N° 1712 - 09 al 15 de Mayo de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLuego de haber agotado todos los medios para aniquilarse, los hombres decidieron sujetar sus pasiones a la razón. Tal es la tesis de Hobbes, que nos explica que un buen día, en medio de las selvas incultas y desaforadas surgió la necesidad de los hombres de organizarse mediante un contrato artificial y eficaz que los pusiera a salvo de sus egoísmos desmedidos, del sustancial desprecio por sus semejantes. La ventaja que Hobbes observa en esta figura convenida es que el temor ya no estaría diluido en todos y acechante en cualquier circunstancia, sino que se habría de concentrar en una formulación precisa, única y poderosa que sugestivamente llamó Leviathan, como para que sonara más fuerte y más contundente su poder. Ese contrato es el que daría por nacimiento, según su perspectiva, la pertinencia indiscutida de la monarquía absoluta. Los hombres le confiaban al Leviatán la utilización de la fuerza y de los medios pertinentes, incluso contra ellos mismos, transformándolo en el “poder soberano”, poseedor de un poder absoluto, un poder que hiciera cumplir el pacto. El Estado creado debía garantizar la seguridad y el bienestar de los pactantes y debía imponer obediencia a todos sus miembros, siendo la suma de los intereses particulares, garantizando el carácter absoluto de su poder solo limitado por el reconocimiento de la ley divina y la natural.
El estudio que al respecto propuso Carl Schmitt a los alemanes de 1938 en las dos conferencias en las que trata el tema (recogidas más tarde en el opúsculo El Leviathan en la teoría del Estado de Thomas Hobbes (Editorial Struthart & Cia, Buenos Aires, 1990), se detiene con acierto en el análisis de la índole de ese pacto no solo para esclarecerlo sino para, de paso, insinuar la modalidad inédita del Estado como expresión superior a la voluntad de los contratantes. Dice en las páginas 32 y 33: “El elemento decisivo de la construcción lógica estriba en que este contrato no afecta, como en las representaciones medievales, a una comunidad creada por Dios y a un orden natural preexistente, sino que el Estado, como orden y comunidad, es el resultado de la razón y del genio creador humano y nace por medio de un contrato. (...) Movidos por la angustia, los individuos atomizados se juntan unos con otros, hasta que brilla la luz de la razón y se produce un consentimiento que lleva consigo la sumisión general y absoluta al poder más fuerte. Si se mira esta construcción en sus resultados, es decir, desde el ángulo del Estado, se echa de ver que el resultado es mucho más y cosa harto distinta de lo que un contrato entre simples individuos puede producir. Los hombres que se reúnen en su enemistad llena de angustia no son capaces de superar por sí mismos esa enemistad, sin otros supuestos que los que determinaron su reunión”. Esta distinción de la actitud frente a lo particular y frente a lo público, de lo subjetivo y de la objetivación del orden a través de la fe y confianza depositadas en el contrato es lo que permite entender la verdadera naturaleza de la política, su ámbito, el campo que la diferencia, que no es otro que el de una anulación de lo particular a favor de una autoridad que deviene imponderable por efecto de la cesión de derecho que está en el origen.
El fragmento que sigue ilustra mejor esto que razonamos respecto de la precisión singularizada del contrato social, que según este autor es fundacional de los tiempos modernos. Dice Schmitt: “Cierto que se llega a un consentimiento de todos con todos, pero éste es simplemente un contrato social de tipo anarquista, no es un contrato que produzca el Estado. El otro elemento que nace de ese contrato social, garante único de la paz, la persona soberana representativa, no se produce por obra del consentimiento, sino con ocasión de dicho consentimiento. La persona soberana representativa es infinitamente más que lo que la fuerza sumada de todas las voluntades participantes pudiera dar de sí. La angustia acumulada de los individuos que tiemblan por su vida produce el Leviathan, un poder nuevo; pero más que crearlo lo que hace es conjurar al nuevo Dios. En ese sentido, el nuevo dios es trascendente a los individuos que han celebrado el contrato y es trascendente también a su suma, pero sólo en sentido jurídico, no en sentido metafísico. La lógica interna del producto artificial ‘Estado’, fabricado por el hombre, no lleva a la persona, sino a la máquina. Lo que importa no es la representación por medio de la persona, sino la protección efectivamente presente del Estado. (...) El Estado que naciera en el siglo XVII, llegando a afirmarse en toda el área del continente europeo es, en realidad una obra humana y distinta de todos los tipos anteriores de unidad política. Se le puede considerar como el primer producto de la época técnica, el primer mecanismo político de gran estilo”.
No sé si Hobbes fue tan lejos como para imaginar y querer esta suerte de maquinal Hidra de Lerna, obsesiva y demasiado cercana a la vida de los particulares que tanto entusiasma a Schmitt. Me parece que el inglés pensó en una racional división del trabajo, despejando el campo de lo público, y no en lo que pensaron los totalitarios del siglo XX, para quienes el artefacto estatal no es meramente un instrumento de mando para asegurar el orden sino una herramienta de aberrante transformación de la naturaleza humana, una maravilla de perversa ingeniería social.