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    Lo bueno y lo malo de la revolución 4.0

    N° 2022 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2019

    La llamada revolución 4.0 va a ser mucho más drástica y exponencial que las anteriores revoluciones industriales conocidas. Ni la máquina a vapor, ni la producción en línea, ni las computadoras personales o Internet se imaginan lo que será unir la robótica, con el bigdata accesible desde la nube y aterrizado en la producción de cualquier bien y servicio.

    Todas las tareas rutinarias que conocemos hoy serán sustituidas. No importa si se trata de un cajero de supermercado o un contador público que liquida impuestos. La tarea no será eliminada, pero sí el puesto de trabajo del humano que hoy la hace. No hay vuelta atrás.

    La decisión no la tomará un empresario avaro y ambicioso; la tomaremos los clientes avaros y ambiciosos. Y cuanto más pobres seamos los consumidores, más avaros y ambiciosos nos volveremos: necesitamos ahorrar cada centavo y ambicionamos ganar más dinero y tiempo personal. Y eso nos lo brinda la revolución 4.0, no la revolución marxista, ni el sindicalismo, ni la legislación laboral.

    Veremos cómo las fábricas que otrora se fueron a China, India o Pakistán en busca de bajar costos por la mano de obra barata, volverán a instalarse en los países donde haya consumo, pero no en forma de grandes complejos industriales, sino a través de impresoras 3D, donde cada uno podrá imprimirse una pieza, un repuesto, un adorno o hasta confeccionarse un traje a medida y a distancia. China ya no será tanto la fábrica del mundo, porque será tan barato producir en Brasil como en Francia, Estados Unidos o Senegal.

    Los hogares consumirán mucha menos agua y energía, no necesitando estar conectados a una costosa red de electricidad porque la energía solar será cada vez más fácil y barata de captar y almacenar. Las grandes empresas eléctricas monopólicas tienen sus días contados.

    La domótica (automatizar y robotizar los hogares) ya está entre nosotros con cámaras de seguridad, Internet de las cosas, aspiradoras que trabajan solas (Roomba), y todo esto será cada vez más eficiente y accesible.

    La producción de alimentos sanos y naturales también tendrá su explosión. Los productos orgánicos irán sustituyendo a los transgénicos y los campos serán cuidados por sensores, robots y tractores que se conducen solos. Habrá alimento bueno y barato para todos.

    Todas estas bondades tienen su contrapartida: se van a destruir millones de puestos de trabajo. Todas las “conquistas laborales” de las que se enorgullecen sindicalistas y socialistas del mundo entero, quedarán como cucardas colgadas en la pared, porque los trabajadores también quedarán colgados. Nadie contratará un contador para liquidar un impuesto que liquida a la perfección un algoritmo. Nadie pagará por un chofer cuando un vehículo sin chofer me lleve a destino en forma segura y barata.

    Entonces, ¿qué haremos los humanos? ¿Moriremos de hambre por no poder producir ingresos? ¿Solo se salvará una casta privilegiada de seres pensantes, inteligentes y emprendedores, mientras las masas vuelven a la época de las cavernas? ¿Recibiremos todos un ingreso universal aún cuando no trabajemos para obtenerlo? ¿En qué dedicaremos nuestro tiempo ocioso: en elevar el espíritu con el arte, la literatura o la creatividad, o nos llenaremos de vicios y malos hábitos sociales?

    Todo esto que parece ciencia ficción, está a la vuelta de la esquina. Pero por estas latitudes nadie está planteando estos temas. Y cuando lleguen, con la absurda legislación laboral que tenemos, con los impuestos que tenemos y con la educación que tenemos, en vez de potenciar el orden que trae la ciencia, caeremos en el más absoluto caos. Pero de esto hablaremos la semana que viene.

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