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    Los cuatro ídolos

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2138 - 2 al 8 de Setiembre de 2021

    Hace exactamente 401 años, por estas fechas del verano boreal, Francis Bacon produjo con un libro toda la revolución con la que se debe inmortalizar el Renacimiento; me refiero a la consagración formal y existencial del recelo científico, a la actitud de afrontar la realidad desde la observación y la experiencia. El Novum Organum (Editorial Losada) es tan importante en la historia del mundo como la Odisea, como la Metafísica de Aristóteles, como Ser y tiempo, y tan útil y gravitante como haber inventado la rueda, el pan, la Pasión según san Mateo, la penicilina y los Four Quartets de T. S. Eliot. En esa obra Bacon nos dice que el hombre tiene una estrecha relación con las cosas que alguna vez reconoció como correctas o en las que cree, porque está de moda o porque le parecen dignas de aprecio, lo que configura un gran peligro por cuanto implica el riesgo de que percibirá todos los fenómenos desde puntos de vista que confirman la imagen original. Incluso si los hechos que contradicen la imagen o son más numerosos o son más significativos, los negará, los desvanecerá, los discutirá, solo para que su imaginación permanezca intacta. Añádase a esto la fatal inclinación que tenemos a buscar seguridad por cualquier medio y agréguese todavía la tendencia a creer que podemos descubrir leyes y uniformidad en todo lo que existe, a pensar que hay regularidad en el universo y un destino final fácil de ser discernido y tendremos, como tenemos, la fórmula perfecta de la más perfecta compacta oscuridad.

    Explica Bacon que una operación frecuente de esta distracción insensible es poner o quitar datos de la realidad para acomodarla a la creencia que nos domina y de la que estamos embargados, pues la mente humana no es un mero imparcial instrumento, sino que está impregnada de sentimientos en una variedad de formas que a menudo apenas se notan. Por tal razón es más probable que las personas crean en aquello con lo que emocionalmente están comprometidas sin tomarse el trabajo de dar un paso en dirección a la pregunta que no se conforma; no necesitan tratar cruda y honestamente con la realidad dado que habitan sin riesgo y confortablemente en la mera idea a la que confunden e identifican con ese gastado nombre que para entonces nada significa.

    Les llama ídolos Bacon a esas ideas engañosas a las que la gente se entrega dócilmente y establece cuatro familias de estas especies. Una es la que bautiza como los ídolos de la tribu, que son aquellos prejuicios que están arraigados en la naturaleza de la sociedad, esto es, los consensos que funcionan por repetición y arrastre. El hombre bajo este hechizo asume naturalmente que él y su percepción son la medida de todas las cosas. El otro grupo es el de los ídolos de la cueva, vale decir, los prejuicios del individuo, por así decirlo, el punto ciego de su percepción. Cada uno tiene su propia forma de percibir y distorsionar las cosas; todos están influenciados por su educación y cultura, los libros que leen, las personas que admiran; y cada uno tiene su propia forma de lidiar con estas influencias. Por lo tanto, no existe una mente humana universal, todos somos diferentes y desde esa singularidad nos extraviamos y creemos ser la noción media del mundo y no un rincón, como efectivamente somos. Los otros ídolos son los del mercado (por aquello de intercambio), que es el conjunto de malentendidos y los errores de juicio que se remontan al uso descuidado del lenguaje. El lenguaje es lo que la gente usa para comunicarse entre sí; las palabras obtienen su significado habitual a través de una mayoría tácita de votos, precisamente por la forma en que la multitud las usa, en su mayoría de manera inconsciente y natural. Y una tarea tan a menudo tonta amordaza la mente, conduce a disputas y conclusiones sin sentido. Y por último están los ídolos del teatro, que es la crema de los prejuicios porque se engendran en los modos mentales. Como en un escenario, tenemos que filósofos y pensadores, líderes de sectas, políticos y charlatanes aparecen una y otra vez, nos confunden con sus discursos y teorías y siempre nos explican el mundo de nuevo y describen su opinión como la única verdadera. Estas personas pueden tener una influencia considerable no solo en el pensamiento actual, sino también en la percepción del pasado. Su capacidad de daño, dice, no tiene límites.

    El conocimiento nace de la recta comprensión de estas oscuridades.

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