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    domingo 09 de junio de 2024

    Los abusos de la Revolución Industrial

    POR

    Sr. Director:

    Leo con mucho agrado las excelentes columnas de Guillermo Sicardi. Casi imposible discrepar con sus exposiciones. Aunque me parece que le ha errado en una.

    En la del día 27 de abril pasado se despacha con estas afirmaciones: “Los abusos más espantosos en las relaciones laborales no se dieron en la Revolución Industrial (donde vemos fotos de fábricas del 1800 en adelante con condiciones que a nuestros ojos del siglo XXI nos resultan espantosas), sino que se dieron en los regímenes comunistas de Rusia con Stalin”.

    Resulta muy compartible la comparación entre los sistemas socialistas y el capitalismo (así mal denominado porque el nombre correcto es demasiado extenso: sistema de mercado libre y propiedad privada de los medios de producción). Pero lo del paréntesis de Sicardi no es del todo acertado.

    Predomina la imagen tétrica que expone el columnista: los establecimientos industriales de condiciones espantosas del período inicial de la Revolución Industrial. Demostración de los enormes abusos de los empleadores. Aunque se olvidan de mencionar los también espantosos suburbios obreros de los alrededores.

    Todos tenemos en nuestras mentes las terribles descripciones de Charles Dickens, o de Víctor Hugo, o las imágenes que nos aporta la Carmen de Bizet. Versión tan bien cultivada por socialistas de todo tipo.

    Y es cierto: para nuestros ojos eran espantosas.

    ¿Lo eran también para nuestros ancestros?

    Tal vez no lo fueran tanto. Seguramente, no lo eran. Porque, si lo hubieran sido, no tendría explicación razonable el gran movimiento de población que hubo, en aquellos tiempos, desde el campo a las ciudades. Si tan espantosas eran aquellas fábricas y sus suburbios, deberíamos intentar explicarnos cómo se puede llegar a entender aquel movimiento poblacional.

    Y la razón de ser es muy sencilla: en el campo se vivía mucho peor. Y también se moría mucho antes, pues en el medio del campo la gente moría de hambre.

    Lo que se comprende con facilidad si se toma en cuenta la casi nula tasa de capitalización del medio rural. Se sembraba a mano, se cosechaba a brazo, se labraba la tierra con instrumentos de madera o de malos metales. Aparte de la fuerza humana no había otra fuente de energía, salvo los molinos de viento, que los escasos bueyes y burros. Un panorama tétrico. Y una productividad ínfima.

    Qué justifica claramente el éxodo a esos penosos establecimientos fabriles: allí se vivía mejor (o menos peor) que en el campo.

    Es muy bonita la descripción de la zarzuela, que comienza muy atractiva:

    Esta mañana muy tempranico,

    salí del pueblo con el hatico.

    Y como entonces la aurora venía,

    yo la recibía

    cantando como un pajarico.

    Muy amable y atractivo. Pero luego venía la verdad. La dura y amarga realidad:

    Ay, ay, ay,

    qué trabajo nos manda el Señor,

    levantarse y volverse a agachar,

    todo el día a los aires y al sol.

    Ay, ay, ay, ay,

    ten memoria de mí, segador,

    no arrebañes los copos de mies

    que detrás de las hoces voy yo.

    (Coro de Las Espigadoras,

    La rosa del azafrán)

    Y después de ese durísimo trabajo de todo el día, a comer poco y dormir mal. Y a madrugar pronto para volver al suplicio (“la aurora venía”). Se entiende, entonces, que las espantosas fábricas y los suburbios de las ciudades resultaran tan atractivos para aquel campesinado misérrimo. Todo muy bonito de ver en el teatro con las deliciosas melodías de Jacinto Guerrero, pero nada atrayente en la durísima y paupérrima realidad rural de aquellos tiempos.

    Seguramente, aquellas fábricas eran horribles. Pero ofrecían mejores condiciones que el campo. Y también salario, magro, pero más o menos seguro todo el año. Lejos de las escaseces y hambrunas del medio rural.

    Si así contemplamos todo el panorama, comprenderemos que aquello fue un gran progreso. El inicio de la superación de la pobreza y la miseria por el llamado sistema capitalista. El único que, hasta ahora, ha logrado esos resultados. Lo que, obviamente, no se pudo hacer de un día para otro. Eso hubiera sido arte de magia. La realidad es mucho más dura, y fue un proceso que llevó su tiempo. Y se inició en esa forma. Horrible, sí, pero inevitable, dado el punto de partida.

    Así fue que llegamos a métodos de cosecha que no obligan a las mujeres a trabajar de sol a sol detrás de los segadores (que iban a pie y con una guadaña en las manos). Y a operarios que no saben lo que era una hoz, porque cosechan cómodamente sentados en confortables cabinas dotadas de aire acondicionado. Y a fábricas que suelen estar rodeadas por los automóviles de los obreros.

    Hechos incuestionables que los socialistas (los socialistas de todos los partidos, como decía Von Hayek) se obstinan en desconocer. Pese a la contundencia probatoria que nos brinda la realidad.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5

    Cartas al director
    2023-05-03T21:16:00