuerzo en la defensa de los valores de la libertad y de la cultura sin reparar en ninguna consecuencia. Así como la sombra del rey Hamlet que una y otra vez vuelve sobre sus pasos para recordar que todavía queda por ejecutar una justicia que no debería demorarse, mi compromiso con esas determinaciones es no menos pertinaz, aunque espero que un poco más cordial: busco, no justicia sino apertura y reflejos críticos del pensamiento, y como Montaigne me complazco en compartir el amor por los libros.
La propuesta de esa primera columna de hace 46 o 47 años consistía en confrontar la perspectiva atroz del Estado que postuló Hegel y el sentido simple, práctico, para nada envolvente de John Stuart Mill sobre la libertad. Para ello me basé en dos libros que por sus distintas razones me impactaron, habida cuenta que ambos partieron de propósitos diferentes, siendo una de las obras una mera pieza consagrada a la polémica (Ensayo sobre la libertad, de Mill) y la otra un volumen que recoge las lecciones magistrales de Hegel en la Universidad de Berlín, (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, de Hegel). Más allá de esa discrepancia de fines, encontré que los dos libros cumplían involuntariamente la finalidad de convertirse cada una en el revés ideológico de la otra.
Hegel explica a sus estudiantes que el Estado unánime que postula es la síntesis de la sociedad, una suerte de categoría superior que tiene por objeto hacer posible el cumplimiento de su protagonismo como agente del sentido de la historia, especie esta última que discierne conforme a una vasta construcción lógica en la que, bajo los dictados del circuito cerrado, deduce que la historia sigue el relato de la salvación religiosa: hay un inicio que se ahoga en lo que está en potencia, hay distintas fases de desarrollo y al final aguarda un desenlace heroico y ataráxico donde el espíritu habrá triunfado por sobre las fuerzas que impidieron obstinadamente su preeminente despliegue en el vasto teatro del mundo. Las fuerzas antagónicas que chocaron en sus victorias y en sus frustraciones son el proceso del sentido histórico. Así las revoluciones, los crímenes más horrendos, los actos píos, los golpes de timón, las traiciones, los odios, los templos, la desolación de las pestes, las alcobas, los caballos enloquecidos de Macbeth, las chimeneas, los descubrimientos de la ciencia y del arte, los muertos en las batallas y los reyes en ascenso o desmoronados, los constructores de catedrales y los que las incendiaron, los locos en el poder y las legiones de funcionarios públicos juramentados a castigar al prójimo, todo a su turno, contribuyeron a consumar ese bien supremo hacia el que el universo se dirige fatalmente conducido por la historia. A esta época, la modernidad, le ha tocado en gracia un Estado educador y terrible en su control prevaleciendo infamemente sobre las personas y sus derechos. El Estado unánime es hoy el gran Derecho; lo tendrá que ser todo y la persona nada.
Unos pocos años más tarde Stuart Mill escribirá que el individuo es soberano, que la igualdad es deplorable en todas sus expresiones, que no hay poder más alto de una persona que ella misma en la medida que no amenace ningún derecho ajeno Y que la libertad no es un asunto de sistemas políticos, sino de moral de convivencia; explicó también que “la única garantía contra la esclavitud política es el freno que puede mantener sobre los gobernantes la difusión entre los gobernados de la inteligencia, la actividad y el espíritu público”. Herbert Spencer, seguidor de Stuart Mill, iría más lejos, avisando al siglo siguiente: “La función del liberalismo en el pasado era poner un límite a los poderes de los reyes. La función del verdadero liberalismo en el futuro será la de poner un límite al poder de los parlamentos”.
En 1976 creía que la política, cuando regresara, traería consigo algún aire de estos sanos recelos del bando de la libertad. No tardé mucho en defraudarme; los males generados por la fe puesta en el Estado y en las patéticas indecencias del sistema político desde entonces han aumentado dramáticamente el número de parásitos con autoridad y de censores.
Quedan los libros y los perros. Hasta que también los prohiban.