Nº 2120 - 29 de Abril al 5 de Mayo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVenecia estuvo en el centro del comercio mundial, pero por momentos parece que la realidad la rozara sin tocarla. Mientras que a unos la peste los crucificó en el hambre y en la desesperación, a la Serenísima República pareciera que la bendijo. Reconozco que decirlo así es un exabrupto, pero decididamente ocurre que las alteraciones demográficas, que en otros casos fueron signos de fatalidad, en Venecia tienen otro signo.
La peste negra, que se extendió por Europa en 1348, no solo provocó un drástico declive demográfico, sino que perturbó el ritmo de producción y las actividades mercantiles, además de constituir, durante más de tres siglos, una amenaza continua, recurrente y aterradora.?Esa reestructuración demográfica quizás, de un modo oblicuo, fomentó la posibilidad de un nuevo crecimiento económico. Es absolutamente cierto que la pestilencia devolvió a la población europea aproximadamente a su nivel c. 1100; pero, he aquí la paradoja, la peste negra, a diferencia de otras catástrofes, destruyó personas pero no propiedades, y la población atenuada se quedó con todos los recursos de Europa para explotar, recursos mucho más sustanciales en 1347 de lo que habían sido dos siglos y medio antes, cuando se habían creado desde cero.
En el caso que incumbe a Venecia hay variaciones y movimientos que pesan de manera relativa en la historia económica y tienen su origen en las desesperadas pero también contrastadas condiciones sociales. En efecto, hay casos curiosos de los que Venecia es protagonista; así, las brechas demográficas creadas por la plaga de 1348 —pero también por las que reaparecieron periódicamente en 1382, 1397, 1400 y durante el siglo XV— empujaron hacia una mayor apertura respecto de los trabajadores extranjeros. Prueba de ello son los privilegios de ciudadanía otorgados entre finales del siglo XIV y principios del XV, que alcanzaron sus cimas más altas precisamente en ese momento. El ejemplo más claro lo tenemos en el negocio de la lana, que era la nave insignia de la economía del período. La ventaja de los florentinos sobre todos los otros competidores en esta materia está fuera de duda; y se verifica tanto en lo que refiere a la confección del tejido como a la inserción y manejo de los mercados internacionales. Sin embargo, se pudo establecer el fenómeno algo más que curioso de que en el Levante se vendían telas venecianas con orillo “florentino” o telas tejidas en Venecia “a la manera de Florencia”. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que Venecia se estaba aprovechando de las circunstancias y se había propuesto sobrepasar la potencia del famoso Arte di Calimala florentino.
Consecuente con esta realidad y con alguna bien urdida estrategia de ataque a las bases del poder que detentaba Florencia en el rubro, tenemos a los supervisores municipales venecianos (a quienes se delegó la supervisión de la producción de lana, ejercida en primera instancia por los cónsules de los comerciantes) autorizando en 1383 la llegada de cuatro tejedores-empresarios florentinos para, según dijeron, mejorar e incrementar la producción veneciana. Tan acertado fue el cálculo que un siglo después la situación se revertiría, habiendo mejorado la industria lanera veneciana hasta el punto de que se vería a Florencia exportando sus telas “estilo veneciano” a los mercados internacionales. Desde entonces Venecia descubrió que podía convertirse en “hogar del mundo”, ser el país más abierto y cosmopolita de su tiempo. Esta rentable política de bienvenida hacia los artesanos, le permitió introducir conocimientos tecnológicos preciosos y se extendió a las postrimerías del siglo XIV, donde los productores de lana y maestros de orfebrería alemanes, bohemios en el dominio del arte del cristal, y franceses de varias especialidades dejaron su saber y pudieron crecer e incluso enriquecerse. En poco menos de una generación la ciudad estuvo poblada por un alto número de inmigrantes calificados y empezaron a aparecer las asociaciones nacionales que recibían a sus compatriotas (la Gesellschaften alemana, las Compagnonnages francesas) para propiciar empleos y oportunidades a aprendices y trabajadores errantes que querían participar de la prosperidad que ya empezaba a derramar la opulenta urbe donde se hablaban, como en Babel, todas las lenguas del mundo. Recomiendo la lectura de la informada obra de Frederic Lane Venise: une république maritime (Flammarion, 1999), que presenta a Venecia desde sus negocios y proyecciones comerciales.