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    miércoles 12 de junio de 2024

    Loor al leer*

    Nº 2274 - 2 al 8 de Mayo de 2024

    No podría decir qué importancia tienen los libros en la vida porque no sé imaginar la vida sin libros: siempre estuvieron ahí. Cuando me mudé de país dejé toda mi biblioteca física en Montevideo y juré no atarme a otra, como quien promete no volver a casarse o a adoptar otro perro, pero acá estoy un par de años después, con demasiados estantes llenos y sin contar los que se amontonan en el lector electrónico.

    Hoy, mientras escribo, es el Día Internacional del Libro. Me acuerdo de mis primeras páginas, me veo a mí misma esforzándome sobre un texto en la escuela, encadenando una sílaba con la otra, después, una palabra con la siguiente. El trabajo requería un esfuerzo enorme y el resultado (un significado, una historia) era un triunfo. En algún momento tuve una revelación: podía decodificar todas las letras, leer todas las palabras. Eso me llevó a intentarlo en mi casa con otras páginas, que inexorablemente me condujeron a un libro entero que todavía conservo: el viejo ejemplar de Tom Sawyer que había sido de mi madre. Qué importante fue ese momento al que nunca di importancia, la satisfacción de descubrir la palabra escrita como fuente de felicidad.

    La lectura es un hábito, dicen, fomenta la imaginación, la creatividad, mejora los procesos cognitivos y blablablá, pero no se puede adoptar ese hábito si, además y fundamentalmente, leer no da placer. Hace tiempo escuché la historia de un gran lector que estaba confinado (bah, preso) desde hacía muchísimos años; no tenía acceso a libros ni diarios, no tenía absolutamente nada que leer, y un día lo llevaron a la enfermería. El tipo, a pesar del riesgo que corría, ni bien quedó solo se puso a leer todo lo que encontró a tiro, lo que pudo, lo que había: la posología de los medicamentos, las instrucciones de las bolsas de suero, las marcas y las direcciones en las cajas de guantes. Porque leer puede ser una droga dura para la que no hay curación, y cada uno encuentra con qué calmar el vicio.

    Desde chica, desde que firmé el pacto de entrar en una ficción y quedarme a vivir en otras vidas por un tiempo, desde que fui Ismael, desde que fui Kurtz o Emma hasta ahora, que a veces soy Charlie Parker o Lolita o Dorian Grey, desde que fui ellos ya no quise perderme la posibilidad de salir de mí para entrar en otros. Porque leer expande la vida y sus posibilidades, la vuelve infinita.

    Nunca terminaré de agradecer el fervor de mi profe de Literatura, Conrado Rodríguez, que se ponía a recitar la Ilíada con voz de trueno, tanguera y aguardentosa. Se paraba frente a nosotros y nos recitaba “Canta, oh, diosa, la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades a muchas almas valerosas” (lo escribo de memoria después de décadas). En el salón no volaba una mosca, yo contenía la respiración hasta que él respiraba, y nadie, ni los menos interesados en cuestiones literarias, osaban moverse mientras él nos regalaba su actuación de una historia escrita hacía 2.000 años.

    En un mundo que nos agobia con sucesivas crisis, en el que somos piezas de voluntades que no son las nuestras y que afectan cada momento de nuestras vidas, en este eterno combate en el que nos sentimos impotentes, vulnerables, inermes, enojados ante la finitud y nuestra propia insignificancia, leer es un acto lúdico y gozoso que no nos salva pero nos ayuda a sobrevivir, a diversificar las ideas, a ver sus distintos ángulos, a alejarnos de las verdades reveladas y de las soluciones únicas, a dimensionar el pasado y el presente, a encender el discernimiento y apagar el dogma.

    No todo alfabetizado tiene la obligación de volverse un lector habitual. También, yo creo, hay un derecho a elegir no leer y ser dejado en paz. Hace ya bastantes años Victoria Beckham escandalizó a medio mundo cuando confesó que no leía libros, que nunca había leído uno completo y que solo le gustaba hojear revistas de moda. Las críticas llovieron de a miles. Sin embargo, el gusto por la lectura no nace por influencia de los discursos despectivos y autoritarios de los expertos, por los sermones de los vegetarianos de la literatura. Porque hacerlo o no hacerlo son acciones u omisiones insertas en un contexto que no es simple ni es lineal, que no se supera con órdenes morales o bajadas de línea desde el parnaso intelectual.

    La lectura es, además, un derecho humano, y nadie tiene la potestad de limitarlo, de decidir a cuáles textos se debe o no se debe acceder. Ni una dictadura política que los censure ni una dictadura intelectual que los condicione o proscriba. Me siento libre de elegir mis libros, leo recomendaciones que tengo en cuenta o rechazo, a veces arbitrariamente, pero ¿quién dijo que hay que ser democrático o coherente con los gustos literarios? Sé que resta votos y está mal visto criticar a colegas exitosos, pero como no seré candidata a presidenta voy a decir lo que pienso de un par de vacas sagradas: no puedo con Murakami, no soporto las máximas de El Principito, nunca pasé de las 10 primeras páginas de Ulises de Joyce.

    La pasión manda y no tiene objetivos. Disfruto volviendo una y otra vez sobre las estanterías de madera o las carpetas digitales, reencontrándome con libros que son amigos desde siempre y con los nuevos libros que empiezo a conocer, multitud de nombres que me dan felicidad desde aquel comienzo, cuando aprendí a hilar las palabras y no tuve conciencia de la importancia del momento. Porque sin la lectura yo solo sería esta que soy, pero cuando leo soy legión.

    (*) Gracias por prestarme el título, don Savater, mañana se lo devuelvo.