N° 2068 - 23 al 29 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHoy quisiera compartir algunas reflexiones (mías y ajenas) que, si bien pueden no ser novedosas, se potencian con la pandemia.
Decía el jeque Rashid, fundador del moderno Dubái: “Mi abuelo andaba en camello y mi padre también. Yo voy en Mercedes-Benz y mis hijos en Land Rover. Seguramente mis bisnietos volverán al camello. Esto es así porque en tiempos difíciles surgen hombres fuertes; quienes crean tiempos fáciles, a su vez hacen hombres débiles y así nacen tiempos difíciles”. Las enseñanzas de nuestros bisabuelos inmigrantes quedaron en el baúl de los recuerdos. Ellos vinieron a estas tierras más que a “hacerse la América” a “hacer la América”; con esfuerzo, ahorro, inversión y deseos de superación. Sin embargo, el Estado de bienestar, los subsidios o el empleo público atentan contra ese espíritu. Hoy, con la pandemia, varios volveremos a andar en camello.
El virus no respeta fronteras físicas. Tampoco Internet, ni la educación a distancia, el teletrabajo o los medios financieros de pago. Pretender cerrar las fronteras físicas, sociales o comerciales es un absurdo. Y un suicidio. Sin embargo, muchos siguen defendiendo el encierro dentro del “más y mejor Mercosur” y se niegan a firmar tratados de libre comercio con el mundo civilizado.
La pandemia cercenó muchas de nuestras libertades básicas: la de circulación, de trabajo, de elegir a dónde ir o qué comprar. Todos se quejan de esta situación, pero muchos siguen reclamando vivir bajo las garras del socialismo, la peor forma de coartar las libertades individuales que conoce la humanidad.
Todo cambio ocasiona resistencias y rechazos. Pero el cambio es inevitable. Por eso la educación digital, financiera y emocional serán claves para formar a nuestros hijos y nietos para moverse en un mundo de muchos cambios y pocas certezas.
Las tareas rutinarias de bajo valor agregado (que en nuestros países subdesarrollados son las que más abundan) serán rápidamente sustituidas por tecnología y robótica. El asunto no es “defender los puestos de trabajo” obsoletos o innecesarios. Lo que hay que defender es la persona que ocupa ese puesto, ayudándola a desarrollar nuevas competencias y actitudes comportamentales.
Cada vez habrá más empleos freelance, más autónomos, más trabajos por proyectos y menos en relación de dependencia. La flexibilidad laboral será absolutamente necesaria para crear más empleo y beneficiar más a los trabajadores que a los empresarios.
Habrá que aprender a “postergar la recompensa”, a ahorrar y a invertir, más que a gastar. La Universidad de Stanford hizo el siguiente experimento: se hacía pasar a niños de entre cuatro y seis años a una habitación, donde tenían una bolsa con caramelos. Le decían al niño que podía comerse uno solo y que, si esperaba un rato sin comer otros, se llevaba la bolsa entera. La mayoría no resistieron la tentación y se contentaron con pocos caramelos ¡ya!, en vez de la bolsa entera más tarde. Acompañaron a esos niños durante el crecimiento y hasta la edad adulta para ver cómo evolucionaban en sus estudios, trabajos, familias y fortuna. La conclusión: los que lograron controlar sus deseos fueron más exitosos en todos los aspectos sus vidas. Como decían nuestros abuelos: “¿Hay?, guarde para cuando no hay”.
Hay que resaltar (una y otra vez) la figura del emprendedor y del empresario en la sociedad. Son los verdaderos creadores de empleo genuino, de innovación y riqueza. Son los caballos que tiran del carro y no las vacas que hay que ordeñar. Las sociedades más prósperas fomentan el emprendedurismo, la iniciativa individual, el asumir riesgos y obtener logros genuinos. Las sociedades atrasadas no.
Así se titula el último libro de Nassim Taleb, donde sostiene que la sociedad se va dividiendo entre los que se la juegan en cada decisión y los burócratas, que separan sus actos de sus consecuencias. Nada les afecta. Son inmunes. Los primeros se la juegan (por su bien y por el de los demás), mientras los otros opinan, critican, regulan o controlan. Pero no hacen.
Se dice que en el desayuno americano se comen huevos con panceta. Allí necesitas a la gallina, que “colabora” poniendo los huevos. Pero también necesitas del cerdito, ¡ese sí que se juega la piel! Para salir de esta crisis necesitaremos más cerditos y menos gallinas. No lo dude.