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    Lo que se pierde en la tarde

    Columnista de Búsqueda

    N° 1866 - 12 al 18 de Mayo de 2016

    A su regreso del exilio europeo que le consumió buena parte de la adolescencia, el joven Jorge Luis Borges fue fulminado por Buenos Aires y nunca más pudo reponerse de esa cruel y deliciosa simbiosis que lo llevó a vivir su vida a través de las tardes y de las noches que poblaron su soledad. Buenos Aires, y además ciertas mujeres que fatalmente fue acumulando como pérdidas.

    Una de ellas, apenas una ininteligible relación de iniciales, seguramente mentirosas, le inspiró la curiosa composición Sábados, que en cualquier otro poeta podría denominarse poema de amor y que en Borges es meditación acerca de lo implacable que puede ser el destino cuando decide abofetear a alguno de sus más dóciles servidores. La pieza se compone de cuatro estrofas irregulares y comienza con una enumeración del contexto en el que se desgarrará el discurso; por un lado la inevitable declaración cósmica, refiriendo el ocaso: “Alhaja oscura engastada en el tiempo”; enseguida el horizonte auditivo: “La tarde calla o canta./ Alguien descrucifica los anhelos/ clavados en el piano”. Termina la estrofa con el eje de subyugación del yo lírico: “Siempre, la multitud de tu hermosura”.

    Esa cualidad será la única que podrá registrar como ganancia, y por contraste será toda una acusación, un desaliento, como se ve en el inicio de la segunda parte: “A despecho de tu desamor/ tu hermosura/ prodiga su milagro por el tiempo”. Es esta estrofa el centro sobre el que confluyen todas las fuerzas desatadas en el resto de la composición y está organizada en cuatro oraciones, la primera de las cuales es esa doliente comprobación que marcará, como la obertura en una ópera, el contenido melódico, el tono y la realidad de lo que hay para decir. La siguiente es toda una rendición, más que meramente, como luce, una descripción; en verdad, es una descripción que acusa: “Está en ti la ventura/ como la primavera en la hoja nueva”.

    El mentado desamor y la certeza de la imposibilidad ante una situación pletórica de fantásticas posibilidades engendra una suerte de reducción en el yo lírico, absolutamente subordinado a lo que sabe que no es, que nunca podrá ser: “Ya casi no soy nadie,/ soy tan solo ese anhelo/ que se pierde en la tarde.” Veamos las dos cláusulas, por su orden. La primera plantea el problema de la identidad vinculada a la situación, al momento; el primer adverbio, el temporal, es el que informa acerca de ese punto al que se ha llegado. El otro adverbio, “casi”, tiene un carácter cuantificador, habla de que prácticamente la totalidad del ser ha quedado pulverizada, porque la relativización de la contundente declaración “no soy nadie” apenas se matiza; en este contexto, “casi” es igual a todo o igual a nada. Se comprende mejor el detalle fuertemente connotativo de esta cláusula, en la siguiente. Aquello que era y que casi no soy se ha transfigurado por un ser que hasta el momento no era el que era, y lo ha hecho de un modo ahora sí absoluto: el adverbio modal, “tan solo”, indica que no hay otro ser que el atrapado por el deseo, por la vocación de ir hacia lo amado, de tenerlo, de explayarse en su esencia. El complemento de la oración sella el fracaso, hace notorio la naturaleza quimérica de la expectación, de la posibilidad de entrega: el anhelo no solamente no tiene destino sino que correrá la suerte de lo fugaz, quedará diluido en el tiempo, cuyas luces se van apagando. Por eso la estrofa se cierra con una descripción resignada y lúcida: “En ti está la delicia/ como está la crueldad en las espadas”.

    De las dos estrofas siguientes sobreviven, invictos e insolentes, cuatro versos; siendo los dos primeros una respuesta a lo que hemos visto recién, donde el ser del yo lírico agonizaba en el poniente: “Sobrevive a la tarde/ la blancura gloriosa de tu carne”. Y a continuación se despacha con el cierre o suma de todo lo que ha ido estableciendo: “En nuestro amor hay una pena/ que se parece al alma”. La analogía es terrible: atribuye a la pena de lo que vive solo y cree vivir con el otro, nada menos que eternidad, simpleza, pureza, inexorabilidad. El alma es lo que permanece cuando todo se pierde. El alma, si fuera una pena, sería más que una sombra. Sería un infierno. Un rincón. Un espejo.

    Hacia 1969 Borges escribió que cuando compuso en 1923 el libro que aloja a este poema “buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha”.

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