N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas trama vital de René Chateaubriand es en cierto sentido desconcertante; nadie que fue tan aprensivo con la política consagró a ella todas las horas de su larga vida. Fue embajador, ministro, ideólogo, panfletario, filósofo y sin duda fue también el más notable de los ensayistas románticos. Su opinión y sus consejos son referentes de la perspicacia en materia política, tuvo clarividencias que en su tiempo todos negaron y que finalmente se demostraron pertinentes. Actuó, luchó, asumió riesgos, debió esconderse y además brilló con luz propia al lado de los más poderosos. Pero la política le sonaba mal; muy mal. No cuesta entenderlo.
Consideró con no poco escepticismo que el destino de las sociedades no descansa, como pretenden los políticos, en la simple voluntad aplicada a las circunstancias o en el empuje irresponsable de las promesas. Escribe: “Se puede llegar a la libertad por dos caminos, por las costumbres y por las luces. Pero cuando las costumbres y las luces faltan a la vez, cuando no se puede ser ni un republicano a la manera de Esparta ni un republicano a la manera de los Estados Unidos, tal vez se pueda conquistar la libertad, pero difícilmente se podrá conservarla”.
Creía Chateaubriand que los grandes enemigos que tiene la causa de la libertad y de la moralidad, en el sentido de su consolidación y reproducción en todos los órdenes de la convivencia y en la expresión viva de las instituciones, residen en la mala política, o mejor dicho: en los políticos que no saben estar a la altura de sus deberes, de su tiempo, de los ideales que dicen o simulan abrazar. En su duro juicio la mediocridad construye acogedores nidos en los parlamentos, en los gabinetes y en todos aquellos lugares donde la competencia por lo pequeño exceptúa del cumplimiento del deber, del respeto a la confianza con que han sido ungidos. “Estamos equivocados —dijo— al sorprendernos por el éxito de la mediocridad. La mediocridad no es fuerte por lo que es en sí misma, sino por las mediocridades que representa; y en este sentido su poder es formidable. Cuanto más pequeño es el hombre en el poder, más conveniente es para todas las pequeñeces. Cada uno comparándose a sí mismo se dice: ‘¿Por qué no llego yo?’. No provoca celos: los cortesanos lo prefieren, porque pueden despreciarlo; los reyes lo conservan como manifestación de su omnipotencia. La mediocridad no solo tiene todas estas ventajas para mantenerse en su lugar, sino que también tiene un mérito mucho mayor: excluye del poder la capacidad. El diputado de los tontos y los tontos en el ministerio acarician dos pasiones del corazón humano: la ambición y la envidia.”
Semejante mirada no entraba en diálogo con los recreos malabares de los trepadores de su tiempo. Chateaubriand fue un lúcido conservador que concibió a la sociedad no ya como caprichoso agregado de personas que mandan u obedecen, sino como una comunidad de destino que se alinea en la tradición y se encuadra en el legado que a un tiempo determina la permanencia y el cambio. La idea es que lo excelente, en tanto aquello que es más eficaz para los fines y que concilia la razón con la necesidad y tiene los valores por delante, ha de estar antes y por encima de la mención de cualquier demanda o derecho en los órdenes del gobierno. En oposición a este claro programa, aquello que los políticos produjeron tras las revueltas se inclinó siempre en dirección del desasosiego de las turbas y de la ansiosa y minuciosa obra de los que hacen de medrar en los gabinetes un timbre de honor, de disimular una regla digna de encomio, de callar las verdades inconvenientes para la facción de turno un apreciado motivo de orgullo.
El problema es de percepción, de interpretación de las imágenes: cuando están entre ellos o frente a la distraída mirada de sus votantes, los políticos parecen que trabajan, pero en realidad solo están jugando, ensayando roles. Esto tuvo oportunidad de verlo y padecerlo Chateaubriand bajo el antiguo régimen y en todas las tenebrosas fases de la revolución, en la esperanza que representó el Consulado, en los desvíos y crueldades del imperio y en las dos restauraciones. La legión de los insignificantes con poder despojó a la política de toda grandeza o moralidad. Observó: “La mediocridad suele ir acompañada de circunstancias que dan a sus propósitos un aire de profundidad. Estos hombres impotentes que, para la multitud, parecen dirigir la fortuna, simplemente son conducidos por ella, como le dan la mano, se cree que la dirigen.”