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    Los nuevos fantasmas

    N° 1869 - 02 al 08 de Junio de 2016

    “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar al fantasma”. Así describían a mediados del siglo XIX la situación política en el viejo continente Karl Marx y Frederick Engels en el Manifiesto Comunista. Europa, centro del mundo moderno, vivía el desarrollo de un incipiente capitalismo basado en la explotación del creciente proletariado urbano. En respuesta surgieron sindicatos y partidos que asumieron la defensa de los intereses de los trabajadores procurando mejorar las penosas condiciones en que transcurrían sus vidas y las de sus familias.

    Casi ciento setenta años después, cuando ya colapsaron o rectificaron caminos las naciones que abrazaron la ideología comunista estructurando sociedades y estados con base en ella, otros “fantasmas” agitan el mundo y generan corrientes populistas que despiertan nuevas preocupaciones a ambos lados del Atlántico.

    “Fantasmas” producto de la incertidumbre y la inseguridad generadas por el impacto de la globalización, la incorporación de nuevas tecnologías productivas, así como las tensiones que devienen de nuevas corrientes migratorias, en sociedades multirraciales atemorizadas por las acciones del extremismo religioso.

    Se trata de “cepas” populistas diferentes que responden a situaciones y problemáticas distintas.

    En América Latina, la región con mayor desigualdad en el mundo, la ola populista, hoy en franco declive, pertenece a la familia “progresista”. Encarnada en caudillos más o menos carismáticos, que llegaron al poder por vía de las urnas y en respuesta a gobiernos ineficaces e ineficientes, a privatizaciones que poco o nada ayudaron a mejorar las cosas y, en algunos casos, desplazando a regímenes impopulares y corruptos. Encabezaron gobiernos que impusieron una fuerte presencia del Estado en la economía, que aumentaron la carga tributaria sobre los sectores de mayores ingresos para privilegiar la asistencia a los grupos más desvalidos de la sociedad.

    A su tiempo, y con diferentes énfasis, cada uno de estos populismos fueron exhibiendo su veta autoritaria para aferrarse al poder. Modificaron las instituciones republicanas liberales, se empeñaron en controlar la administración de justicia, los tribunales electorales, en maniatar o someter a la oposición y a la prensa independiente.

    Bajo la sombra de Cuba y los hermanos Castro, el chavismo venezolano lideró el ciclo populista, que contribuyó a expandir en la región gracias a su abultada chequera petrolera. Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y varias naciones del Caribe y las Antillas se fueron sumando al círculo de influencia bolivariano.

    Aunque con características diferentes, el “progresismo” de Brasil y Uruguay, simpatizante también de la dictadura castrista, supo asociarse y respaldar al régimen chavista y a sus compadres bolivarianos.

    El boom de las materias primas y el ingreso de capitales en la última década dieron un fuerte impulso a la región, que logró reducir apreciablemente la pobreza y la indigencia.

    Pero sus economías siguieron dependiendo de la producción y las exportaciones originadas en el sector primario. El fin ahora del ciclo de los altos precios de los commodities deja a la vista los escasos avances logrados para diversificar producción y mercados.

    El desvanecimiento de la ola populista en la región exhibe distintos grados de corrupción de gobernantes que cedieron a tentaciones que antes habían denunciado, de la que también se favorecieron amigos y asociados políticos.

    En el hemisferio norte, a ambos lados del Atlántico, en el “primer mundo”, otras “cepas” de populismo se aprecian en sociedades que enfrentan circunstancias y problemáticas muy diferentes.

    El sorprendente respaldo que está teniendo en las primarias del Partido Republicano, Donald Trump —ideológicamente heterodoxo, políticamente incorrecto, capaz de todo tipo de exabrupto—, o el que recibe Bernie Sanders en filas demócratas —un socialista para la cultura norteamericana— aunque tengan algunos puntos comunes, refiere a populismos de distinto origen. La resistencia que encuentra la candidatura de Hillary Clinton para consolidarse refiere también a un cambio profundo en la sociedad estadounidense. Habla de un severo cuestionamiento al establishment político de Washington producto del descontento, el desasosiego, causado a una clase media golpeada por las consecuencias de la crisis financiera del 2008, de la ruptura del “sueño americano”. Una realidad que deben afrontar las nuevas generaciones, resentidas respecto de la clase política tradicional; que han perdido la convicción de que el futuro será siempre mejor.

    Al otro lado del Atlántico, las dificultades económicas, las tensiones producidas por la ola migratoria, el temor a los ataques del terrorismo islámico, fomentan el euro escepticismo, el populismo nacionalista, xenófobo.

    Por muy escaso margen (49,7%-50,3%), el domingo 22 los austríacos le cerraron el paso a Norbert Hofer, candidato presidencial por el ultranacionalista Partido Popular, que había ganado holgadamente la primera vuelta. Por primera vez en medio siglo, los dos partidos mayoritarios de Austria, socialdemócratas y demócratas cristianos que han ejercido el gobierno durante el último medio siglo, ni siquiera pasaron a la segunda vuelta.

    En Holanda, el ultraderechista Partido de la Libertad (PVV), encabeza todas las encuestas preelectorales superando a liberales y socialdemócratas. En Alemania, el neonazi NPD ha tenido un avance más moderado, pero ha logrado ingresar al Parlamento de algunos estados.

    En Francia, mientras el gobierno socialista de Françoise Hollande enfrenta manifestaciones y paros en sectores estratégicos de la economía contra su proyecto de reforma laboral, las últimas encuestas indican que el ultraderechista Frente Nacional, ahora bajo el liderazgo de Marine Le Pen, pasaría a ser la principal fuerza política del país. En la elección municipal de diciembre 2015 ya fue la mayoría entre los votantes menores de 35 años.

    Afectados por el virus de la corrupción, que sacude incluso a la familia real, España asiste al debilitamiento de sus dos grandes partidos (Popular y Socialista), al surgimiento de nuevas fuerzas, la coalición marxista Unidos Podemos y el moderado Ciudadanos. Mientras, el separatismo catalán prosigue su puja con el resto de la nación.

    En el “primer mundo”, bajo  gobiernos de izquierda, centro o derecha, surgen y prosperan distintas “cepas” de populismo.

    Los populismos de derechas o de izquierdas, se aprovechan de individuos desorientados, nostálgicos del pasado y de sus valores, que se sienten desprotegidos que han visto devaluar sus expectativas de progreso. Individuos menos confiados en sí mismo. Esos son los nuevos “fantasmas” que enfrentan sociedades inestables, confundidas ante cambios que modifican tan profundamente las expectativas de los ciudadanos. Son realidades que no podemos ignorar.