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    Los enfermeros yla muerte (IV)

    Ante el procesamiento de enfermeros que daban muerte “piadosa” a pacientes terminales (o no en tal condición), envío unas líneas que me surgen al leer las portadas de los diarios del mundo sobre este nuevo hecho, sin duda alguna, desfavorable a Uruguay.

    Ángeles de la muerte o ángeles de la misericordia o de la piedad. No lo sabemos. Sí nos percatamos de que hoy somos noticia internacional ante el escándalo provocado a partir de detectarse muertes inducidas por enfermeros a pacientes terminales. La Justicia (aun en día domingo) los procesó. No le correspondía otro camino.

    El ministro de Salud debió volver de un viaje en el que andaba por el mundo y el ministro del Interior fue entrevistado por la prensa fuertemente.

    Las mutualistas se mostraron espantadas, la oposición se agitó y se quitó algo de modorra, la asociación de enfermeras se reveló en total desacuerdo y se plasmaron todos los actos que los franceses dirían: se deben manejar “comme il faut”, a todos sus efectos. Léase, nada de asustar a nuestros clientes (o pacientes) enfermos, no demos mensaje público que incremente el crimen que ya nos supera por todas partes, hagamos bien los deberes, aprovechemos a darle unos palos al ministro de Salud por comunista, etc., etc.

    No estoy de acuerdo con que enfermeros por su cuenta —no por orden médica— procedan a aplicar los llamados “cocktails” para pacientes terminales por las suyas.

    Ni siquiera pueden de tal forma proceder en Holanda, donde la eutanasia sí lo permite. Menos aún si fuera el caso de esconder en dichos actos personalidades asesinas. Todas posibilidades que aún desconocemos. Estoy a favor de la vida, en este tema y en otros en los que nuestro gobierno no lo estuvo.

    Sin embargo, algo me hace pensar que podría haber correspondido un pequeño tiempo de análisis mayormente profundo y exacto de los procesos comprendidos, antes de salir con tanto envión a los medios internacionales. Nuestra carátula mundial, ya menoscabada en comprobados aspectos, ahora se nutre de estos rótulos.

    Rótulos estos que no hacen bien al país y que cada nación, vecina o distante, usará a su mejor “bien” o “mal entender”.

    Este trofeo de asesino serial lo llevaba públicamente Pablo Gonçálvez en nuestro país, un caso que no recuerdo que provocara este estallido internacional en el momento de ser centro de prensa. En Inglaterra lo portaban Harlod Shipman (el llamado “Doctor Muerte”), con unos 250 pacientes y además el Dr. Adams, con unos 163. En Alemania, Josef Mengüele en Auschwitz, Herta Oberheuser en Ravensbrück y la lista de países no acaba por aquí.

    La literatura no ha dejado fuera el tema. Recordemos: “Arsénico y encaje antiguo” de Kesselring, aquella obra en la cual dos tías solteronas como “ángeles de la misericordia” envenenaban a los ancianitos con vino de saúco en una poción que contenía arsénico, estricnina y cianuro. Tampoco el cine se olvidó de estos casos y pensemos en películas como “Million Dollar Baby”, cargada de Premios Oscar, hace pocos años.

    Más allá de las enfermedades psiquiátricas que a veces encubren estos casos, así como expreso que son escenarios que parecería sensato no arrojar a la divulgación con tanta prisa, no consigo dejar de lado que, al mismo tiempo, no tenemos hoy por hoy condiciones como país para el lanzamiento impetuoso de estos hechos, en uso de una jerga criminalista tan inoportuna.

    ¿Por qué? Porque simplemente nos gobiernan hombres y mujeres que integraron una guerrilla armada para derrocar una democracia o llevarla al extremo en que una dictadura acabara con ella.

    El mundo lo sabe perfectamente.

    La delincuencia y asesinatos diversos desatados e incrementados en los años que vamos transitando últimamente (y que no ceden) podrían estar sobrepasados de ejemplos que acarreen a determinados ciudadanos (menores o mayores de edad) a pensar que aquellos asesinos y secuestradores tupamaros, finalmente, muestran hoy un balance positivo.

    Sí, los propios delincuentes lo han expresado en muchos casos. Asaltantes, asesinos, secuestradores del hoy por hoy, olvidan que los tupamaros debieron introducirse en la democracia para llegar a los objetivos que perseguían inicialmente a “tiro limpio”.

    Ramón Pascasio Báez, aquel peón de estancia que descubre una “tatucera tupamara”, es asesinado por un médico tupamaro (valga la redundancia), que ya utilizaba el método de estos “ángeles misericordiosos”. De hecho, el Dr. Ismael Bassini (o así se informó), aunque no era enfermero sino médico, aplicó como estos “enfermeros asesinos”, no siendo en ese momento ángel de la misericordia, nada menos que una concentración intencionalmente preparada para matarlo, con una sobredosis de pentotal.

    No lo leímos en las más taquilleras tapas de prensa mundiales; fue un hecho más de aquella guerrilla de todos los días.

    Mientras los informativos del lunes 19 nos mostraban al ministro del Interior, Eduardo Bonomi, dando su postura contraria a estos actos, no pude dejar de reflexionar cuán grande será el poder del arrepentimiento en este caso para poder expresarse horrorizado frente a estos hechos. La prensa, si la memoria no me falla, consideró al mismo Eduardo Bonomi (quien hoy defiende a la ciudadanía del delito y asimismo de crímenes o ángeles) como uno de los asesinos del inspector Rodolfo Leoncino.

    No fue el citado asesinato un atentado del estilo que hoy grava a los enfermeros condenados y enviados el 18 de marzo a la cárcel. En el caso antedicho, no se utilizó morfina ni aire, ni tampoco el pentotal del peón de estancia. Fue un tiro por la espalda, mientras el hombre esperaba el ómnibus para regresar a su domicilio. Quizás un atenuante para el asesino, ya que no trascendió fronteras con la violencia de hoy. Quizás porque era uno solo y no 16, ni 50, o una cifra que no se acabará nunca de confirmar.

    Una vez más, me es imposible concluir estos pensamientos en voz alta que envío al semanario Búsqueda sin citar al genio Einstein, puesto que la “Ley de la Relatividad” no es otra cosa que la relación de todas las formas comprendidas desde el punto de vista por el cual se ven.

    María Celia Ferrés

    CI 1.041.549-1