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    Miedo para sobrevivir

    N° 2012 - 14 al 20 de Marzo de 2019

    Cuando mira fotos de su esposo que fue asesinado a puñaladas para robarle $ 1.500, la invaden la rabia, la impotencia y el dolor. Cada fin de mes, avergonzado, Roberto le pide dinero a sus hijos porque una estafa lo dejó sin ingresos. Desde que fue violada la adolescente se encerró en su casa: es su bastión de seguridad. Cuando un desconocido ingresa al almacén de Beatriz se le acelera el corazón: teme que sea otro rapiñero drogado como le ocurrió dos veces. Dos menores cometieron 10 hurtos durante un año y portaban un arma: por un acuerdo legal entre el fiscal y el defensor, la sanción fue que no salieran de noche durante 90 días y continuaran estudiando. A una anciana la cuidan sus tres nietos mientras permanece internada: un motochorro la arrastró para robarle, le causó lesiones y sufrió un infarto.

    Esas víctimas, miles más y sus familiares, vecinos y amigos conviven con un miedo imposible de desterrar.

    Joseph Conrad lo describe con maestría: “El miedo siempre permanece. Un hombre puede destruir todo lo que hay en su interior, el amor, el odio, las creencias, incluso la duda, pero mientras se aferra a la vida no puede destruir el miedo; el miedo, sutil, indestructible y terrible, que invade todo su ser, que impregna sus pensamientos, que ronda en su corazón, que observa en sus labios la lucha del último aliento”1.

    El viernes 1º el fiscal de Corte, Jorge Díaz, declaró al semanario Crónicas que no tiene miedo. La periodista Magdalena Raffo le menciona la propuesta de reforma constitucional del senador Jorge Larrañaga, cuyo eslogan es “Vivir sin miedo” y le pregunta si eso es posible. Díaz no duda: “Sí, yo vivo sin miedo. Mis hijas atravesaron el horror de perder a su madre en forma violenta y viven sin miedo”.

    Admite “una preocupación creciente por la seguridad, que es razonable porque los delitos han crecido. Acá no hay un problema de sensación térmica, hay un problema de realidad, entonces está bien que la preocupación exista. Pero una cosa es preocuparme y otra cosa es el miedo”. Luego en su perfil de Facebook escribió que no se pronunció sobre la reforma constitucional porque entiende “que no corresponde por la responsabilidad” que ocupa, y afirmó que así lo ha “declarado expresamente toda vez que se preguntó, incluso en esa misma nota”.

    Conozco bien a Díaz y su coraje público y privado para enfrentar situaciones adversas, internas y externas, tanto como juez penal y de Crimen Organizado, como en su actual cargo. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

    Sin distinción de edades, sexo, extracción social o adhesiones partidarias, el miedo domina a la sociedad. Lo demuestran las casi 400.000 firmas para impulsar una reforma que busca establecer mayores controles y sanciones para los delincuentes.

    Quizá no todos la voten, pero no será por valientes, sino por otras razones. O no. De repente los votos aumentan en miles y resulta aprobada. Pero debe quedar claro que la mano dura no es la única solución: hay que invertir en seguridad, capacitación policial, mejores cárceles y cambiar algunas generosidades del Código del Proceso Penal. Y hay que tener mucha humildad. Muchos asuntos no se resuelven con un Sí o No en la urna, pero la desaparición de la fe es central para decidir.

    Contra la reforma se utilizan argumentos humanitarios, como las críticas a la prisión permanente revisable, y algunos irresponsables —todos militantes oficialistas— siembran miedo sobre la participación de militares en los cuerpos de seguridad. Buscan que el miedo a la dictadura, que terminó hace 34 años, se imponga sobre el miedo a la delincuencia y la inseguridad.

    Es imposible adentrarse en el espíritu de quien dice no sentir miedo. Imagino que el fiscal se expresó racionalmente. Especialmente si observamos las dos descripciones del vocablo en la Real Academia Española: 1) “La sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario” y 2) “El sentimiento de desconfianza que impulsa creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea”.

    Cuando además se revisan los significados de “preocupación” y “miedo”, que Díaz marca, casi no hay diferencias.

    Al considerar el brutal aumento de los homicidios durante 2018, las opciones de “libertad vigilada”, los generosos acuerdos entre fiscales e imputados, el incontenible avance del narcotráfico, delincuentes cada vez más jóvenes, más audaces y mejor armados, las descripciones de la Real Academia se hacen realidad: se multiplican las sensaciones de angustia y desconfianza. Desapareció la fe.

    El año pasado, cuando comenzaba a discutirse el proyecto de reforma constitucional, asistí a una charla de la especialista en Programación Neurolingüística Yola Teixeira.

    El miedo se origina en dos células neuronales relacionadas con una amígdala que permiten identificar el peligro en nuestro entorno. Esa reacción prepara a la persona para estar alerta y tomar distancia del peligro. El temor despierta comportamientos defensivos, explicó la especialista mediante citas científicas.

    Teixeira hizo notar que desde su nacimiento una persona solo tiene dos certezas: que morirá y que durante toda su vida tendrá miedo por razones diversas. Uno de los asistentes —la charla la organizó una empresa para sus empleados— le preguntó si es posible no tener miedo. Ella respondió que el miedo tiene una relación directa con la supervivencia y es inherente al ser humano. “Es imposible luchar por la supervivencia sin tener miedo”, dijo. Aclaró que “algunas personas desarrollan resiliencia, la capacidad para adaptarse en forma positiva a hechos adversos. Pero eso es otra cosa y no ausencia de miedo”.

    Según Teixeira, solo es posible no sentir miedo cuando se padece una enfermedad genética que haya destruido la amígdala e impida que se accionen las alertas. Es una enfermedad de las llamadas “raras” que sufren muy pocas personas en el mundo. No tener miedo “aumenta el peligro porque la persona puede vivir en forma arriesgada y temeraria al ignorar la supervivencia”.

    Sobradas razones tenía Joseph Conrad.

    1 Avanzada del progreso, ed. Carpe Noctem 2014, publicación original en 1897.

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