Nº 2187 - 18 al 24 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa corrupción es la consecuencia, no la causa. Como todos los males que el diablo introdujo en el mundo, la fuerza de gravitación se encuentra siempre no en la calamidad que finalmente se suscita, sino en el trastrocamiento pervertido de las premisas. En lo que refiere al Estado de bienestar, la premisa se funda no en la piedad de los administradores hacia algunos sectores de la sociedad, sino en la ideología supremacista de la clase política: considera que tiene versación y absoluta autoridad para determinar el bien que conviene al mundo.
No hay justicia ni honestidad en este punto de partida, sino pura y silvestre autosatisfacción: el político encuentra en la operación de asistir a los súbditos del Estado para solventar su lascivo trato con el poder, con los privilegios, con la sensación de amplitud y expansión y aumento de las endorfinas que implica la desmesura del gobierno. La política tiene como único fin el vicioso goce del político. Lo demás es retórica. Una de las formas más abusadas y emperifollada con la más cuidada pátina de inocencia es el Estado de bienestar, el ademán fastidioso del intervencionismo constante y minucioso en la vida de las personas.
Observaba Henry Hazlitt: “No pasa un día sin que algún reformador ferviente o grupo de reformadores sugiera alguna nueva intervención del gobierno, algún nuevo esquema estatal para llenar alguna supuesta ‘necesidad’ o aliviar alguna supuesta angustia”. En vigilia o dormidos, sobrios o borrachos, los partidarios del intervencionismo buscan reemplazar los efectos sociales supuestamente dañinos de la propiedad privada y de su libre uso por la libertad ilimitada de toma de decisiones por parte de un legislador y asistido por sus crueles sicarios administrativos para cumplir la tarea sucia de, por un lado, perseguir al ciudadano que trabaja, que ahorra, que legalmente especula, que atesora ganancias o emprende negocios y, en el otro extremo del crimen, atender la triste situación en la que se encuentran quienes están o estarían buscando trabajo si no los corrompieran con dineros públicos a través de la maraña de planes demagógicos inventados para perpetuar la dependencia y el embrutecimiento seguro de los votantes.
Los políticos creen que un hombre sencillo es un niño indefenso que no puede prescindir del cuidado paterno que lo protege contra una multitud insidiosa de fraudes; y si no lo es, si demuestra que puede valerse por sí mismo, tanto hacen con la persecución tributaria y mental que terminan arrinconándolo en la situación de infancia. Para esta infame raza la única forma natural y justa de organizar la vida social es asegurar la igualdad en riqueza e ingresos; que se tilde de explotadores a las personas que poseen o ganan más que el ciudadano medio; que las acciones de los empresarios deben ser condenadas como perjudiciales para el bien público. Razona Mises que si alguien dirige un negocio y depende directamente de cómo los consumidores juzgarán sus acciones, si se esfuerza por conseguir clientes y obtiene ganancias porque puede satisfacer las necesidades de los consumidores mejor que la competencia, entonces, desde el punto de vista de la ideología burocrática, es egoísta y digno de desprecio. Solo los que trabajan para el gobierno están limpios; el que invierte o trabaja al margen del Estado está sometido a sospechas e investigación continuas.
Consta por vergonzantes ejemplos lejanos y cercanos que los funcionarios y sus subordinados no son ángeles; ni quieren serlo. Rápidamente aprenden que sus decisiones significan pérdidas importantes o, en ocasiones, ganancias significativas para los empresarios. Hay funcionarios que no aceptan sobornos, por cierto. Sin embargo, otros están muy ansiosos por utilizar la posibilidad de “participación segura” en las ganancias de aquellos a quienes ayudarán con sus decisiones. Por eso ponen en marcha el lado B del sistema intervencionista, que es el apoyo, el estímulo, el disimulo, el favor a un posible o probado contribuyente de campaña. Los pedales del aparato estatal vuelan cuando se trata de operar en esa cuerda: primero, el obstáculo, luego, la liberación discrecional. Resultado: la política se autosustenta y se convalida volviéndose imprescindible, el ciudadano paga sus impuestos como el imbécil resignado que es, algunos empresarios ganan por el costado, muchos parásitos aseguran su pobreza con unas pocas monedas y la promesa de más planes. Tal es el cuadro de la política solidaria triunfante en el Estado de bienestar.