N° 1970 - 24 al 30 de Mayo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPor seca, por indigente la época que nos tocó en suerte es cruel, despiadada. La auguró (temió) Nietzsche, cuando habló del crecimiento del desierto, algo que iría viniendo, como vino, por todas partes, deslizándose por los rincones, atravesando hendijas, horadando muros, enmudeciendo. Con rudo sarcasmo el problema de los efectos de esta muerte lenta de todo lo noble, de todo lo verdadero, de todo lo creativo y libre lo plantea Heidegger: “Una prueba: a ver quién puede soportar la incesante degradación de todo lo inicial y original sin rebajarse por su parte; a ver quién puede quedarse mirando el vaciamiento, la superficialización de todo lo nuclear y denso sin convertirse en un maestro de la trivialidad”.
Es buena la deplorable imagen: terminamos siendo maestros en el arte de lo superfluo, sabios de lo inútil, artífices de lo vacuo, idóneos en el complejo oficio de la distracción, de lo innecesario y de lo consabido; no imaginamos que detrás de la ventana haya otro mundo que no sea el de este encierro al que también, por ahorro de energía, irresponsablemente llamamos mundo. En sus Cuadernos negros 1931-1939 (Editorial Trota, que distribuye Gussi) nos propone Heidegger algunas líneas reflexivas sobre esta situación que desesperó a Nietzsche, que la literatura recogió en el siglo XX bajo las rúbricas de Kafka, de Joyce, de Virginia Woolf y en los dos pobres lunáticos que vanamente, en la nada que es toda la redondez de la tierra, esperan a Godot; algo que la música materializó en los increíbles desfibramientos de la Tercera Sinfonía de Mahler y en las últimas, infinitas frases del Parsifal de Wagner.
Lo que Heidegger dice allí es que ha tocado la hora de comenzar; que la apertura es posible. El reto consiste en sortear la trampa de la quietud o del movimiento en círculos, que es lo mismo. En eso ha estado la filosofía, y no ha permitido nada; o mejor dicho: sí, ha generado la corriente de conformidad de conceptos, merodeos en torno a la cosa, desvíos, pero no camino al centro, sino hacia ninguna parte, puras tautologías. Hay que volver a la existencia como fuente; el cisne es cisne por la cisnidad que lo define; al igual que la rata y su ratidad y la piedra y la flor y la mariposa y los ocasos y tantas otras cosas. Pero el hombre, ¡ah!, el hombre es toda otra dimensión; no es hombre, es existencia, es dasein, lo que está ahí, aquello que está siendo, aquello que no está terminado, que está atravesado por el tiempo, herido de futuridad, lo posible, lo abierto; esencialmente lo precario por oposición a lo fijo, a lo definitivo; lo abierto.
Copio un fragmento de la página 125: “La verdadera dimensión de presente que tiene la existencia no consiste en andar perdido por lo actual ni en los trajines de la situación presente, sino en experimentar la más íntima precariedad. Pues, por sí misma, la precariedad tiende hacia adelante, trasladándonos con eso a la plena extensión de toda la temporalidad. Es en la precariedad donde arraiga la futuridad de la intervención; es en ella donde, mediante la auténtica transmisión en forma de tradición, nos acomete el campar de lo que ha sido. A una búsqueda de la voluntad de la existencia, la misión de la existencia solo se le vuelve presente en su precariedad y para ella. Por eso, esta voluntad, en cuanto que búsqueda, es el querer saber más forzoso y originalmente más necesario, y en cuanto tal es ya el saber esencial. La verdadera constancia de la existencia consiste en perseverar en la búsqueda a la lumbre del fogón de la dignidad que tiene el ser que preguntemos por él. Pero para concebir verdaderamente todo esto, es decir, para experimentarlo, se exige el nivel superior —o el más profundo— de una renovada meditación sobre sí mismo; no falsear lo que lo actual tiene de situacional tomándolo como la verdad por antonomasia; ni persuadirse de que no hace falta aprender nada más… porque en el fondo no se quiere aprender más. Pues faltan las capacidades para eso, y confesándose esto uno se convertiría en mera transición renunciando al autoenaltecimiento”.
El concepto de precariedad inevitablemente se asocia a la situación de intemperie, a la realidad de la apertura, a lo que habitualmente acostumbramos, sin mucha consciencia, a llamar libertad. Ser es posibilidad de ser.