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La noticia del caso de los enfermeros, que, cada uno por su lado, actuando en una suerte de maratón por la muerte, disponían de la vida, desde hace bastante tiempo y en no recordables, por su número, casos, de los enfermos graves que ingresaban a sus infernales cuidados, tiene aturdida a la ciudadanía.
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Descorrido ese velo, se ha desatado una infinidad de denuncias, desmesuradas o incoherentes, posiblemente la gran mayoría, en los medios de comunicación, respecto al destratamiento de los enfermos, que abarcan un amplio espectro de instituciones y profesionales que los desatienden, poniendo en la picota a todo el sistema de salud.
El tema tiene múltiples aristas y de ellas se nutrirá la agenda pública por buen tiempo. No sabemos, a esta altura, si existirán otros casos similares, si saldrán a la luz o no, pues es factible que, a determinada altura, para evitar una conmoción mayor, se convenga en acotar la cuestión.
Pero dejando de lado el desarrollo de esas consecuencias y sus responsables, advierto que subyace una cuestión que resulta ineludible ponerla en claro desde ya: es un síntoma más de que estamos ante una sociedad que entra en riesgo de desfibrarse por la ausencia o carencia de atender a valores esenciales.
Estos homicidas, actuando con métodos diversos, disponían de la vida del semejante a su cuidado, como si el poder que tuvieran sobre ellos no supiera de otro superior. Por lo que se sabe, no había móvil económico, ni cuestiones laborales, ni otros elementos que los condicionaran. La pequeña sociedad uruguaya no puede alumbrar, en simultáneo, sendos y autónomos “asesinos seriales” si no fuera porque ellos, como cientos de otros miles, son fruto del olvido de inculcarles valores esenciales para su desarrollo individual y colectivo.
A la sociedad uruguaya se la bombardea con antivalores. En cambio, no se les transmite claramente —y vaya si cabe en el caso— que el derecho a la vida no es disponible por los particulares, ni siquiera por el Estado. Su respeto debe privilegiarse siempre, sin fisuras, no al más o menos, ni introduciéndole inflexiones. Eso no lo tuvieron claro estas personas, quizás porque creyeron que quienes guían la sociedad tampoco los tenían. O si lo tenían era en sentido contrario a la tutela vital. Y así también con los demás valores que se desprenden de vivir, como ser el integrarse a una familia, que será ayudada y no bombardeada, a tener una educación seria, a un trabajo y vivienda digna, a una salud cuidada, a la seguridad y propiedad de sus cosas, solamente limitadas por el interés general y, al final, por una vejez también cuidada.
Si no damos prevalencia a esos valores, por sobre otras modas de sociedades ya gastadas, seguirán apareciendo monstruosidades de gente que se cree dueños de los límites, porque ni siquiera temen, ya que no quieren, a un Dios.