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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMarco Aurelio proponía vivir cada día como si fuera el último. De ese modo cuidaríamos en cada jornada nuestro vivir ético y así el juicio inevitable de la historia podría sernos benigno. La estofa humana, no obstante, impide que podamos cumplir cabalmente esa conducta.
Quizás por ello, los que sobrevivimos a alguien que se ha ido definitivamente, a la hora de ese tránsito solemos atenuar el rigor del juicio, y destacamos los grandes saldos positivos que dejó en su existencia.
No resulta necesario ese esfuerzo en el caso de María Leonor Rossi (Paquita), quien nos abandonó hace unos días, el 3 de julio de este año 2016, porque su vida terrena, sin ultrapasar el plano de modestia en que se mueve un maestro escolar, estuvo colmada de las más nobles virtudes.
Miremos un poco hacia atrás.
Hace más de tres décadas, mientras cruzaba el patio del liceo de Canelones para dar mis clases habituales, se me aproximó una joven de vivarachos ojos negros y amplia sonrisa, para preguntarme si yo además ejercía la docencia en el Instituto Normal, porque me explicó “yo voy a ser maestra”. Vocación temprana o más bien fantasía pasajera, me dije, sabiendo que (entonces como ahora) el exiguo sueldo del educador solía inclinar a los adolescentes hacia el espejismo de una carrera universitaria, por su innegable prestigio social y sólida remuneración. El tiempo transcurrió y un día la reencontré, ahora veinteañera, en Magisterio, en mi clase de Filosofía de la Educación. Ahí supe que provenía de Santa Lucía y que su hermana Ana compartía con ella la misma aula.
Bien pronto advertí que se trataba de una alumna excepcional. Por su incontenible entusiasmo hacia el estudio, por su notable capacidad de captación del saber y por la claridad de su lenguaje, que prefiguraban la gran docente. Más tarde, ya titulada, me honró con su amistad, que supe cultivar en adelante, envolviendo también en el afecto a su esposo y a sus dos hijos. Desde esa época pude aquilatar la integridad de su persona, la profundidad de sus sentimientos y la grandeza de su alma.
Luego de haber forjado experiencia en otras escuelas rurales, asumió la dirección de la escuela Nº 88 del paraje Las Violetas. Allí trabajó más de tres décadas culminando la última y proficua etapa de su carrera docente.
Visité esa escuela durante muchos años, a veces solo, otras con mis alumnos magisteriales. En esas ocasiones pude constatar que había transformado ese centro de estudios en una de las mejores escuelas rurales del país (si no en la mejor), convicción que confirmé una y otra vez, y aún mantengo.
Se ha dicho que el célebre checo Comenio elaboró en el siglo XVII los conceptos más valiosos sobre la educación del niño; pero que lo que Comenio dijo, el insigne suizo del siglo XIX Pestalozzi lo hizo. Quizás nuestro José Pedro Varela represente la perfecta síntesis de ambos.
En su escuela, presencié una y otra vez cómo Paquita ponía en práctica lo mejor de las enseñanzas de los más ilustres pedagogos. La ciencia, el arte, la técnica, los valores, no solo se enseñaban en su escuela; más bien se vivían. Todo era allí júbilo, motivación, autodisciplina, iniciativa, investigación, trabajo, logros. Vinculó a la escuela con numerosas instituciones y personalidades de Canelones y Montevideo, y obtuvo colaboraciones significativas para enriquecer el material didáctico escolar. Operó desde su cargo de directora con grupo-clase a su cargo, usando todas las herramientas didácticas, en el aula, en el invernáculo, en los viajes educativos, articulando integralmente en cada paso la totalidad de las asignaturas. Supo manejar la diversidad personal de cada educando, respetando sus ritmos de aprendizaje y sus peculiaridades individuales. Enseñó para adaptarse activamente al presente y también para manejarse en un futuro sometido a cambios. Informaba y formaba al mismo tiempo, en armonizada juntura. El fruto de esa excelente labor se vio en la sólida cultura de los alumnos en todos los niveles y en el apego que, una vez egresados, los ligó junto con sus padres a la escuela.
El elenco de colaboradoras que la secundaban formado a su lado en la dinámica de la faena educacional cotidiana constituía un todo excepcionalmente coordinado. Era casi un hecho natural que ese equipo fuera a trabajar en pleno enero (por supuesto, en forma honoraria) para aprovechar la cosecha de frutas y hortalizas que los quinteros donaban, destinadas a la elaboración y envasado de dulces y conservas para alimentación de los niños. Entre las esforzadas maestras que acompañaron a la maestra y directora Paquita en la función docente, destacamos a Rosalía Morales (desde 1983), Gianella Sande (desde 1998), y Rosana Ganassoli (desde 2000). Lely Laserra y más tarde María Gallo contribuyeron desde la cocina a complementar la cálida atmósfera educativa del establecimiento.
Debió luchar durante quince años contra una cruel enfermedad que terminó venciéndola, pero mantuvo su empuje y continuó regalando a todos quienes la trataron, su entusiasmo, su simpatía, su generosidad y su ternura. Ese fue otro aspecto de su grandeza y su belleza moral como ser humano.
Prof. Agapo Luis Palomeque