Nº 2098 - 19 al 25 de Noviembre de 2020
Nº 2098 - 19 al 25 de Noviembre de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Cuál es la situación del filósofo en los vendavales de la historia cuando toda duda, toda crítica, toda interpelación profunda son arrasadas por el furor de las intransigencias maximalistas, por la violenta turba de los fanatismos, del desprecio y del olvido? ¿Qué solar podría albergar a la filosofía en medio de la absoluta devastación, en el trágico y oscuro silencio de la tierra baldía?
La preocupación se la plantea Heidegger en 1939, según lo testimonia en las Reflexiones XII-XV de sus Cuadernos negros (Editorial Trotta, que distribuye Gussi)) y lo señala con un aforismo que debería ser grabado en la estrellas para que nadie lo olvide, porque es actual en todas las épocas; también en esta que nos ha tocado en suerte: “Lo grave no es que no se piense, sino que no se eche de menos el que no se piense”.
En la circunstancia filosófica nos vinculamos con la realidad última a partir del pensamiento exigente, sin condescendencias, a partir de una voluntad de conocer que en realidad es una orgullosa salida a la intemperie por simple aligeramiento de excrecencias teóricas, de báculos que nos hacen dar vueltas en círculos solo para convalidar la necesidad de que nos sirvamos de ellos. Pensar, nos va a repetir Heidegger, es interrogar por el ser, ir a la fuente originaria, que es la que propone precisamente la pregunta; desde allí se vierte el camino que hemos de recorrer. Hay, sin embargo, un obstáculo no menor en este proceso que como tal aumenta en las situaciones de crisis, que se alimenta de las tormentas, del miedo, de las distracciones, del trueno, de la banalidad, a saber: el ademán o simulacro del pensar, un parecido al pensar que no es el pensar, que es la filosofía siendo tomada por la técnica. Para que se entienda: el pensar acerca de algo es importante, pero eso no es el acto de filosofar. El acto de filosofar tal como lo postula Heidegger es necesariamente un acto de apertura. El pensador es el que está todo él, como existente, el que se atreve y padece en esa apertura; el gesto tradicional de las escuelas filosóficas, como bien las caracterizó Nietzsche, trata, recorta y tienta franjas que bocetan líneas de una realidad que nunca consigue ser provocada por el acto de pensar.
Ruego no confundirnos: no se trata de menoscabar la historia de la filosofía, sino de encuadrar los puntos en los que realmente ha logrado ir más allá del perímetro del manejo puramente teorético. Sin duda que enfrentarnos reflexivamente algunos temas —las condiciones del conocimiento, el bien y el mal, el destino, la existencia futura, la existencia pasada, el lugar del hombre en la sociedad o en el cosmos—, es necesario, es interesante, posiblemente revelador; mucha filosofía ha tratado esos y otros asuntos con vigor, con disciplina y muchas veces con asombrosa originalidad. Pero filosofar —y ahí está de pie toda la grata heredad de la historia de la filosofía para demostrarlo, desde Platón y Aristóteles a Scot Erígena y Santo Tomás de Aquino, desde Parménides y Heráclito a Descartes, Kant, Hegel, Nietzsche o Kierkegaard— implica ir un paso largo más allá, supone trascender el manejo especulativo del sujeto acerca de objetos y abrir un campo en el que se habita, desde el que se crece.
En estas Reflexiones Heidegger opone el acto de reflexionar a la actitud de pensar. Y por eso, cuando echa de menos que no se piense y que eso no duela, quiere implicar que aun cuando se reflexione, aun cuando parezca que hay actividad en el gabinete de la filosofía, no es así; lo que hay es merodeo, huida bajo la forma de desviación o superficialidad. No quiero decir, y Heidegger tampoco lo insinúa, que ello nos sea importante; pero no deja de ser una actividad técnica, porque el pensar en este sentido acerca de algo, es decir, reflexionar y vincular ideas y conceptos reduce el pensamiento a la relación con el objeto, lo cierra a toda apertura. Filosofar es empezar de nuevo cada vez; por eso él, en el décimo apartado de la Reflexión XII se concentra en distinguir el acto de reflexionar y la condición de ser un pensador.
Esta indagación la emprende en un momento en el que, radiado de toda faena académica, se libera de la opresión ambiente y se encierra en la decente soledad de su cabaña, donde escribe para sí, en esa suerte de incesante diario personal filosófico: “Reflexionar y ser un pensador siguen siendo cosas distintas, pero esta diferencia se le oculta justamente a esa reflexión que solo conoce el pensador como pensante, como alguien que realiza la tarea de pensar”.