N° 1745 - 26 de Diciembre de 2013 al 01 de Enero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn lo que nos ha llegado del tratado sobre la Retórica, recomienda Aristóteles que toda vez que se deba proponer una apología, esto es, un discurso que pretenda honrar la vida y obra de algún personaje, ha de tenerse en cuenta tres tipos de bienes: los bienes del cuerpo, los bienes sociales y, lo más importante, lo bienes del alma. Estos elementos, dice el Maestro, han de participar sin excepción en un encomio, pero el acento debe situarse siempre en lo que compone la esfera del alma, por ser esa la que establece la finalidad de una vida y por lo tanto la que explica las acciones, las palabras y las esperanzas que la han definido.
El instinto, y no por cierto la cultura, llevó a Shakespeare en varias ocasiones a plantear esa rutina de la exposición. Así, los consejos que Polonio da a su hijo Laertes en el muelle, antes de que el joven parta hacia Francia o la semblanza que se traza de Cressida por parte del enamorado Troilo, indican la obediencia a un mandato que en su momento fuera canonizado por Quintiliano y al que tanto Cicerón como Santo Tomás le prestaron caudalosos argumentos. En un pasaje del primer acto de “Rey Lear” tenemos una particularidad: la ponderación y el encarecimiento de un personaje, la enumeración de nobles virtudes y eficientes destrezas está a cargo de sí mismo. Pero no suena mal, no es pavoneo ni alarde; antes bien, como se verá, dramáticamente se agradece y objetivamente se justifica.
El lector tal vez recuerde la escena: Lear, inexplicablemente ofuscado, decide quebrar las normas del amor y de la confianza y deshereda, de sus hijas, a la menor, a Cordelia, a la que más ama y quien lo ama sin reserva y, a diferencia de sus hermanas, sin esperar nada a cambio. El asistente directo y principal colaborar de Lear, el conde de Kent, trata de mostrarle al rey que está cometiendo un error, que es lo más distante de la sensatez ir contra la buena y fiel Cordelia; pero Lear está como tomado por un demonio y lo manda callar; Kent, en nombre de los deberes del buen servicio y de la lealtad, persiste en su posición y apela una y otra vez la decisión; Lear lo amenaza con castigarlo si sigue hablando, considera insolente su intervención.
Pero Kent, conocedor de la fría ambición de las hermanas de Cordelia, y amando y respetando al rey, no puede menos que insistir para evitar el desastre, como quedará de relieve poco tiempo después, de un rey que ha entregado todo y no recibe a cambio sino desprecio y humillación. Por eso carga nuevamente contra el edicto, y el rey, furioso, cumple su equivocada promesa, lo destituye y lo despoja de bienes, de títulos y aun del derecho a permanecer en el reino. Kent, pues, se va; pero no muy lejos. Preocupado por la suerte de su rey, se caracteriza físicamente como un vagabundo y queda en la cercanía del castillo; teme, con buenos motivos, por lo que pudiera ocurrirle al anciano monarca.
Bajo ruinosas vestiduras se le aparece al rey pocos días más tarde y se ofrece para trabajar a su servicio. Lear, que ya no ve muy bien, le pregunta quién es y a qué se dedica; Kent dice que es alguien que recorre los caminos y que tiene vocación de servir: “Mi profesión, en efecto, es lo que aparento; servir fielmente a quien me otorgue su confianza, amar al hombre honrado, conversar con el cuerdo, hablar poco, temer los vanos juicios, combatir cuando la necesidad me obligue y no comer pescado”. Como al rey no le alcanza la respuesta, le exige que ofrezca más señas de identidad, y es entonces que le dice intencionadamente: “En verdad, señor, soy un hombre bueno y honrado, tan pobre como el rey”. Enseguida Lear le pregunta qué puede hacer, qué servicio puede cumplir. Y es aquí donde Shakespeare nos da una muestra de lo que es trazar un perfil según las jerarquías del canon, pues Kent se presenta exclusivamente como alguien con cualidades de conducta que convienen a la función que solicita: “Puedo guardar honestos secretos, correr a pie y a caballo, echar a perder una historia curiosa contándola, y desempeñar cualquier mensaje fácil. Puedo evacuar todos los empleos de que son capaces los hombres ordinarios, y mi primera cualidad es la diligencia”.
Conclusión: es el conjunto de notas que pertenecen a la familia del alma —esto es, lo que tiene que ver con la moral, con los valores, con las costumbres, con el repertorio de creencias hacia el que se encomiendan las acciones—lo que merece destacarse. Fuera de esas notas, no es mucho lo que de interesante se pueda decir de alguien.