N° 1766 - 29 de Mayo al 04 de Junio de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDel mismo modo que ya pasó la época de los profetas desarmados, como quería Maquiavelo, también fue superado el tiempo fundacional en el que se creía que un auto a toda velocidad era más hermoso que la Victoria de Samotracia. La estética ha ido girando en dirección de las agujas del reloj, pero al igual que esa humilde carretera de Entepfuhl, que también lleva hasta el fin del mundo, según la receta de Carlyle, la idea de belleza termina siempre en el centro de decisión del hombre, en el camino de la búsqueda del sentido. Esto lo vio Platón, entre otros.
Para Platón no hay belleza si no hay verdad. Este filósofo pensó el arte y la belleza como algo subordinado a una realidad superior, su tema no era la estética, tal como la entendemos, sino la filosofía entre la que se incluían el arte y la belleza. En su concepción el artista es el portador de las Musas: el artista, bajo su mirada, es un instrumento de lo Divino, aunque serán los filósofos y no los artistas los que encarnen la vida bella, es decir, la máxima cercanía de la verdad, que seria para él apropiarse de la realidad a través de la inteligencia.
Asume el arte como una oportunidad, un camino más de crecimiento, de libertad del alma. Conforme a su teoría de la eternidad del alma y de la existencia de los dos mundos, dice Platón que cuando vemos algo bello “al alma le crecen alas”, se nos despierta esa reminiscencia de lo trascendente, de la pureza de las ideas que nuestra alma contempló antes de ser degradada y encarcelada en un cuerpo, “y con ellas anhela remontar el vuelo hacia lo Alto, elevándose a lo esencial”. Este deseo que nos impulsa hacia lo Alto; cuando vemos algo bello es Eros, Eros ascensional, es esa atracción que nos informa que hay un nivel más trascendente.
Hay una jerarquía del arte en su planteo. Por un lado está el mero arte que impresiona los sentidos, que opera sobre lo efímero, ahí no estamos contemplando la belleza, ahí estamos siendo impresionados nada más. La belleza es atravesar la realidad y ver en las cosas corpóreas un reflejo, y eso depende de nuestra capacidad de ver, no de la vista sino de nuestra alma. El arte, bajo esta perspectiva, es un ícono, un punto de partida hacia algo más.
En contraste con su maestro, Aristóteles plantea una perspectiva en la que la subjetividad del artista adquiere mayor preponderancia. Aristóteles nos habla de Mimesis, uno de los dos conceptos sustanciales de su asunción del arte. Dice que el hombre imita por naturaleza, desde que nace. Esta imitación sería una vía para conocer y una fuente de placer o agrado.
Pero, dice, no todo lo que el hombre imita es arte. Lo que imita no es la mera apariencia de las cosas, sino el modo de ser de las cosas. Para Aristóteles, el artista participa más en la obra de arte que lo que dice Platón. Dice: “La obra es su creador en acto” , o sea, participa del ser del creador, no como en Platón que era ante todo un instrumento.
En el fenómeno artístico, según Aristóteles, deben darse cita el saber teórico y el práctico. A este encuentro le llama techné, y nos explica que hay una techné en su dimensión racional y la techné en su dimensión de hábito, que es el conocimiento que se adquiere por medio de la acción. Para Aristóteles en la obra interviene el artista con su personalidad, con su libertad, con sus ideas.
El otro concepto central que aporta Aristóteles es el de Catarsis. Si para Platón el arte, y sobre todo la tragedia ablandaban, porque provocaban una identificación del sujeto con el héroe de la tragedia, para Aristóteles la tragedia será una purificación de las emociones que perturban al hombre: horror y piedad, miedo y conmiseración. Liberar esas emociones es saludable porque el acto tiene lugar en un ámbito sin peligro como lo es el espacio ficcional.
Por favorecer el ámbito de la expansión controlada de las emociones, por tener rasgos que se vinculan a la libertad en el sentido de liberación, considera Aristóteles que la tragedia tiene una responsabilidad, una función eminentemente educativa, es una ceremonia que al mostrar a los varones en acción, padeciendo las consecuencias de su soberbia, orienta al hombre para que la razón gobierne sus pasiones, siendo aquí Aristóteles bastante parecido a Platón.
El arte, dice Aristóteles, no puede producir cualquier tipo de placer, sino un placer superior, que purifique, que racionalice, que ponga orden en el interior de la persona. Porque así como hay orden y armonía en la naturaleza, si el arte es espejo de la naturaleza tendrá orden y armonía, y ese orden se transmitirá a nosotros. Entonces la catarsis, que ordena, que purifica, lejos de debilitar el carácter —como en Platón—, acaba por vigorizarlo y por dilatar sus horizontes.
Cuando decimos que en la experiencia de la belleza hay libertad, que de hecho la belleza es un rango, una franja precisa de la libertad, queremos significar precisamente esta obra que realiza lo bello en el espíritu.