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    Lincoln R. Maiztegui Casas (II)

    Sr. Director:

    Corría el año 1989 si mal no recuerdo. Yo era un jovencito de unos 14 años y aún me costaba encontrar una razón de ser y un lugar en este país al cual había llegado hacía poco a vivir desde la Argentina. Solo había dos cosas por las que sentía pasión genuina: el ajedrez y la música. Mi padre, que también había sido aficionado al ajedrez en su juventud, me llevó una noche al club Trebejos ubicado en la calle Rodó para iniciarme en el ambiente ajedrecístico. Mis primeras incursiones fueron socialmente fallidas. Yo era tremendamente tímido y había muchos hombres mayores que no mostraban el menor interés en mí, con la notable excepción del presidente del club, Walter Estrada, que en los pocos intercambios que tuvimos me trató con mucha bondad y exhortaba a los veteranos para que jugasen conmigo, pero luego de unas pocas partidas se retiraban con desdén. Una noche, mi padre me presentó a un viejo compañero del club de la década de los 60 que estaba de visita por el Uruguay (en aquel entonces residía en España). Ya de entrada el nombre fue imposible de olvidar. Por primera vez en mi vida sentí que una persona adulta me trataba como un igual, conversaba con este adolescente con la misma deferencia y respeto que si lo estuviera haciendo con un ministro, y se interesaba genuinamente en conocer mis puntos de vista. Esa noche nos quedamos hablando durante horas de historia del ajedrez con Lincoln, sentados frente a frente con un tablero vacío de por medio. Cuando jugué por primera vez con él años más tarde advertí que su estilo de juego era romántico, como no podía ser de otra manera.

    Volví a verlo tras un par de años durante otra de sus visitas al Uruguay (faltaba poco para que se radicara definitivamente). Esta vez el encuentro fue una feliz casualidad. Aquella tarde fui solo a escuchar un espectáculo musical abierto al público en la Iglesia Matriz, donde ejecutaron el concierto para oboe en re menor de Albinoni. Me encontraba parado en las primeras filas al costado de los asientos, y al cierre del segundo movimiento se me acercó de atrás para saludarme. Al finalizar el concierto fuimos juntos caminando hasta el club Trebejos, y esta vez conversamos largo y tendido sobre música y sobre el piano, instrumento que yo había empezado a tocar. No había compositor sobre el cual no tuviera una historia para contar. Nuevamente me sentí fascinado por este adulto con cierta candidez infantil y de personalidad tan atractiva con quien no había forma de aburrirse en una conversación.

    En 1997 me envió una invitación para la presentación de su libro “Mozart detrás de la máscara” en la feria del libro que se celebraba en el Latu. Recuerdo que en su exposición expresó un sentido dolor por el reciente fallecimiento de su amada madre, a quien siempre llamó “mamá”. Desde entonces nuestros encuentros fueron más frecuentes y casi siempre nocturnos. Compartimos largas noches junto con mi querido amigo Rafael Porzecanski y con mis hermanos melómanos Claudio y Saskia, a quien Lincoln consideraba una “hermana en la música” en referencia a las maratones de ópera que disfrutaron juntos. Vi pasar por su casa un interminable y variopinto desfile de familiares y amigos, entre los que siempre se destacó la presencia de la juventud, vitamina fundamental en la vida de Lincoln, personificada por sus alumnos del PRE/U. Guitarreadas, truco, ajedrez, ópera, cine, historia, política, literatura, eran algunas de las actividades o temas de conversación que más se frecuentaban en aquel manantial de conocimiento que era la casa de Lincoln, de donde uno salía no antes de las siete de la mañana con el tanque lleno en el espíritu. Siempre en clima de hermandad, siempre llevando Lincoln la voz cantante con ese registro formidable de bajo-barítono tan musical que tenía, ya sea para cantar tangos y habaneras, para recitar cualquier poema de memoria o simplemente para oírlo hablar con su pasión característica; y desde luego siempre con un espontáneo y maravilloso sentido del humor mezclado con boca sucia que hacía imposible no tentarse ante sus salidas, expresiones, y también calenturas. La economía, profesión en la que me formé, nunca fue santa de su devoción. Con todo, me honra haber colaborado en algunos pasajes sobre situación económica de su magnífica obra “Orientales”.

    Con la partida de Lincoln los que lo conocimos perdimos un amigo y eso duele mucho. Pero también duele la sensación de que perdió el país entero una de sus figuras más ilustradas, un hombre renacentista de esos que lamentablemente están en vías de extinción. Por suerte seguirá acompañándonos gracias al legado que dejó en libros y prensa (también en un disco de canciones muy íntimo que grabó al cumplir 70 años, siendo que la música era su principal pasión) y podrá seguir formando mejores personas gracias a sus lecturas. Este legado nos hace sentir agradecidos con Lincoln Maiztegui, sin duda uno de los seres más generosos, sensibles y de elevado espíritu que he conocido.

    Ec. Marcelo Sibille

    CI 1.892.943-2