Nº 2115 - 18 al 24 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara entender el debate del bien hay que seguir de cerca, entre otros autores, a Guillermo de Ockham, quien afirma que la virtud moral no es suficiente por sí misma para la salvación y propone separar la opción individual o metafísica de la opción civil. La salvación vinculada a un sistema de creencias es un asunto íntimo, personal, intransferible, que tiene que ver con las convicciones de quien cree. En cambio, la virtud moral tiene que ver con el mundo y la relación del hombre con sus semejantes. Adelantándose a ciertos extremos del laicismo, Guillermo de Ockham dice que el asunto de la salvación no debería entrar en la discusión de la ética. La salvación, según este pensador, requiere no solamente virtud —lo opuesto de lo cual es el vicio moral— sino además mérito, que es lo opuesto al pecado. La antípoda de la virtud es el vicio moral, la inversión del mérito es la tenacidad, la resistencia en el desvío, en la debilidad, el puro el pecado. El camino de la salvación tiene que ver con lo moral y también con algo que, en su opinión, es incorrecto circunscribirlo de manera excluyente en la moral. Por su parte el mérito, postula, sí que requiere de ese don gratuito y generoso que es la gracia. Su teoría harto controversial para su época y ambiente consiste en establecer que no hay una conexión necesaria entre la bondad moral y la salvación; sostiene que Dios no nos debe nada, no importa lo que hagamos. A los lectores de hoy este supuesto nos conduce a Dovstoievsky: si Dios no existiera, ¿estaría todo permitido?
El tema desveló desde temprano a Ockham, que escribió un ensayo de juventud acerca de las conexiones de las virtudes, donde distingue cinco etapas o grados de la virtud moral que han sido tema de considerable explicación en la tradición literaria. La primera y más baja etapa, sostiene, se encuentra cuando alguien desea actuar de acuerdo con la razón correcta, esto es, actuar según lo que es correcto. En cada lugar, se define qué es lo correcto, y cualquiera sea la respuesta, eso es un dimanante de la acción. Tal es el peldaño más bajo de la virtud. La segunda etapa agrega lo que podemos llamar la seriedad moral a la imagen: se está dispuesto a actuar de acuerdo con la razón justa, incluso frente a consideraciones contrarias, incluso, si es necesario, a costa de la muerte. En el primer caso, es lógico, es porque simplemente es correcto, en el segundo caso es por otro elemento, es por la justicia: pasamos de lo correcto a lo justo. Cuando ingresamos en el terreno de lo justo, interviene un elemento de mayor entrega que respecto de lo correcto.
Para Guillermo de Ockham la tercera etapa agrega cierta exclusividad a la motivación; uno actúa de cierta manera solo porque la razón justa lo requiere, es decir que no basta con querer actuar de acuerdo con la justa razón, ni siquiera heroicamente, si uno lo hace sobre la base de motivos ajenos y no morales. Kant dice que hay que actuar conforme al deber. Ockham expresa que no alcanza con que el acto sea justo, debe ser además bueno. Hay una inclinación, una realidad ontológica que tiene que ser intrínsecamente buena. La motivación es la justicia, y se persigue la justicia porque se busca el bien; lo que quiere significar es que hay una identidad con el bien, donde se abarca ya una razón más íntima y poco a poco se va produciendo un acto de mayor personalización, de afinamiento único del individuo; hay un ahondamiento que produce identidad. Y así, entonces, la cuarta etapa de la virtud moral es querer actuar de manera virtuosa por amor a Dios. Esta es la única verdadera y perfecta moral de la que hablan los santos, que está fundada en la entrega y en la fe, que son elementos supremos de identidad, porque nosotros podemos observar qué es lo que es o no es correcto, pero la fe es personal e intransferible, es la palabra de Dios al alma.
La quinta etapa, dice el filósofo, es una suerte de combinación de la segunda, tercera y de la cuarta etapa, porque tiene que ver con el compromiso y con la consagración total, con afrontar de modo resuelto la voluntad del bien.