Nº 2234 - 20 al 26 de Julio de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl próximo sábado, 22 de julio, se conmemorarán los 150 años del nacimiento de Luis Alberto de Herrera, uno de los líderes políticos más influyentes y polémicos del siglo XX. Sobre la densidad de su pensamiento y las sorprendentes inflexiones de su larguísima trayectoria política, se ha escrito mucho, y desde las más distintas perspectivas. En lo personal, admito que me he ido acercando a sus textos lentamente, y con cierto recelo. Confieso que tiendo a estar en desacuerdo con la interpretación de los problemas de América Latina que ofrece en La Revolución francesa y Sudamérica, uno de sus textos más citados (para mi gusto, la tradición política heredada de la colonia, añorada por Herrera, nos hizo al menos tanto daño como los excesos “jacobinos” inspirados en los franceses). Reconozco, también, que me pesa mucho a la hora de escribir sobre Herrera, el golpe de marzo de 1933, que puso fin al primer ciclo de nuestra vida democrática, y provocó una división duradera en el Partido Nacional. Pero, hoy, a la hora de recordarlo, prefiero ir a buscar al “mejor Herrera” posible.
Antes de justificar cuál es mi Herrera favorito, preciso un párrafo adicional. Al fin de cuentas, hay muchos aspectos destacables en su vida y obra. Mencionaré solamente tres dimensiones muy relevantes, sabiendo que dejo de lado otras, como su visión en materia de política exterior. Lo primero a subrayar es que Herrera dedicó su vida entera a la actividad política. Fue a la guerra (1897), negoció la paz (1904), llevó al Partido Nacional a las urnas y al Consejo Nacional de Administración (1919), y a la victoria (1958). En segundo lugar, su vida política estuvo marcada por la obsesión de arrebatarle parcelas de poder al Partido Colorado. Según Robert Dahl, el principal mérito en la instauración de los sistemas democráticos corresponde a la oposición que obliga a la elite en el poder a tomar el riesgo de abrir el juego de la competencia electoral. El caso uruguayo no es la excepción. En ese sentido, el legado democrático de Herrera, y del Partido Nacional, merece ser subrayado. En tercer lugar, jugó un papel muy importante en la elaboración y difusión de la crítica a la política económica de los sucesivos batllismos, y en la reivindicación del papel de la empresa privada y del campo en el desarrollo nacional.
Se necesitaban (se siguen necesitando) vocaciones políticas. Era necesario, en los tiempos del “joven Herrera”, encontrar la forma de desafiar y limitar la ambición de poder del Partido Colorado. Era imprescindible, también, contraponer liberalismo económico con “dirigismo” y proteccionismo. Pero, si tengo que elegir, me quedo con el Herrera de La tierra charrúa, publicado en 1901. Desde mi punto de vista, es una obra de un valor excepcional. Dados los tiempos que corren, de exaltación política y fanatismo renovado, su lectura resulta del mayor interés. El mensaje de Herrera es sencillo y profundo, además de sorprendente: el fanatismo político conduce a la guerra civil.
La tierra charrúa ocupa un lugar especial en la literatura sobre nuestros partidos fundacionales: los critica en nombre de los principios; los rescata en nombre de la tradición. Por un lado, protesta contra el fanatismo partidista y sus desmanes. En ese sentido, es tributario del enfoque de las generaciones doctorales anteriores, de los fusionistas de los cincuenta, de los principistas de los setenta, y de los constitucionalistas de los ochenta, que vinculaban causalmente la pasión generada por las divisas con las guerras civiles. Por el otro, los reivindica. Herrera los critica desde dentro. Se coloca al interior de la tradición, es decir, de ese complejo universo político compuesto por blancos y colorados. Herrera asume que los partidos están y seguirán estando en el corazón de la vida política nacional. Esto queda claro desde la primera página, en la cita de Juan Carlos Gómez que aparece junto a la dedicatoria a su padre, “en el tercer aniversario de su muerte”: “Contra lo imposible nadie es fuerte. Los partidos existen y es preciso aceptarlos. Seamos prácticos y aprovechemos en educarlos el tiempo que perderíamos en la pretensión de suprimirlos”.
Unos pocos pasajes alcanzan para ilustrar el sentido general de la obra. En la última página de La tierra charrúa, sintetizando su intención, dice Herrera: “Antes, sostuvimos que la virtud no era patrimonio ni de los blancos ni de los colorados; que unos y otros han cometido gravísimos errores; que unos y otros sirvieron de pedestal a esclarecidos sucesos; que incurren en mayúscula zoncera quienes se atribuyen el galardón de nuestra historia. (…) La tierra oriental está muy por encima de todos los partidos y estos no poseen el derecho de comprometer su grandeza acumulando piedras de rencor en su ruta del presente. (…) No envenenemos el corazón de sus niños con esencias de fratricidio. No vivamos en eterna pugna de fanatismos. No insultemos su pasado glorioso. (…) ¡No interrumpamos con palabras de profanación el sueño de sus gallardos caudillos! (…) Para llegar a ese puerto de dicha ofrecen segura brújula estas palabras mágicas que debieran labrarse a fuego en las memorias de todos: paz, educación, olvido. ¡Paso a los principios que ya llegan!”.
Carlos Vaz Ferreira (1871), José Enrique Rodó (1872) y Luis Alberto de Herrera (1873) nacieron en tiempos de guerras civiles, pactos políticos y doctores principistas. Crecieron durante el militarismo, mientras el país se conmovía con los debates sobre la educación del pueblo y la representación de las minorías. Cada uno desde su propia tradición, pusieron a circular ideas de concordia, argumentos funcionales al proceso de democratización que, trabajosamente, venía abriéndose paso. Sin ese tipo de mensajes no es posible construir sociedades democráticas. Esta lección tiene una actualidad extraordinaria. La frontera política entre los dos grandes bloques que disputan desde hace más de veinte años el poder, amenaza convertirse en abismo. Lo dicho por Herrera para la tradición blanca y colorada en 1901, en La tierra charrúa, vale para los nuevos antagonistas. En todos sería posible señalar virtudes y defectos, aciertos y errores. Pero la nación la constituyen todos. Y la democracia la construyen o la destruyen, debí decir, la construimos y la destruimos, también, entre todos. (1)
(1) Este texto es un adelanto del artículo “Elogio y actualidad de La tierra charrúa”, que publicaré en el N° 19 de la Revista de la Biblioteca Nacional, dedicado a Herrera.