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    Los arqueros escitas

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2159 - 27 de Enero al 2 de Febrero de 2022

    A Pisístrato la posteridad de los políticos se encargó de calumniarlo; el uso inadecuado del sustantivo infamante (tirano) convenía muy bien a la severidad con la que ejerció los deberes del mando. Fue estricto, es cierto; acaso duro con algunos conspiradores; pero sin su firmeza y lucidez Atenas no habría alcanzado los niveles de prosperidad y las certezas que serían la base del admirado orgullo de las generaciones siguientes.

    Una de las primeras medidas que adoptó al hacerse con el control de Atenas fue tratar con la gente que se dedicaba a parasitar el esfuerzo ajeno, seres que hacían de la pereza una forma de vida. Pisístrato las escarmentó con el peor de los castigos que podían imaginar: los obligó a trabajar bajo amenaza de expulsión. También fue muy cuidadoso con la administración pública; se aseguró de que las oficinas principales del gobierno estuvieran dirigidas por ciudadanos en los que pudiera confiar. De ahí que, fundando una práctica que desde entonces tendrá reflejos de éxtasis entre los políticos, nombró para estos cargos no a los mejores, como sería dable esperar sino a sus familiares directos y seguidores políticos.

    Por estos y otros detalles Aristóteles llega a describirlo más como un ciudadano comprometido y claro que como un tirano. Dice que fue lúcido al advertir cuánto se había dividido Atenas favoreciendo con medidas oportunas y sobrias la estabilidad largamente perdida; y señala algo más: que sus mejores logros los alcanzó no por imposición prepotente de la autoridad, sino casi siempre mediante el consenso de las mayorías. Con todo, no pudo con el genio del oficio y no solo utilizó la legislación popular y las obras públicas para obtener el aprecio y la confianza de los gobernados, sino que también y sin remilgos recurrió con indecente frecuencia al antiguo uso del soborno para asegurarse apoyos. De todos los dirigentes históricos del esplendor ateniense, fue uno de los primeros en darse cuenta de la importancia intrínseca del suministro de alimentos, por eso se expandió especialmente hacia la zona de la Ucrania moderna creando un esquema comercial a través del Helesponto y el Bósforo. También impulsó la producción agrícola en la propia patria disponiendo medidas garantistas, como por ejemplo el nombramiento de una junta de jueces itinerantes con el objeto de garantizar que los agricultores disfrutaran de los mismos derechos que la ciudadanía urbana.

    Con sentido visionario inició también una serie de importantes obras públicas, entre las que destaca la construcción del primer acueducto subterráneo de Atenas para asegurar el suministro de agua de la ciudad en rápido crecimiento; esto también está atestiguado en evidencia arqueológica y todavía se pueden ver vestigios de la formidable obra. También levantó un Propileo (puerta de entrada) grandioso en la Acrópolis, así como un nuevo templo a Zeus Olímpico cerca de la ciudad. Estas acciones mantuvieron felices a los habitantes, pero también significaron de manera incontestable que no podrían rebelarse ya que estando tan ocupados participando en estos ambiciosos proyectos les faltaba tiempo, ocasiones y estímulos para la queja o el ejercicio gimnástico de la política. En pocos años aumentó enormemente la riqueza de la ciudad, que también creció en comercio interno y en la diseminación de sus colonias y vida externa; el impuesto del 10 por ciento con el que gravó todas las actividades creó un Estado fuerte y prestador eficiente de servicios esenciales para que las personas pudieran trabajar y comerciar con mayor seguridad y en un marco de moderada previsibilidad.

    La paz interna y la seguridad, como bienes que redundan en lo económico, fueron objetivos prioritarios de su gestión; para hacer cumplir la ley se sirvió de más 300 esclavos públicos (la mayoría eran arqueros escitas), para componer una muy disuasiva fuerza policial. Esto convirtió a la próspera Atenas en la ciudad más segura de todo el Mundo Antiguo; esa impiadosa formación fue rápidamente tomada como ejemplo por otros países y ciudades. Consideraba Pisístrato que el trabajo y la riqueza sólo eran posibles si se conseguía desterrar el miedo; entendía que la libertad sin paz no era libertad. Por eso, según cuenta Heródoto, instruyó una serie de leyes penales; una de ellas fue pionera en las legislaciones de su índole a lo largo de la historia: distinguió el homicidio involuntario del asesinato deliberado, el carácter primerizo del delincuente del ejercicio canallesco y consuetudinario de la violencia y del robo.

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