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    Maten al mensajero

    N° 2011 - 07 al 13 de Marzo de 2019

    Durante largos años como ministro de Asuntos Exteriores de Alemania (1974-1992), el abogado Hans Dietrich Genscher enfrentó convulsiones políticas y sociales. En 1989 tuvo un papel central en la caída del Muro de Berlín, y al mismo tiempo una activa participación en el proceso de reunificación de Alemania que se concretó en 1990. El gobernante fue de interés prioritario para periodistas locales e internacionales. Nunca descalificó a quienes lo criticaron. Por el contrario, consideraba que “la prensa es la artillería de la libertad”.

    ¿Es el de Genscher un ejemplo arbitrario? Como cualquiera, pero válido por el contexto histórico, por su récord como ministro en un país de primera y, para este caso, por su visión sobre el papel de la prensa.

    La “artillería” a la que refiere tiene cuatro áreas: informar, opinar, explicar y entretener. Hay políticos y gobernantes con espíritu fascista. Se disfrazan de demócratas progresistas y cuestionan la libertad de informar. Pretenden evitar que el ciudadano disponga de una amplia oferta y decida en función de su leal saber y entender.

    En los primeros dos meses del año surgieron dos ejemplos desde el gobierno que se multiplicarán cuando se acerquen las elecciones.

    Uno difamatorio —por la relevancia de su cargo— partió del secretario de la Presidencia de la República, Miguel Ángel Toma, con el aval del presidente Tabaré Vázquez. ¿Acaso alguien supone que lo hizo por su cuenta?

    El 1º de febrero, en una carta dirigida a varios medios, cuestionó “sucesivas versiones de prensa” mediante “una operación cruel e infundada” para desprestigiar a Javier Vázquez Delgado, hijo del presidente, y perjudicar al mandatario. Recordó que los hechos que originaron esos comentarios fueron laudados por la Justicia penal en 2010, con el archivo de la investigación por el “reconocido” fiscal Juan Gómez.

    Según la carta, las versiones periodísticas tienen la “indisimulada finalidad de entorpecer el papel” de Uruguay y el rol del presidente “al optar por el camino de diálogo y solución pacífica” en la crisis de Venezuela.

    Todo partió de una información de Infobae basada en declaraciones a Televisa del excanciller mexicano Jorge Castañeda.

    Según Castañeda, la posición de Uruguay sobre Venezuela responde a “un problema personal muy complicado”: Vázquez Delgado ha hecho una “enorme cantidad de negocios (de venta de software) en Venezuela y está embarrado hasta el cuello”.

    Sus dichos fueron reproducidos por medios locales e internacionales que recordaron además que Vázquez Delgado creó dos sociedades anónimas, a través del estudio panameño Mossack & Fonseca, en paraísos fiscales. Luego abrió cuentas en Panamá para canalizar los resultados de sus negocios en Venezuela (Búsqueda Nº 1.867 y 1.974).

    El secretario de la Presidencia tiene total derecho de hacer las aclaraciones que considere pertinentes. Pero no tiene derecho a mentir. Desde el gobierno induce a los ciudadanos a error. Les atribuye a los medios y a los periodistas mala fe para desprestigiar a Vázquez y a su hijo. Es al revés: la carta de la Presidencia busca desprestigiar a los medios y a los periodistas con argumentos falsos y genéricos.

    Bien sabe Toma que a quien debió desmentir es a Castañeda, por sus declaraciones recogidas por Infoabe primero, y por medios uruguayos e internacionales, después. Pero arrugó. Ni siquiera lo nombra. Tuvo miedo de enfrentarlo y decidió cortar por el lado que supuso más fino: matar a los mensajeros.

    A Castañeda también debió desmentirlo Vázquez Delgado, pero se escondió detrás de los sillones de Toma y de papá.

    No fue el único ataque a la prensa. Tres diplomáticos identificados con el Frente Amplio le plantearon a la Asociación Directiva de la Asociación de Funcionarios del Servicio Exterior (Afuseu) que fije posición sobre filtraciones a la prensa con críticas al ministerio. Indirectamente les atribuyen a integrantes de ese gremio ser los “filtradores” para que los medios se presten a esas críticas. Quiere decir que los medios se prestan a conspiraciones contra el gobierno (Búsqueda Nº 2.009).

    El embajador uruguayo en Viena, Bruno Faraone, parece haber perdido el sentido común. Conocido entre sus pares por su iracundia y como “adicto militante frenteamplista”, en una carta a Afuseu acusó a la prensa de integrar “la oposición” para perjudicar al gobierno.

    Refería a la opinión de 21 exdiplomáticos que acusaron al gobierno de romper la tradición histórica de Uruguay de defensa de “la libertad y la convivencia” por apoyar a Venezuela, como publicó El Observador.

    Esos diplomáticos, denunció luego Faraone, ingresaron al ministerio durante la dictadura. Una monstruosidad, tanto como sería acusarlo a él de haber cursado Abogacía en la Facultad de Derecho de la dictadura y recibirse con esa base.

    Ante sus groseras afirmaciones, la Cancillería les recordó a todos los diplomáticos que deben abstenerse de hacer militancia partidaria incluso en redes sociales.

    Faraone sigue en su cargo. Diferente a una decisión que se tomó meses antes sobre el embajador Álvaro Moerzinger. El ministerio lo apartó de cargos de importancia por haber participado de una reunión privada a la que asistió el precandidato blanco Luis Lacalle Pou donde se firmó un documento crítico con la política exterior.

    Las otras dos cartas a Afuseu fueron del jefe de Gabinete del ministro, José Luis Rivas, y otra posterior del director de Política Exterior, Raúl Pollak. Este respaldó tanto los dichos de Rivas como los de Faraone. Pollak suele publicitar en su Twitter acciones del gobierno nacional y departamental de Montevideo.

    Durante el próximo gobierno habrá vacantes en varias embajadas. Algunas podrán ser provistas por esta administración, especialmente las políticas. Toma, Rivas y Pollack hacen obsecuentes méritos.

    Así nos va.

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