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    Límites de la coerción

    Columnista de Búsqueda

    N° 1995 - 15 al 21 de Noviembre de 2018

    La influencia del pensamiento de Friedrich Hayek se ha dilatado a lo largo del siglo XX con notorio suceso no solamente en el caso de la economía, donde muchas de sus observaciones permitieron crear francas situaciones de prosperidad en la Inglaterra gobernada por Margaret Thatcher, en los Estados Unidos de Ronald Reagan y por la misma época también singularmente en Chile. Pero reducir su gravitación a estos resultados o restringir la significación de su obra a la pura economía, es desconocer la atenta y derivada reflexión que tuvo en el orden de la filosofía y especialmente en el de la filosofía política.

    Precisamente en los dominios de esta última introdujo interesantes reflexiones acerca de lo que observa como la amenaza planteada por el colectivismo y el poder creciente del Estado para los valores de la libertad y la condición de los individuos. Hayek entiende que el desarrollo omnímodo del Estado, que la consagración de las pretensiones colectivas por sobre los intereses y derechos de los individuos constituye el gran problema de la política al que ninguna asamblea ni partido ni círculo o banda que se conforme para entender en los asuntos puede sortear sin comprometerse seriamente. Dice más: teme que la tendencia de las organizaciones existentes, lejos de buscar el alivio de su poder sobre las personas, en general van en dirección de mayores controles y opresiones. De ahí que puso tanto énfasis en toda la necesidad de proteger al individuo del Estado.

    Para Hayek, la aparición y consolidación del capitalismo ha creado como nunca en la historia la esfera de la libertad individual, que es una característica distintiva de la civilización occidental. Junto con esa realidad, y por efecto de las inercias autoritarias y tradiciones hegemonistas, pero principalmente como resultado de la aparición de ideologías colectivistas, esa esfera de la libertad siempre está bajo la amenaza de ser erosionada o directamente abolida. Sostiene este autor algo que no siempre se atiende en los debates de la política y que es nada menos que la impregnación de la premisa colectivista en la intimidad de varias formulaciones; pues no solamente los discursos socialistas o fascistas promueven esta forma, sino que muchas formaciones liberales, aduce, terminan siendo dominadas por la creencia de que los poderes coercitivos y altruistas del Estado tienen o deberían tener más legitimidad que los derechos de las personas. Hayek observa que a la opresión se llega no solamente por asalto violento de los opresores sino también por lentos pero constantes procesos de avance del poder del Estado sobre los fueros de los distraídos ciudadanos.

    Le preocupó en vida más lo que ocurría en el Occidente liberal que aquello que se verificaba con horror en los totalitarismos, cuya abierta lucha contra lo individual no estaba escondida detrás de ninguna esclusa sino decididamente proclamada en nombre de la raza, de la patria, del proletariado. El problema, decía, lo tenemos aquí, entre nosotros, bajo las supuestas banderas de la libertad.

    La clave de su advertencia para este caso se encuentra en la distinción entre la compulsión y la coerción La primera se configura cuando un individuo está físicamente obligado por las circunstancias a comportarse de cierta manera, y, por lo tanto, no tiene ninguna opción y realmente no se puede decir que esté “actuando”. Las circunstancias pueden ser naturales o pueden ser el resultado de una acción humana. Hayek plantea la hipótesis de un individuo que está siendo físicamente obligado por otro para apretar el gatillo de una pistola; eso es compulsión. Por contraste, la coacción existe cuando un individuo es obligado por otro individuo a actuar de una manera que sirve a la voluntad y a los propósitos de ese otro individuo en lugar de a la persona que está obligada. Libertad, dice, significa ser libre de tal coerción. Pero en términos puros esto es imposible; la interacción humana inevitablemente implica un sistema de embargos y necesidades compartidas y obligaciones de las que no se puede escapar. Aquí aparece la idea de los límites, el sentido pragmático y realista, no maximalista, del aporte de Hayek, que reconoce que siempre habrá una cierta coerción, una imposición de la voluntad de otros que se encuentran en las familias, en la sociedad civil y en la política. Lo que a lo sumo puede lograrse es que la coerción sea lo más racional y limitada posible, y la libertad maximizada teniendo en cuenta las condiciones fundamentales que hacen hospitalarias las condiciones para el ejercicio de la libertad.

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