Nº 2117 - 8 al 14 de Abril de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl florentino Marsilio Ficino es en parte uno de los responsables del risorggimento del platonismo en el Renacimiento; decía que el conocimiento tiene sus raíces en la forma, no en la materia, que no se produce como resultado de un proceso gradual sino de manera abrupta, como un impacto, como un relámpago. Se debe esto a la singular ubicación del alma en la cadena del ser, en lo que va desde las esencias más puras a la vida material que está situada en el centro de una jerarquía a mitad de camino entre Dios arriba y la materia abajo. Esa posición le otorga al hombre una condición privilegiada, pues lo convierte en responsable de su dignidad y de su singularidad.
La condición de centralidad del alma en la gran cadena del ser es una figura típicamente platónica que nos asegura el honor y orgullo de nuestra identidad, pero también es lo que nos convierte en responsables de la miseria y de la depravación en las que podamos incurrir. Según Ficino el alma está encarcelada en un cuerpo y a veces relegada despectivamente a un rincón por la usurpación de las demandas del cuerpo. Sin embargo, no todo es oscuridad siempre, hay ocasiones en las que el alma, no sin esfuerzo, consigue liberarse de las tiranías a las que la somete el cuerpo y puede mirar hacia arriba y reconocer su verdadera naturaleza. De la razón depende afrontar este reto del modo más adecuado.
Detrás de este concepto está el famoso mito del carro alado que aparece en el diálogo Fedro de Platón, donde se explica que el alma humana es como un auriga de un carro con dos caballos. Un caballo grosero, de patas muy anchas que tiene vocación por el lodo, por chapotear en el barro más vil, por estar siempre en lo villano y en lo fácil y vulgar tira fuertemente hacia abajo, hacia lo peor; el otro caballo, en cambio, tiene alas, es liviano, y apunta hacia el infinito. El alma humana, dice Platón, es el auriga, es el que lleva las riendas de ambos caballos. Hay veces que cede y, cuando cede, se ve envuelta en la vileza, en la materialidad, en lo efímero, en lo grosero. Porque el caballo grosero tira muy fuerte y tiene como buen aliado las debilidades del cuerpo. El caballo de arriba para elevarse solamente requiere que el caballo de abajo no tenga tanta fuerza; por eso los brazos del auriga sufren gravemente este impulso de ir hacia lo superior. El acto de vencer esa resistencia y apuntar hacia lo alto es lo que propone Ficino, quien mostró que el amor de Dios derramado en los humanos y los humanos son un reflejo de lo divino y son inmortales. Cada persona es parte de Dios y tiene respeto y dignidad y vio a Dios como inmanente en la creación demostrando que Dios lo impregna todo, y esto ocurre exclusivamente por la regla del mundo, que es la de Cristo, la regla del amor.
Su condición de disidente al borde o en brazos de la herejía convirtió a Ficino en un vanguardista de ciertos escepticismos y a la vez padre del misticismo ocultista, lo que vuelve bastante confusa su apuesta. Ficino es en parte venerado por algunos sectores de la opinión heterodoxa, pero hay que apuntar que, por ejemplo, creía que Platón obtuvo sus ideas de un legendario mago egipcio, Hermes Trismegistus, cuyo trabajo también tradujo. Sus propios tres libros sobre la vida sugirieron la idea de un alma del mundo que estaba conectada al cuerpo del mundo por medios ocultos. Al igual que los gnósticos de los primeros siglos, este pensador sostenía que, en los seres humanos, una relación similar se mantiene en la medida en que el “cuerpo astral” conecta el cuerpo y el alma. Esta estructura paralela del mundo y los seres humanos es lo que hace posible el avance espiritual, así como la consecución de bienes mundanos, a través de la práctica de la magia.
Para Ficino, los escritos de Platón contenían la clave del conocimiento más importante para el hombre: el conocimiento de sí mismo, es decir, el conocimiento del principio divino e inmortal dentro de sí mismo. Debido a ese devocional brío se hizo merecedor de un largo porvenir, más allá de sus extravagancias de orden teológico, pues aportó lo que se necesitaba en su tiempo: algo de pensamiento crítico que abriera las ventanas de las universidades y de algunas mentes.