N° 1981 - 09 al 15 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo hay demasiadas variaciones en los velorios —un cadáver, familiares, conocidos que se acercan a dar el pésame, olor a flores encerradas—, pero cuando las hay, son variaciones sustanciales, operísticas, extraordinarias. La anécdota me la contó un amigo. Resulta que una persona —dentro de la categoría de allegados a los familiares del difunto— hace su entrada en la sala velatoria donde está el cajón y, rodeándolo, los deudos más cercanos. Como es lógico, impera un considerable silencio, apenas interrumpido por el moderadísimo frufrú de los abrazos apretados que dan los visitantes a quienes sufrieron la pérdida. En semejante ámbito de congoja y colores oscuros suena el celular del recién llegado. En su desesperación por dar con el aparato y silenciarlo, intenta una rápida maniobra que debe sortear varios obstáculos: una bufanda, una campera con cierre, una fila de botones y un bolsillo, todo bien apretado y sellado. La bufanda ofrece la resistencia de una marea embravecida, el cierre impone una rebeldía imprevista de las que solo se activan con la emergencia de los apuros, e incluso los botones colaboran con un asqueroso grado de dificultad. El recién llegado es, él mismo, una campana viviente, una horrenda caja musical atrapada en el fondo de un paquete de ropa. Ha roto el silencio reinante y concentra todas las miradas. Cuando su mano finalmente alcanza el molesto celular, allá, en el fondo de un bolsillo esquivo, lo intenta retirar con un movimiento brusco. La suma de hilos y pelotillas que han crecido en un cavernoso rincón, la venganza de una vieja costura, la trama agridulce de la vida o el puto azar, hacen que la mano se tranque en algún punto del trayecto y el celular salga despedido por los aires y caiga en el interior del ataúd, ahí mismo, donde descansa el muerto. ¿Importa si le pegó en la frente, si aterrizó en su pecho, si seguía sonando o si se escurrió por un costado y debió ser rescatado del cajón con tanteos a ciegas? Sí, es un golpe de efecto importante que debería ser captado con el detalle de un primer plano, pero no desmerezcamos el interminable vía crucis, el camino de la vergüenza (permiso, permiso, permisito) que tuvo que recorrer el recién llegado para reunirse con el aparato.