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    Maldita derecha, maldita izquierda

    N° 2061 - 27 de Febrero al 04 de Marzo de 2020

    La izquierda y la derecha son categorías políticas que hoy no ayudan a la salud del sistema democrático. Las confusiones y acusaciones cruzadas alrededor de estos términos son tantas que el mero hecho de ordenarlas tiene un valor en sí mismo, aunque quede en el tintero la tarea crucial de producir nuevos conceptos políticos para los desafíos del siglo XXI.

    Primera confusión: progresistas (izquierda) versus conservadores (derecha). Desde el punto de vista teórico, ya Hannah Arendt en 1970 se había dado cuenta del embrollo de esta distinción. Lo dice así en La desobediencia civil:

    “Difícilmente podría decirse que el apetito de cambio que el hombre experimenta haya cancelado su necesidad de estabilidad. Es bien sabido que el más radical de los revolucionarios se tornará conservador al día siguiente de la revolución. Es obvio que ni la capacidad del hombre para el cambio ni su capacidad para la preservación son ilimitadas, la primera está limitada por la extensión del pasado en el presente –nadie comienza de cero– y la segunda por la imprevisibilidad del futuro. El ansia del hombre por el cambio y su necesidad de estabilidad se han equilibrado y refrenado siempre y nuestro lenguaje actual, que distingue entre dos facciones, los progresistas y los conservadores, denota una situación en la que este equilibro se ha descompuesto”.

    La consecuencia de que se haya descompuesto el equilibrio es la constante pérdida de tiempo y energía que los políticos tienen que hacer para desmarcarse de esas categorías que los encorsetan y asfixian. Los llamados progresistas explican que quieren mantener el orden y los equilibrios macro a pesar de tener una agenda nueva. Los llamados conservadores explican que quieren suscitar cambios estructurales en diversas áreas, a pesar de tener una visión clásica de la sociedad. Tiempo político perdido en ambos casos. En todos habita un progresista y un conservador.

    Segunda confusión: solidarios versus egoístas. De una parte los que se preocupan por el prójimo, de la otra los que se preocupan solo de sí mismos. Esta dicotomía es hoy caricaturesca y abonarla es un pésimo modo de hacer política. El problema es que arrastra el hecho histórico de grandes masas que quedaban fuera del acceso al poder. Uno podría pensar en la época feudal, o en la época de la colonia, o durante la esclavitud, o cuando la mujer tenía negado el voto, quizás allí se podría defender el egoísmo de los que gobernaban, pero de ahí a inferir que los que quedaban fuera eran los solidarios... hay un error conceptual que se paga todos los días. Tiempo político perdido. En todos habita un solidario y un egoísta.

    Tercera confusión: idealistas versus realistas. Fuego cruzado entre los que se jactan de ser pragmáticos y administrar y los que se jactan de tener ideas previas a la gestión. Decir que la política tiene que ser pragmática es como decir que en el fútbol hay que hacer goles. Decir que la administración es algo ajeno a las ideas es negar el modo en que los seres humanos construyen relatos desde tiempos inmemoriales. Aquello que hacemos es siempre algo más que lo que hacemos: ese plus de significado son las ideas, implícitas o explícitas, que están en las acciones que realizamos, aunque no siempre seamos conscientes de ello. En todos habita un idealista y un realista.

    Cuarta confusión: tradicionalistas versus innovadores. Otra vez acusaciones cruzadas. Desde la izquierda se tilda de tradicionalistas a los de derecha, que responden que no, que ellos son los innovadores y los de izquierda los tradicionalistas que siguen esperando todo del Estado. Los izquierdistas responden que no, que ellos innovan y descreen de lo tradicional. A veces esta confusión tiene su variante en la noción de identidad, entre los que creen que esta es sinónimo de tradiciones y preservar el patrimonio y los que creen que los cambios son intrínsecos a la identidad. Los de derecha e izquierda están en ambos lados del mostrador, por lo tanto, tiempo político perdido mirarlos desde ahí. En todos habita un tradicionalista y un innovador.

    Quinta confusión: humildes versus poderosos. Esta es la más escabrosa porque da en el meollo que engloba a todas las demás: el asunto del poder. Dos digresiones para explicarla. La primera: un viejo artículo de prensa que leí sobre el Che y Fidel. Allí aprendí algo: lo del Che fue más fácil que lo de Fidel. Había que quedarse en Cuba a hacerse cargo de la revolución. Y eso lo hizo Castro y no Guevara. Los millones de remeras y tatuajes del Che omiten el dato clave de que la política es gestión del poder, hacerse cargo. No tener poder no te da ninguna estatura moral, a pesar de que eso es lo que muchas veces se deduce de toda una mala lectura de lo que es ser de izquierda. Como si valiera ser más el Che Guevara que Fidel Castro. Y si hablamos de política, entre ellos dos vale más el segundo.

    Segunda digresión: el tema de si las murgas son funcionales al Frente Amplio. No entraré en el fondo del asunto sino en un detalle que viene a colación de esta nota: los carnavaleros que aclaran que no son del Frente Amplio sino que son de izquierda. Detrás de esa aclaración habita la dificultad con el asunto del poder. Es como si aclararan: miren que no soy de Fidel sino que soy del Che. O sea, el poder siempre lejos, el poder siempre corrompe, aun a los que hasta ayer eran mis camaradas.

    Es un discurso miope políticamente y estéril en términos artísticos. Para las murgas y para el carnaval, la derecha y la izquierda deberían ser siempre objeto de burlas desde la ideología que es esencial a dios Momo: la anarquía, la ironía y el absurdo. (Salú, Antimurga BCG, y salú a los cientos de carnavaleros que siguen abrevando de esas fuentes y pegan para todos lados, que los hay y muchos, aunque los “derechistas” no los vean y los “izquierdistas” piensen que les falta compromiso)

    La confusión de solidarios versus poderosos puede también analizarse en la presidencia de Mujica, quien habitó todo el tiempo en esa contradicción, jactándose de su humildad mientras recorría el mundo y gobernaba desde el celular haciendo uso y abuso de su poder creciente en el planeta. Es como si en la presidencia de Mujica hubieran habitado el Che y Fidel al mismo tiempo, es decir, el ser humano que desconfía del poder y el ser humano que acumula todo el poder posible. Sé que parece agua y aceite, pero es parte de la confusión que habita en la noción misma de izquierda y que Mujica encarna paradigmáticamente.

    La política es para gestionar poder, y eso no es de derecha ni de izquierda. Se puede gestionar bien o mal, y eso depende de las ideas y las acciones que llevan adelante las personas que acceden a los puestos de decisión. El presupuesto de la política es el bien común y eso no se contradice con el ansia de poder. La izquierda y la derecha, con las confusiones que acabo de enumerar, son dos plataformas que no ayudan a hacerse cargo de lo público. Hay un desafío generacional en trascenderlas.

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