N° 1661 - 10 al 16 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAristóteles les llamó “topoi”, lugares (l”ieux”, en francés), espacios que según Arnauld y Nicol en la “Lógique de Port-Royal”, son “maestros generales a los que se pueden remitir todas las pruebas de las materias que se trata”. Para ser más claros: son los topoi el punto de encuentro que opera en esa parte de la exposición oratoria que es la invención donde se recaban los argumentos generales, aquellos elementos que son comunes a una cosa, que la identifican. Hay varios tipos de topoi, siendo los centrales los llamados de definición (género/especie); división (parte/todo); relación (causa efecto, antecedente/consecuente, de los contrarios); circunstancia (posible/imposible, pasado/futuro); autoridad (leyes, documentos, máximas). Aristóteles dice que estos lugares son comunes y, por serlo, facilitan la comunicación, economizan explicaciones y permiten avanzar en el entendimiento argumental.
Para los autores de Port-Royal, los topoi o lieux codificados por Aristóteles y apropiados por la tradición latina pueden subsumirse, para su mayor utilidad, en tres grandes campos o materias que son la gramática, la lógica y la metafísica.
Estos lugares permiten argumentar sobre una base podría decirse que conocida, sin que por ello se debilite su eficacia. Así, conciben para el campo de la gramática dos tópicos bien claros: la etimología y las palabras derivadas de la misma raíz, lo que en latín se dio en llamar “conjugata”. “Se argumenta —dicen— mediante la etimología, cuando se dice, por ejemplo, que muchas personas del mundo jamás se entretienen, hablando con toda rectitud; pues entretenerse o divertirse, es desaplicarse de ocupaciones serias, y los que se divierten por el hecho de divertirse no se ocupan jamás de algo serio de lo que desaplicarse”. Respecto de las palabras derivadas de una raíz común, el juego es ilustrativo y resultaría enteramente risueño si no fuera porque también tiene algo de patético; los autores manejan habilidosamente un par de lugares comunes: “¿Qué hay más digno de misericordia que un miserable?” y “¿qué hay más indigno de misericordia que un miserable que además es orgulloso?” (La logique ou l’ art de penser”, Gallimard, Paris, 1992, páginas 221 y 222).
En cuanto a los topoi de la lógica, que en rigor son lo más importantes a los efectos del manual que vienen exponiendo, Arnauld y Nicol se limitan a repetir a Aristóteles, pues afirman que esos topoi son los ya mencionados términos universales (género, especie, etcétera).
En su opinión, es bueno siempre estar advertido de que no todo el tiempo son útiles para la elaboración de juicios adecuados estos topoi, pero sí son absolutamente imprescindibles para la comunicación; si una virtud tienen los lugares comunes es precisamente su universalidad, esa muy exquisita cualidad de resultar familiar en todo tiempo y lugar. Si la idea es comprender y hacerse entender, el lugar común siempre, como ellos enseñan, tiene que ser de la partida.
Respecto a los topoi que adscriben a la metafísica, el lector de Aristóteles se encontrará discurriendo en calles bien conocidas: refieren a las causas (las cuatro que explican todos los modos del ser), los efectos, el todo, las partes. Al culminar este capítulo, los autores se desentienden de los abusos de esta cuestión y quieren tomar distancia; confiesan que incluyeron el tema porque forma parte de la agenda de la lógica, no porque le reconozcan utilidad. Afirman que si alguien se interesa por este asunto, que no intente con los “Tópicos” de Aristóteles, que es un texto “extrañamente oscuro”. Y que pruebe, en cambio, con la primera parte de la Retórica. Pero aclaran, y con esta humorada rematan el capítulo: si alguien quiere conocer realmente la realidad y buscar la verdad, ninguno de estos caminos es idóneo.
Hay en esta Lógica de Port-Royal, como se ve, no solamente erudición y buen sentido didáctico, sino también espíritu crítico y ánimo festivo. A la vista de estos jardines no cuesta imaginar cuán gratas deben haber sido aquellas clases de Arnauld y de Nicol a las que las autoridades de la época negaron explícitamente el estatuto universitario. Este libro, con ser magnífico, estoy seguro de que no es más una anémica copia de aquel fermento.