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    Maravillosa paridad

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Hasta el momento es el mejor de los mundiales: si vas de favorito, la quedás. Cualquiera le puede ganar a cualquiera o perder con cualquiera. Así le pasó a la altanera Colombia, que cayó con Japón; a la pentacampeona Brasil, que empató con Suiza; a la defensora del título Alemania, que perdió con México, cuyos jugadores previamente se habían enfiestado con mujeres que fuman y habían sido el blanco de la prensa (con estos resultados, que siga la fiesta); a la conflictiva Argentina(¿qué pasa en ese vestuario?), que siempre se siente campeona y no pudo salir de un miserable 1 a 1 con la amateur Islandia; a la favorita España, que apenas le pudo ganar a Irán por un agónico gol y pidiendo agua por señas.

    En este Mundial, un cineasta aficionado dirigido por un técnico dentista le puede atajar un penal a Messi, el mejor jugador del mundo.

    No, el mejor del mundo es Ronaldo, que le hace tres goles a la poderosa España, se remanga los pantalones antes de un tiro libre, cuando festeja un gol nos recuerda a todos que es un semidiós o un muñeco de cera y antes de salir a la cancha con uno de los niños FIFA de la mano, se aplica abundante alcohol en gel por las dudas, no vaya a ser cosa que ese niño le contagie alguna porquería.

    No, el mejor del mundo es Neymar, que se quejó de las patadas recibidas por los suizos (¿qué esperaba, que lo marcaran con chocolatinas?) y se fue de la concentración por una molestia y tiene en vilo a toda la prensa: ¿seguirá jugando o no? ¿es un problema muscular o intestinal?

    No, el mejor del mundo es James, un jugador de técnica finísima y también de temperamento muy fino, tan fino que a veces desaparece de la cancha.

    No, el mejor del mundo es Salah, que contra Uruguay estuvo en el banco y contra Rusia poco pudo hacer, con excepción del gol de penal. Alá lo quiso así.

    No, el mejor del mundo es el viejo Iniesta, que la sigue rompiendo. Un toque para aquí, otro para allá, una delicia. Y un caballero, el único jugador aplaudido en todas las canchas del mundo.

    No, el mejor del mundo es el gordo Suárez, que está más lento pero también más astuto, y te la manda a guardar bien a lo goleador: una pelota que cae ahí, sucia, fea, podrida, luego de un error del golero. Pero ese ahí es el botín de Suárez, y no te perdona.

    No, el mejor del mundo es Diego, el Diego de la gente, que comenta el Mundial para Telesur y saluda a Evo, a Lula, a Ortega y a Maduro, quienes son sus líderes y presidentes del alma, y para soportar lo mal que juega la Argentina, va al baño y después se acomoda la napia.

    No, el mejor del mundo fue el iraní que tenía que sacar el último lateral del partido y mandarla al área española. Apretó la pelota entre sus manos, la besó, miró hacia el cielo, creó una tremenda expectativa, tomó carrera, dio una sorprendente vuelta de carnero con pretensión de Cirque du Soleil para que todo resultara más extraordinario aún y a último momento se asustó —o se arrepintió o se autoeliminó— y no sacó el lateral, ocasionando hasta el momento la payasada más grotesca de la copa.

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