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    Límites de Solón

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2157 - 13 al 19 de Enero de 2022

    Solón fue un modelo para los gobernantes de todas las épocas. Tuvo ademanes demagógicos, pero también visión estratégica. En el orden institucional, y como forma de articular las distintas demandas de gestión y equilibrio, clasificó a los ciudadanos en clases según sus ingresos; por un lado, previó 500 hombres considerados según ciertas medidas relativas a sus resultados de producción en la agricultura; cuanto más alta la clase de un hombre, más alto el cargo gubernamental para el que sería elegible. A la clase obrera se la excluyó de todos los puestos ejecutivos, aunque le garantizó el derecho a participar de la eclesia, que consistía en la reunión anual de todos los ciudadanos libres de Atenas nacidos de padres atenienses, no esclavos ni extranjeros. Solón creó el Consejo de los 400, denominado Bulé, con una agenda para reunirse diariamente. Este Consejo de los 400 amplió la representación de los demos y permitió que ciudadanos de distintas categorías de ingresos pudieran entrar en él. Por este expediente los aristócratas ya no pudieron dominar las deliberaciones del Consejo dado que sus miembros ahora eran elegidos por sorteo y las otras clases de las restantes categorías tenían mayor número. La democracia, o lo que vulgarmente se conoce con ese nombre, funcionaba por primera vez con cierta regularidad y en base a criterios racionales, pero ya por entonces también estaba herida de las intolerables imperfecciones que hasta hoy nos mortifican.

    Pongamos perspectiva: es cierto que las leyes de Solón aliviaron el sufrimiento de los pobres; es verdad que salvaron a muchos de caer en la degradación. Pero los conflictos siempre estuvieron agazapados y a punto de estallar; la política es poderosa, pero no tanto como para quebrar la lógica de los mercados. Ocurría que Atenas en un momento se encontró otra vez superpoblada en relación con la disponibilidad de tierra y en relación con la productividad de su agricultura. Y los fantasmas de la rebelión empezaron a regresar desde distintos frentes, principalmente desde los sectores medios y bajos que continuaron sufriendo o sintiéndose amenazados por el hambre, por la pobreza, y que sin embargo mantenían la esperanza de que con una economía en alza la ciudad atraería todos los barcos del mundo. El caso de Atenas es muy curioso: por un lado, en lo interior, parecía tener una asmática economía de subsistencia, pero al propio tiempo era titular de una vida comercial significativa; su mejor vida, podría decirse, estaba afuera. Solón es memorable porque fue uno de los gobernantes pioneros que más fomentó el comercio; sostenía que los atenienses comerían si los barcos partían del puerto y llegaban a él. En el Pireo estaba la llave de la prosperidad y de la justicia atenienses. El acierto estratégico no tuvo fuerza suficiente como para poner fin a la disconformidad y la depresión reinantes en los campos, tanto entre los grupos más poderosos de la aristocracia como en sectores desplazados de la sociedad.

    Con ingenua buena fe y con el voluntarismo característico de los demagogos, Solón procuró crear un espíritu de cooperación social y a la vez la idea de un heroico destino común; así fue que en poco tiempo lanzó campañas militares y construyó, hay que reconocerlo, un vasto imperio. Movilizó al pueblo con proyectos de unidad nacional, lo que contribuyó a apaciguar tensiones en medio de las frecuentes crisis. Instituyó el reclutamiento de hombres de entre 18 y 60 años para el servicio militar y de esa manera pretendió disciplinar a la sociedad, y más que nada crear situaciones de equilibrio, buscando en la guerra absorber las luchas intestinas de orden social. Eso fue bueno para sus intereses, pero no necesariamente para la patria. La condición imperial había enquistado a Solón más allá de la voluntad de sus seguidores y supuestos beneficiarios; el poder se había convertido para él y su círculo de amigos, como casi siempre ocurre entre los que viven del Estado, en un fin en sí mismo.

    Previsiblemente no tardó mucho en crearse enemistades y en aumentar recelos entre las gentes del pueblo llano y también en algunos sectores arrinconados de la aristocracia, que esperaban su momento para dar un radical golpe de timón. Habría de llegar este bajo el mando de Pisístrato, un aristócrata muy emprendedor a quien la elite gobernante de Atenas había expulsado al exilio y que ahora, sin mayor eficaz resistencia, se preparaba para ingresar a escena.


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