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    Más productivos, más conectados y más consumistas, los uruguayos cambiaron junto con la economía

    “Es muy complejo prever el futuro por la propia aceleración de la ciencia y la tecnología. Un campesino europeo de comienzos del siglo XIX o un campesino latinoamericano del inicio del presente siglo vieron a lo largo de sus vidas pocos cambios. Los instrumentos de labranza fueron los mismos, las variedades de semillas extraídas de la propia cosecha también y así sucesivamente. (...) Inversamente, hoy cabe preguntarse con profunda perplejidad cómo será la vida de los jóvenes que cumplan 20 años en el comienzo del Tercer Milenio y que vivan, como promedio, hasta los 70 años, es decir hasta el año 2050”, reflexionaba Enrique Iglesias en 1992, en la publicación “Almanaque del Banco de Seguros del Estado”. Y vaticinaba lo que hoy confirma la realidad: “Seguramente se logre una mayor longevidad, las comunicaciones materiales se intensifiquen y las distancias medidas en horas disminuyan”, mientras la actividad económica será “posindustrial o de servicios”, y la base la dará el “conocimiento a través de la informática, la robótica y la biogenética”.

    Ciertamente, en las últimas cuatro décadas ocurrieron cambios en el mundo y en Uruguay que trastocaron el funcionamiento de las economías y, entrelazado con eso, también en la vida cotidiana de sus habitantes. Así lo reflejan cifras recolectadas por Búsqueda en los archivos del Instituto Nacional de Estadística (INE), bases de datos de historiadores, investigaciones académicas, registros de los ministerios de Educación, Interior y Transporte, del Banco Central, la Intendencia de Montevideo (IMM), la Oficina Nacional de Servicio Civil y la Unidad Reguladora de los Servicios de Comunicaciones, entre otras fuentes estadísticas.

    Desde 1972, cuando se editó Búsqueda por primera vez, la cantidad de habitantes del país aumentó en unos 600.000 (a pesar de que en promedio las mujeres tienen ahora menos hijos), la asistencia de los uruguayos a los centros de enseñanza se incrementó, se redujeron los casamientos y el sexo femenino se volcó decididamente al mercado laboral. Asimismo, la tecnificación y la informática en particular cambió la forma de trabajar y el funcionamiento de las empresas, haciéndolas más productivas: el papel fue demolido por el mundo digital, y lo que antes se hacía en horas o días, hoy se hace en minutos.

    Además, actualmente la población se moviliza menos en ómnibus y más en vehículos propios, y todos están comunicados casi permanentemente por teléfono e Internet, algo virtualmente inimaginable cuatro décadas atrás.

    También se modificaron los hábitos y formas de consumo (el primer shopping en el país data de 1985 y las compras on line son una comodidad de los nuevos tiempos), lo que supuso en el transcurso de las cuatro décadas auge, reconversión y cierre de casas de fotografía tradicional y almacenes de barrio. En el rubro esparcimiento, los cambios llevaron a la defunción a videoclubs que no supieron adaptarse, los cines de barrio prácticamente terminaron de extinguirse y aparecieron nuevas salas con proyecciones en 3D, con sillones superpullman y venta de pop y refrescos. Las canchas de paddle fueron un deporte efímero que provocaron muchos lesionados de rodilla y pérdidas a quienes le apostaron como negocio.

    Mientras proliferó la vigilancia privada y las rejas rodearon las viviendas para protegerse de la delincuencia.

    Todo ello ocurrió en un país que sufrió una dictadura y de vuelta a la democracia experimentó la alternancia de partidos en el poder, al tiempo que su economía pasó por varias crisis —las más graves en 1982 y 2002— pero en promedio creció a un ritmo de 2,6% anual, con mayor estabilidad en las décadas recientes y mejoras en algunos indicadores sociales.

    Nuevo uruguayo

    En 1975 la población de Uruguay rondaba los 2,8 millones según el censo de ese año, tras un fuerte proceso emigratorio. Desde entonces la cantidad de habitantes creció de forma muy gradual (hasta llegar a 3,4 millones conforme con el censo de 2011) y mantuvo su estructura envejecida.

    Simultáneamente, prosiguió la urbanización de la población, por la emigración del campo a la ciudad.

    El número de hijos por mujer, que rondaba los seis a comienzos del siglo pasado, pasó a ser de tres en los setenta y 2,3 en el 2000. El INE asocia la menor fecundidad a la mayor educación y a la difusión de las prácticas anticonceptivas.

    La situación conyugal se alteró: el porcentaje de personas casadas cayó de 53% en 1986 a 38% en 2007, mientras que la proporción de aquellos que están en unión libre pasó de 5% a 15%.

    El censo de 1975 relevó 748.431 viviendas ocupadas, de las cuales 566.144 eran casas y 137.522 apartamentos. En 2011 se contabilizaron 1.136.564, pero el detalle sobre el tipo de inmueble aún no se conoce. Sobre todo en los barrios de la costa de Montevideo, los hogares tendieron a conformarse en torres de apartamentos de metraje muchas veces modesto en comparación con las construcciones de padrón único más generosas de décadas atrás.

    A clase.

    En el sistema educativo los matriculados se triplicaron (de 34.058 en 1972 a unos 110.000 a comienzos de los 2000). La enseñanza inicial se amplió considerablemente, y pasó de abarcar a 50,5% de los niños de 3-5 años en 1991 a 63,2% en 2000. Una década después esa tasa superaba el 70%.

    La matriculación en secundaria aumentó de 131.135 en 1970 a 210.208 en 2000; en la enseñanza técnica lo hizo de 35.958 a 59.716 en esos años.

    En 1975 el 63% de los uruguayos tenía como máximo educación primaria terminada, 22% contaba con formación secundaria y 6% llegaba al nivel terciario. En 1996 esos porcentajes fueron 49%, 34% y 13%, respectivamente, según el censo de ese año.

    La enseñanza superior privada se ganó su espacio a partir de 1984, cuando fue autorizada la primera —Dámaso Antonio Larrañaga—; en 2010 unos 18.100 jóvenes asistieron a esas universidades.

    Los egresados de la Universidad de la República rondaban los mil al año a principios de los setenta y cuatro décadas después eran unos 4.800.

    Otro trabajo.

    La fuerza laboral se amplió desde 546.000 a comienzos de los setenta a casi 1,7 millones en 2011, en gran medida por las mujeres.

    En 1971 solo 23% (unas 174.000) de las personas de sexo femenino de 14 años y más estaba en actividad; esa proporción pasó a cerca de 41% en 1986, a 47% a mediados de los noventa y a 52% en 2006. La tasa de actividad de la mujer continuó subiendo en los años recientes (supera actualmente el 55%).

    Cuatro décadas atrás los “empleados y obreros públicos” eran 138.500, lo que representa una cuarta parte de la población activa. A fin de 2011 los vínculos laborales con el Estado totalizaban 264.078 y esa relación bajó a 17%.

    Los trabajadores desempleados eran unos 41.500 en 1971 (7,6% de la población económicamente activa), cuando a mediados de 2012 los que estaban en esa situación eran más del doble de esa cifra (si bien la tasa de desocupación estaba en torno a 6%).

    Los vínculos laborales se fueron haciendo más laxos y trabajar toda la vida en la misma empresa u oficina pública dejó de ser algo común. Se instaló la competencia por los empleos y el concepto de productividad o rendimiento en el sector privado y en algunas oficinas públicas.

    También el mapa empresarial tuvo cambios, los más notorios en el sector fabril y de servicios. Algunas de las firmas más emblemáticas cerraron y aparecieron nuevas con relevancia económica o fuerte recordación pública, como UPM (ex Botnia), Zonamérica o el hotel Conrad de Punta del Este.

    Buscando atacar un problema de fragilidad fiscal, el sistema previsional fue reformado en 1996, cuando surgieron las AFAP para administrar el ahorro de cada trabajador (1.130.441 hasta fin de setiembre) y se instaló una polémica que perdura hasta hoy.

    Cambios en la calle.

    Actualmente las calles de Montevideo reflejan el ciclo de varios años con récord de venta de automóviles cero kilómetro: las avenidas están más deterioradas y casi para todos los trayectos se emplean tiempos más largos de traslado.

    De la base de datos de historia económica “MoxLad” surge que en 1951 circulaban unos 45.000 vehículos de pasajeros y 30.000 comerciales, pero ya a comienzos de la década de los sesenta superaron los 100.000 y los 80.000 en cada caso. En 1997 ya habían más de 500.000 coches de paseo, mientras que los de uso comercial se estancaron en cerca de 50.000.

    Como derivación de ese crecimiento del parque de vehículos los estacionamientos y garages se extendieron como negocio. También se tarifaron algunas zonas de Montevideo; en 2010 se vendieron 3.638.724 tiques y abonos de estacionamiento, una cifra que vino creciendo año tras año.

    El parque de motocicletas se disparó —y superó el millón en 2009— y los accidentes también.

    El transporte colectivo fue renovando su flota, pero el servicio no dejó de ser una prueba de resistencia para los usuarios, por más que hoy pueden consultar los horarios por Internet. Los últimos trolleybuses de Cooptrol, con sus característicos “cuernos” que tomaban electricidad de un tendido de cables aéreos dejaron de circular en 1992.

    La venta de boletos cayó: en 1982 fueron 390 millones, mientras que en 2011 las compañías vendieron unos 100 millones menos que entonces. El guarda-conductor y las máquinas expendedoras sustituyeron en muchas unidades a los guardas y las antiguas boleteras de corte manual son piezas de museo.

    El servicio de ómnibus de larga distancia se diversificó a partir de un tropiezo empresarial: en 1991 cerró la Organización Nacional de Autobuses (Onda), que había operado durante años con tarifas fijadas por el Estado y en condiciones semimonopólicas. Cuando sus ómnibus de la marca General Motors con el isotipo del galgo dejaron de circular, surgieron nuevas compañías y otras ya existentes se consolidaron.

    El modo ferroviario vivió una decadencia. Después de la estatización de 1952, la Administración de Ferrocarriles del Estado amplió en unos pocos kilómetros la red de vías. Pero años después fueron clausurados algunos ramales y el tren como medio de transporte de pasajeros quedó restringido a unas escasas líneas (en 2011 se movilizaron unos 600.000 pasajeros), mientras el de carga (1.058.975 toneladas el año pasado), a paso de hombre en ciertos tramos, hoy lucha por sobrevivir.

    Los puertos, especialmente el de Montevideo, dinamizaron su actividad a partir de una ley de 1992 que estimuló la operativa privada; los barcos cargueros visibles en el horizonte y las torres de contenedores y las enormes grúas se incorporaron al paisaje en la bahía. El 2011 fue récord en actividad: más de 13 millones de toneladas movilizadas y 860.000 teus (contenedores de 20 pies) y 2.700 buques.

    Algunas grandes obras de infraestructura con fuerte impacto económico se construyeron en los años setenta y ochenta. Los puentes sobre el río Uruguay Gral. José Artigas (Paysandú-Colón) y Gral. José de San Martín (Fray Bentos-Puerto Unzué) fueron inaugurados en 1975 y 1976, respectivamente. Otro hito fue la represa de Salto Grande, una obra iniciada en 1974 con más de 4.500 operarios e inaugurada en 1983. Inicialmente generó unos cuatro millones de MWh, pero cuando tuvo su equipamiento completo la producción creció y alcanzó un pico de 11,1 millones en 1990.

    La planta hidroeléctrica de Palmar empezó a generar a fines de 1982 bajo el nombre de “Represa 9 de Febrero de 1973” —por la fecha de publicación del Comunicado Nº 4 de las Fuerzas Armadas— pero con el retorno de la democracia pasó a denominarse “Constitución”.

    Consumo y recreación.

    En los años setenta y ochenta gran parte de los alimentos y artículos de limpieza e higiene personal eran adquiridos por las familias en almacenes de barrio, a veces con pago fiado.

    La modalidad de autoservicio llegó con el primer supermercado en el país instalado en 1960 por Disco y años después abrieron otras cadenas. Los súper también entraron en competencia con carnicerías, farmacias y hasta ferreterías, y muchos de esos comercios quedaron por el camino y otros se adaptaron ofreciendo diferentes productos y servicios.

    A fines de setiembre de 1999 se inauguró el primer hipermercado del país —Géant— y Búsqueda informó en la edición siguiente que se trató de un “fenómeno de consumo que sacudió el ámbito comercial y empresarial”: se vendieron 6.000 televisores, 10.000 bicicletas y 28.000 pantalones vaquero en cinco días (Nº 1.017).

    Los restoranes de comida rápida son un fenómeno contemporáneo en Uruguay; en noviembre de 1991 abrió el primer local de la cadena McDonald’s y actualmente superan la veintena.

    Así como los almacenes de barrio afrontaron la competencia del supermercadismo, las tiendas ubicadas en el Centro capitalino o en otras zonas con alta concentración comercial debieron lidiar con los shoppings. El primero —Montevideo— se inauguró en 1985 y actualmente está en construcción el quinto en la ciudad. La cantidad de visitantes mensuales pasó de 2,5 millones en 1995 a cerca de 4,3 millones unos quince años después.

    Muchos uruguayos adoptaron los shoppings como una opción de esparcimiento. En este rubro los cambios fueron notorios en las últimas décadas. La televisión, que había empezado sus emisiones en la década de 1950 en Uruguay, tuvo gran difusión sobre todo desde los ochenta y pasó a ocupar un lugar central en los hogares. A ello contribuyó el relativo abaratamiento de esos aparatos: comprar uno en 1975 costaba el equivalente a 3.501 cafés tomados en bares y a casi 30 pares de zapatos de hombre; actualmente esa relación es de 100 y dos veces (dependiendo de las marcas y modelos), respectivamente.

    En 1989 los uruguayos vieron casi seis millones de videos, cuando ese mercado crecía a un ritmo de 6% anual. “El canal de distribución tradicional del cine, las salas cinematográficas, decaen agudamente, mientras el video y la televisión masifican, democratizan las ilusiones del celuloide; ¡el cine ha muerto, viva el cine!”, reseñaba Búsqueda en sus páginas de Empresas y Negocios en la edición Nº 537 de mayo de 1990.

    Las salas de cine se vieron amenazadas; algunas cerraron pero abrieron otras (a fines de los noventa y principios de los 2000 rondaban las 40).

    Según cifras citadas por Osvaldo Saratsola, la película más vista en 1972 en los cines de Montevideo fue “Sacco y Vanzetti”, con 133.000 espectadores. En ese año se vendieron 7,5 millones de entradas, una cifra que cayó a menos de la mitad cuatro décadas después (2,7 millones en 2011).

    Pesos y tarjetas.

    En los setenta los precios de los productos y servicios de la canasta familiar subían mucho más rápido que ahora.

    En 1976 la inflación fue de 40%. El aumento durante ese año en pesos de la época fue de $ 8,96 a $ 12,08 en el costo del servicio de teléfono familiar; de $ 1,17 a $ 1,78 el litro de nafta; de $ 0,25 a $ 0,45 un café chico; de $ 0,27 a $ 0,39 el boleto de ómnibus urbano; de $ 0,50 a $ 0,72 un ejemplar de diario; de $ 29,85 a $ 45,53 el par de zapatos de hombre; de $ 0,45 a $ 0,75 los 10 bizcochos; y de $ 1,25 a $ 2,01 la entrada de cine, por ejemplo.

    Entre 1970 y 2012 la inflación anual fue de 41% en promedio, pero eso es básicamente por los malos datos de las primeras décadas. De hecho, las nuevas generaciones de uruguayos se habituaron a convivir con registros de un único dígito. En 2012 el alza de precios en períodos de doce meses se encuentra algo por encima de 9% y eso causa preocupación.

    A veces con fines antiinflacionarios, desde los setenta Uruguay utilizó distintos regímenes cambiarios y el pasaje de uno a otro resultó un proceso traumático para la población y la economía.

    Los uruguayos emplearon “pesos” hasta fin de junio de 1975, cuando se adoptó el “nuevo peso” y se le quitaron tres ceros a la moneda; volvió a cambiar el 1º de marzo de 1993 al entrar en vigor el actual “peso uruguayo” (otra vez con tres ceros menos). La efigie del prócer José Artigas le cedió el lugar a la fauna nativa en el anverso del cono monetario de más reciente acuñación.

    Pero el circulante de billetes y monedas convive desde hace pocas décadas con otras formas de pago, que tienen creciente aceptación. En todo 2011 se efectuaron 65,1 millones de operaciones por más de U$S 3.700 millones con los 2,2 millones de tarjetas emitidas por bancos o administradoras de crédito. El “plástico” con mayor difusión en el país, hoy en manos del grupo Itaú de Brasil, tiene sus orígenes en 1966, cuando surgió la Organización de Crédito Automático (OCA) como una empresa familiar.

    También cambió la forma de cobrar el sueldo, de hacer pagos, de girar dinero y de depositar al extenderse el sistema de débito, Internet y las redes de cobranza.

    “Hoy abre el banco del mañana”, “sin feriados”, “sin horarios” y “sin esperas”, señalaba RedBanc en un aviso publicado en Búsqueda en junio de 1990 sobre el sistema de cajeros automáticos que desembarcaba entonces en Uruguay. Actualmente funcionan más de 505 cajeros automáticos y 586 dispensadores de billetes.

    Según investigaciones de Daniel Dominioni y José Licandro, en 1970 los bancos República, Comercial, Mercantil, Caja Obrera y Londres eran los más grandes del sistema local, pero los últimos tres dejaron de existir hace años.

    Conectados.

    Una de las transformaciones más notorias en el modo de vida de los uruguayos estuvo asociada a los avances tecnológicos en materia de comunicaciones.

    La burocracia también ayudó: poco a poco el trámite en Antel para la instalación de una línea en un domicilio dejó de llevar meses o años (si bien la demanda insatisfecha recién se cubrió en 1997). A comienzos de los setenta había poco más de 200.000 teléfonos fijos y esa cantidad más que se duplicó hacia 1990 (415.000). En 2000 ya había casi 1,4 millones de conexiones de ese tipo; en los años recientes la cantidad se estabilizó en algo menos de un millón, por la llegada de los celulares.

    En 1991 Antel lanzó la telefonía móvil en Montevideo, Maldonado y Punta del Este, y en 1994 Movicom (actualmente Movistar) entró al mercado; más tarde lo hizo Claro. Los primeros celulares eran mucho más aparatosos y caros que los de hoy (costaban entre U$S 1.000 y U$S 1.500 de la época, más tasa de conexión y un depósito como garantía); el estatus que en los hechos daba la baja penetración de estos teléfonos móviles se fue diluyendo al popularizarse su uso al abaratarse las llamadas y los equipos, que pasaron a ser una opción como regalo de cumpleaños para los niños. Los uruguayos, pobres y ricos, jóvenes y viejos, quedaron comunicados casi permanentemente.

    Ancel, la compañía estatal de telefonía móvil, superó el millón de clientes en 2007 y rondan actualmente los 2,2 millones, en tanto que Movistar posee unos 1,8 millones y Claro cerca de 800.000.

    En 2011 se enviaron 5.727 millones de mensajes de texto a través de esos aparatos. Escribir a mano y enviar cartas a través del servicio postal convencional cayó en desuso entre las generaciones pos ochenta, que actualmente chatean, mensajean y twittean.

    Algo más productivos en algunos sectores gracias a las nuevas tecnologías, más conectados y más consumistas, así son los uruguayos de este comienzo del siglo XXI en una economía local más estable, en contraste con un mundo desarrollado tambaleante pero más educado y eficiente en el trabajo. Como avizorando este presente, Iglesias escribía dos décadas atrás: “Humanamente pueden llegar a ser tiempos duros porque los hombres requerimos para nuestra paz espiritual de predecibilidad y continuidad, y en los tiempos futuros, la clave va a ser vivir en un mundo cambiante” y lleno de “incertidumbre”.